
Enclavado en el corazón de Boyacá, a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar, Tota se presenta como un destino que conjuga historia, naturaleza y cultura en un entorno poco conocido fuera de Colombia.
Este municipio, el más antiguo del departamento según su año de fundación, ha logrado consolidarse como un referente turístico gracias a su privilegiada ubicación junto al lago de Tota y a la singular Playa Blanca, la playa de arena blanca situada a mayor altitud en el país.
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Fundado el 1 de febrero de 1535 por Gonzalo Jiménez de Quesada, Tota se localiza a 94 kilómetros de Tunja, en la provincia de Sugamuxi.
Su nombre, que significa “tierra de labranza”, remite a sus raíces agrícolas y a la importancia que tuvo para las comunidades indígenas muiscas. En la cuenca del lago de Tota se encontraba uno de los santuarios muiscas más relevantes al momento de la llegada de los españoles, lo que subraya el peso histórico y cultural de la región.
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El lago de Tota, el mayor lago natural de agua dulce de Colombia y el segundo a mayor altitud en el mundo después del Titicaca, se extiende a lo largo de 55 kilómetros cuadrados y alcanza una profundidad de 60 metros.
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Este cuerpo de agua, compartido con los municipios de Cuítiva y Aquitania, alberga cinco islas, entre las que se destaca San Pedro, una reserva natural protegida con senderos para los visitantes.
El lago es escenario de actividades náuticas como windsurf, pesca y buceo, y su entorno se ha convertido en un punto clave para el avistamiento de aves: se han identificado 135 especies, incluidas tres endémicas, que encuentran refugio en las marismas de sus orillas.
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En el extremo sur del lago se encuentra Playa Blanca, una cala de arena blanca de unos 800 metros de extensión, protegida por pinos y colinas.
Esta playa, la más alta de Colombia a 3.015 metros sobre el nivel del mar, se ha convertido en uno de los lugares más visitados del departamento. Sus aguas frías y su paisaje invitan tanto a paseos en barco como a la práctica de deportes, camping y degustación de platos locales, en su mayoría a base de pescado. La singularidad de Playa Blanca radica en la experiencia de disfrutar de una playa de arena blanca en pleno altiplano andino, un atractivo inesperado para quienes exploran los Andes orientales.
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La economía de Tota se apoya en la agricultura, la ganadería, la piscicultura y, cada vez más, en el turismo. Los cultivos de cebolla, papa, arveja, cebada, trigo, habas y zanahoria forman parte de la base productiva local, mientras que la afluencia de visitantes a Playa Blanca y al lago ha impulsado la oferta de servicios turísticos y recreativos. La presencia de albergues, restaurantes y actividades al aire libre ha diversificado las fuentes de ingreso de la comunidad.
El patrimonio cultural y arquitectónico de Tota se refleja en su parque central, adoquinado y presidido por la iglesia doctrinera, un templo colonial del siglo XVI considerado una joya arquitectónica. El monumento a las hilanderas rinde homenaje a las tejedoras del municipio, cuyos tejidos gozan de reconocimiento en toda la región. Entre las celebraciones más destacadas figura la fiesta de la Virgen del Carmen, que cada agosto reúne a campesinos y turistas en torno a actividades religiosas, deportivas y culturales.
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La oferta turística de Tota incluye alojamiento junto al lago, restaurantes con gastronomía local y una amplia gama de actividades al aire libre. El avistamiento de aves, los paseos en barco y la posibilidad de recorrer las islas del lago complementan la experiencia de quienes buscan contacto con la naturaleza y la cultura boyacense.
El municipio limita al norte con Cuítiva, al oriente con Aquitania, al occidente con Pesca y al sur con Zetaquira y San Eduardo. Su territorio se divide en veredas interiores como Centro, Corales, Daisy, Ranchería, Romero, Sunguvita, Tobal y Toquecha, y veredas costeras como Guáquira —donde se encuentra la península de Puntalarga—, Tota y La Puerta, esta última sede de Playa Blanca. El acceso a Tota resulta sencillo desde ciudades como Sogamoso, ubicada a unos 40 kilómetros, y la carretera de circunvalación que rodea el lago facilita la llegada a los principales atractivos.
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En las proximidades de Tota, el pueblo colonial de Iza ofrece una alternativa para quienes desean complementar su visita. Con casi quinientos años de historia, Iza es conocido por su plaza central, sus baños termales libres de olores sulfúricos y una variada oferta de postres típicos que se pueden encontrar en sus calles, especialmente los fines de semana.
Así, Tota se consolida como un destino que combina historia, paisajes andinos y tradiciones vivas, enmarcado por una infraestructura turística que permite a los visitantes disfrutar plenamente de su riqueza natural y cultural.
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