El sofá cuelga de una cuerda y desciende lentamente desde un cuarto piso agrietado. Abajo, varios vecinos lo esperan con los brazos extendidos para evitar que golpee el suelo. Nadie pierde de vista el edificio. Cada minuto dentro de esa estructura dañada implica un riesgo, pero dejar atrás los muebles y los electrodomésticos puede ser aún más devastador. En La Guaira, once días después de los terremotos que sacudieron la costa venezolana, cientos de familias regresan a sus hogares inhabitables para rescatar todo lo que todavía pueda salvarse.
La escena se repite una y otra vez. Sofás suspendidos por cuerdas improvisadas, sillas que bajan desde balcones resquebrajados, refrigeradores transportados entre varias personas y bolsas de ropa apiladas sobre la vereda. Allí donde antes había edificios llenos de vida, hoy quedan fachadas partidas y calles convertidas en depósitos improvisados de los recuerdos que sobrevivieron al desastre.
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Entre los muebles amontonados aparece Dayali López. Revisa su teléfono, acomoda las pocas pertenencias que logró recuperar y mira hacia el edificio donde hasta hace unos días vivía con su esposo y sus dos hijos. Cuando le preguntan qué queda dentro de su casa, guarda silencio durante unos segundos antes de responder.
“Qué pregunta tan difícil. Porque en el fondo sé que es un hogar. Mi corazón se queda allí, mi esencia se queda allí, mi anhelo por La Guaira se queda allí, y el amor con el que hemos trabajado tan duro para construir un hogar se queda allí. Eso es lo que nos mantiene adelante... somos fuertes, somos resilientes, y estoy convencida de que vamos a salir adelante".
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Los dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5, que golpearon la región el 24 de junio, dejaron un saldo oficial hasta ahora de 3.342 muertos y miles de personas desplazadas y desaparecidas. Pero para quienes sobrevivieron, la tragedia no terminó cuando cesaron los temblores. Continúa cada vez que deben atravesar la puerta de un edificio con grietas profundas para intentar recuperar aquello que tardaron años en conseguir.
López pasó tres noches durmiendo en la calle después de que su departamento quedara inhabitable. Desde entonces, la incertidumbre reemplazó cualquier plan.
“Durante tres días dormí aquí afuera haciéndome la misma pregunta: ‘¿Qué va a pasar ahora?’. Esa es la pregunta que todos en La Guaira nos hacemos, porque no todos tenemos a dónde ir".
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Como muchos venezolanos, tampoco cuenta con una red familiar cercana que pueda recibirla. Explica que la mayoría de sus parientes vive en otras regiones del país o emigró hace años.
“Estoy frente a un lienzo en blanco. Voy a empezar a pintar y a dibujar hoy mismo, porque no sé adónde voy. Estoy aquí con mi esposo tratando de averiguar qué vamos a hacer, porque no tenemos adónde llevar nuestras cosas”.
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En cualquier otro lugar, perder un refrigerador o una cocina significaría un gasto importante. En la Venezuela actual, puede representar el esfuerzo de años. Mientras el salario mínimo oficial sigue siendo inferior a un dólar mensual al tipo de cambio fijado por el Banco Central y buena parte de los ingresos de los trabajadores depende de bonificaciones del programa Ingreso Mínimo Integral, que recientemente fue ajustado a 240 dólares mensuales, volver a comprar los electrodomésticos básicos resulta imposible para miles de familias. A eso se suma una inflación anual superior al 500%, que convierte cada objeto rescatado en un bien irremplazable.
Por eso muchos deciden volver a entrar a edificios que todavía no fueron declarados seguros.
“Te arriesgas la vida porque estamos en un país políticamente roto, porque tenemos un salario mínimo de cinco dólares y hasta el refrigerador más pequeño cuesta 380 dólares. Empezar de cero, con dos hijos y mi esposo, es muy difícil”.
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Cada ingreso al edificio está acompañado por el mismo ritual. Antes de cruzar la puerta, López mira hacia arriba y reza.
“Cada vez que entro digo: ‘Dios mío, si me diste una segunda oportunidad, por favor, no permitas que me lastime cuando entre a buscar mis cosas’”.
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Mientras otro sofá comienza a descender lentamente sostenido por cuerdas y varias personas coordinan desde la calle cada movimiento para evitar que caiga al vacío, nadie aparta la vista del edificio. Algunos esperan en silencio. Otros levantan la mirada con preocupación. En La Guaira, rescatar una silla, un refrigerador o una mesa ya no significa salvar un mueble. Significa conservar una parte de la vida que lograron construir antes de que la tierra la redujera a escombros.
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