
Cada pocos minutos, un centenar de rescatistas detiene la excavación y ordena silencio absoluto. Nadie golpea una chapa, nadie mueve una piedra. Durante unos segundos solo esperan una respuesta que llega desde varios metros bajo una montaña de hormigón. Hernán Gil sigue vivo.
Después de casi una semana atrapado bajo un edificio derrumbado en Catia La Mar, en el estado venezolano de La Guaira, la voz del vigilante mantiene en marcha, según constató la agencia EFE en el lugar, uno de los operativos más complejos desde los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que devastaron el país. Más de un centenar de especialistas acumulan ya más de 48 horas de trabajo ininterrumpido para intentar sacarlo con vida.
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La misión avanza a un ritmo desesperadamente lento. Según reconstruyó EFE, Hernán Gil quedó atrapado en la garita del sótano donde trabajaba como vigilante cuando el edificio colapsó. Paradójicamente, ese pequeño espacio terminó convirtiéndose en el refugio que le permitió sobrevivir al derrumbe y resistir durante días bajo los escombros. Pero también es lo que hace que el rescate sea extremadamente peligroso.
Sobre él descansan toneladas de concreto, hierro y otros materiales inestables. Cada bloque retirado modifica el equilibrio de una estructura que amenaza con venirse abajo. Por eso las excavadoras quedaron descartadas desde el primer momento. Los rescatistas solo pueden avanzar con herramientas manuales, retirando escombros centímetro a centímetro mientras ingenieros evalúan cada movimiento y un escáner sónico ayuda a identificar el camino más seguro.
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“Estamos muy cerca, pero necesitamos máxima seguridad. Tenemos que llegar más cerca para que sea seguro sacarlo sin comprometerlo a él ni a nosotros”, explicó a EFE uno de los 64 rescatistas portugueses que participan del operativo junto con especialistas de Chile, Estados Unidos y Venezuela.
Nadie se atreve a calcular cuánto tiempo más demandará la operación. Cuanto más cerca llegan a Hernán Gil, mayor es el riesgo de provocar un nuevo colapso.
Aun así, lograron establecer una línea de vida. Hernán Gil permanece consciente, recibe agua, medicamentos y mantiene comunicación constante con quienes intentan alcanzarlo. Cada conversación confirma que continúa resistiendo.
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A pocos metros del edificio permanece, desde el jueves pasado, su esposa, Gusbimar González. En declaraciones a EFE, contó que los rescatistas le explicaron que el acceso hasta Hernán era extremadamente complejo y que debían retirar los escombros únicamente con herramientas manuales para evitar un nuevo derrumbe. La espera, para ella, también se convirtió en otra forma de resistencia.
La historia de Hernán Gil se convirtió en un símbolo mientras Venezuela agota las últimas posibilidades de encontrar sobrevivientes. Los especialistas recuerdan que, después de las primeras 72 horas, las probabilidades de rescatar personas con vida disminuyen drásticamente. Sin embargo, continúan buscando porque la tragedia todavía ofrece excepciones. Apenas unas horas antes, un niño de tres años fue rescatado con vida tras pasar casi seis días atrapado bajo los escombros en el mismo estado de La Guaira.
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Por eso el silencio se transformó en una herramienta de rescate. En distintos puntos de la región, voluntarios, militares y vecinos interrumpen cualquier ruido cuando los equipos lo ordenan. Un golpe, un susurro o una voz pueden ser la diferencia entre abandonar una búsqueda o iniciar una nueva operación.
Mientras tanto, el desastre sigue revelando su magnitud. El último balance oficial reporta 6.461 personas rescatadas, al menos 1.943 fallecidos y más de 10.500 heridos. Unos 855 edificios sufrieron daños y 189 colapsaron por completo. Miles de personas permanecen sin vivienda y la ayuda internacional continúa llegando con equipos de rescate, hospitales de campaña, alimentos e insumos enviados por decenas de países.
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Más de 3.600 rescatistas extranjeros, acompañados por 148 perros especializados y delegaciones internacionales, siguen desplegados en Venezuela en una carrera contra el tiempo que ya parece desafiar todas las estadísticas.

Pero en Catia La Mar las cifras dejan de importar cada vez que el operativo vuelve a detenerse.
Entonces regresa el silencio. Los rescatistas contienen la respiración y llaman otra vez a Hernán Gil. Desde la oscuridad, bajo toneladas de concreto, una voz vuelve a responder. Mientras eso siga ocurriendo, nadie está dispuesto a abandonar el rescate.
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