
En Venezuela, José Gregorio Hernández era santo antes de ser santo. El “médico de los pobres” ya era venerado por todo un pueblo desde hace décadas. Su imagen se encuentra desde siempre en hospitales, iglesias, casas humildes y consultorios médicos. Se le reza con la certeza de que su intercesión puede obrar lo imposible. Para muchos, su canonización es solo un reconocimiento tardío de lo que el pueblo creyó desde el día de su muerte el 29 de junio de 1919.
En las calles, su devoción se entrelaza con la religión popular, lo que se cree fue en realidad la causa de la larga espera por su canonización. En barrios de toda Venezuela es común ver pequeños altares improvisados donde la figura solemne de Hernández, con su traje negro y sombrero, aparece junto a santos de la Iglesia católica o de imágenes representativas de divinidades yoruba. En el culto a María Lionza, por ejemplo, el médico es considerado un espíritu protector dentro de la “Corte Médica”, grupo de almas elevadas que, según la creencia, auxilian a los enfermos. En algunos lugares, su estampa comparte espacio con José Martí, Simón Bolívar y hasta la Virgen de Coromoto.
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Su santuario en Isnotú, el pueblo trujillano donde nació en 1864, es testimonio de su arraigo en el corazón de los fieles. Miles de placas cubren sus paredes, todas con un mensaje repetido: “Gracias por el favor concedido”. Allí, la fe se respira. Se ven muletas abandonadas por quienes afirman haber recuperado la movilidad, retratos de niños sanados contra todo pronóstico, cartas de agradecimiento de familias que aseguran que el médico obró en sus vidas.

Pero si la devoción popular lo elevó a los altares del pueblo, la Iglesia requería pruebas. Y fueron dos milagros, reconocidos tras rigurosos estudios, los que finalmente llevaron a José Gregorio Hernández al altar de la santidad oficial.
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Yaxury Solórzano: la niña que volvió a vivir
Marzo de 2017. En un camino rural del estado Guárico, una niña de 10 años, Yaxury Solórzano, recibe un disparo en la cabeza durante un asalto. Su madre, desesperada, la lleva al hospital más cercano. Los médicos logran salvarla, pero advierten lo inevitable: si sobrevive, quedará con graves secuelas neurológicas. No podrá hablar, caminar, sostener un lápiz en la mano.
“No hay nada más que hacer”, sentencia un doctor.

Pero la madre no se rinde. En la sala de espera, reza con fervor. Implora a José Gregorio Hernández, ese médico al que ha encomendado su salud toda la vida. Le pide lo imposible.
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Días después, lo imposible ocurrió. Yaxury no solo sobrevive, sino que se recupera completamente. Habla, camina, juega. Los médicos no tienen explicación. La Iglesia, en cambio, encuentra un milagro. En 2020, el Vaticano aprueba el caso y con él, la beatificación del médico venezolano.
Una recuperación inexplicable
El segundo milagro, el que lo llevaría finalmente a la canonización, ocurrió lejos de Venezuela. Un venezolano residente en Estados Unidos se enfrenta a una condición médica crítica. Su diagnóstico es devastador: fallas multisistémicas, órganos colapsados, daño cerebral irreversible. Los médicos pronostican lo peor.
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Pero la fe de sus familiares los impulsa a hacer lo único que pueden: rezar a José Gregorio Hernández. Durante ocho días consecutivos, piden su intercesión.
Entonces, ocurre lo impensable. En una semana, el hombre se recupera por completo. El Vaticano, tras una investigación exhaustiva, reconoce el caso como el segundo milagro necesario para la canonización.
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Con estos dos casos, el Papa Francisco confirmó lo que el pueblo venezolano sabía desde hace un siglo: José Gregorio Hernández es un santo. Su proceso de canonización, iniciado en 1949, encontró finalmente su desenlace tras 76 años de espera.
Para Venezuela y América Latina, su santidad es más que un acto formal de la Iglesia. Es el reconocimiento de una fe inquebrantable, de un médico que renunció a la riqueza para atender a los no tenían como pagarle, de un hombre que, más allá de la ciencia, creyó en el poder del amor y el servicio.
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Hernández no necesitó altares de mármol ni ceremonias solemnes para ser considerado santo. Su lugar en el corazón de los fieles ya estaba asegurado mucho antes de que el Vaticano lo confirmara formalmente este martes.
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