
Funciona igual que cualquier otro aeropuerto frecuentado del mundo. Empleados aguardan en los puntos de información, el suelo brilla, los efectivos de seguridad están preparados para cualquier inconveniente. Atentos a un imponderable que en el Mattala Rajapaksa no ocurrirá jamás porque allí no circula gente. Funciona como un aeropuerto, a excepción de que no tiene pasajeros.
Su breve historia se remonta a marzo de 2013. En sus comienzos llegó a recibir siete vuelos diarios; poco para cualquier aeropuerto internacional, muchísimo para el Mattala Rajapaksa. Buscaban descongestionar el por demás convulsionado aeropuerto de Colombo, la capital de Sri Lanka y potenciar el turismo en otras provincias. El objetivo: convertir a Hambantota, a 40 minutos de allí, en un punto de referencia srilanqués.
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Para ello, se destinaron 210 millones de dólares, aunque gran parte -190 millones- provino del gobierno chino. La inversión dio lugar a un complejo capaz de albergar un millón de pasajeros por año. 12.000 metros cuadrados, 12 mostradores, dos puertas de embarque, una pista pensada para los grandes aviones comerciales.
Al poco tiempo, el gran proyecto del expresidente Mahinda Rajapaksa, originario de Mattala, se apagó. Las aerolíneas notaron que sus vuelos no eran correspondidos y los retiraron sin dudar. Pronto el aeropuerto se transformó en un despilfarro de dinero.
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Sin embargo, para la mayoría, no fue una sorpresa. Según el economista srilanqués Deshal de Mel, era inevitable su fracaso: "Para tener un aeropuerto internacional necesitás alrededor buena cantidad de población residente, atracciones para que los extranjeros quieran venir y mucha infraestructura comercial. Hambantota no tiene nada de eso", señaló a Forbes.

Hambantota, el gran anhelo de la nueva Doha, el futuro epicentro de los negocios, estadios de cricket, grandes hoteles y un fuerte sector industrial, siguió siendo lo que es: un modesto pueblo de pescadores.
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El aeropuerto de Mattala, por su parte, se transformó en una escena de película grotesca. En vez de pasajeros, los que circulan por sus alrededores son monjes budistas, con sus uniformes naranjas, en habituales paseos relajantes. A su vez, búfalos y elefantes se agolpan para ingresar al mismo tiempo que la policía forma un cordón para detener su paso.
En 2015 el gobierno de Sri Lanka cambió. El nuevo presidente Maithripala Sirisena prometió rever la situación del joven aeropuerto. Consideró su construcción con dinero chino una maniobra más de corrupción de su antecesor y canceló los vuelos procedentes de SriLankan Airlaines. Pese a su nulo funcionamiento, el Internacional Mattala Rajapaksa se mantiene firme. Acaso el símbolo arquitectónico de un desastre anticipado.
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