El efecto Messi: cómo el fútbol construyó el “soft power” argentino

La popularidad de sus grandes figuras deportivas convirtió al fútbol en uno de los principales vehículos de proyección internacional del país. Qué es el “soft power”, cómo se traduce en influencia y qué lugar ocupa Argentina en el mundo

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Lionel Messi es una de las figuras argentinas con mayor reconocimiento internacional. Su nombre excede al fútbol y forma parte de una asociación más amplia con el país: para millones de personas, Argentina es también Messi, Maradona, la Selección, el fútbol y una tradición deportiva que se proyectó durante décadas en distintos mercados.

Esa capacidad de generar identificación y reconocimiento forma parte de lo que la política internacional denomina soft power o poder blando. El concepto fue desarrollado por el politólogo estadounidense Joseph Nye para describir la capacidad de un país de influir a partir de la atracción y la persuasión, en lugar de recurrir a la coerción económica o militar.

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La cultura, el deporte, la educación, la tecnología, el turismo y las marcas son algunas de las herramientas que pueden contribuir a construir esa influencia. En el caso argentino, el fútbol ocupa un lugar central y Messi representa su expresión más global.

Durante una columna en Infobae a la Tarde, Rosendo Grobo analizó ese fenómeno a partir de un ejemplo comercial en India: una empresa láctea utiliza la imagen de la Selección argentina en sus campañas. Para el especialista, ese tipo de asociación muestra cómo el reconocimiento de una actividad o una figura puede extenderse hacia la percepción del país de origen.

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Aficionado de la selección argentina en Bangladés con una bandera de Lionel Messi (REUTERS/Mohammad Ponir Hossain)
Aficionado de la selección argentina en Bangladés con una bandera de Lionel Messi (REUTERS/Mohammad Ponir Hossain)

El mecanismo no implica que la popularidad de Messi se traduzca automáticamente en inversiones. Sí supone una ventaja: existe una familiaridad previa que otros países deben construir durante años para instalar una imagen reconocible en el exterior.

Qué es el soft power y por qué importa

A diferencia del llamado “poder duro”, vinculado con la fuerza militar, las sanciones o la capacidad de presión económica, el poder blando se basa en la capacidad de resultar atractivo y generar afinidad.

En términos concretos, un país puede beneficiarse cuando sus productos, empresas, destinos turísticos, instituciones o expresiones culturales quedan asociados a atributos positivos. El reconocimiento de una figura internacional puede formar parte de ese proceso.

Argentina tiene varios ejemplos. El fútbol es el más evidente, pero también aparecen el vino, el polo, la gastronomía, el turismo y otras industrias culturales. La presencia internacional de deportistas como Maradona, Alfredo Di Stéfano, Javier Zanetti, Sergio Agüero o Lautaro Martínez contribuyó a ampliar esa asociación en distintos países.

En algunos casos, la relación quedó ligada a una ciudad o a un club. Maradona se convirtió en una figura central de la identidad de Nápoles; Zanetti construyó durante años un vínculo con Milán; y Messi llevó su imagen argentina a Barcelona, París y Miami.

Tres hinchas de la selección argentina y un mural con fotos en Calcuta, India (REUTERS/Sahiba Chawdhary)
Tres hinchas de la selección argentina y un mural con fotos en Calcuta, India (REUTERS/Sahiba Chawdhary)

El fenómeno también puede observarse en otras disciplinas. El crecimiento de Franco Colapinto en la Fórmula 1 volvió a colocar a un deportista argentino en una competencia con una audiencia global y generó nuevas asociaciones comerciales alrededor de su figura.

Argentina, en el puesto 37 del ranking mundial

El soft power no es solamente una idea teórica. También existen índices internacionales que intentan medir la percepción que generan los países.

El Global Soft Power Index 2026, elaborado por Brand Finance, evalúa a los 193 Estados miembros de Naciones Unidas a partir de más de 150.000 respuestas recogidas en más de 100 mercados. El estudio utiliza 55 variables relacionadas con familiaridad, reputación, influencia, cultura, negocios, relaciones internacionales, educación, ciencia y gobernanza.

Estados Unidos encabeza la clasificación, seguido por China y Japón. El Reino Unido ocupa el cuarto lugar y Alemania el quinto. Francia, Suiza, Canadá, Italia y Emiratos Árabes Unidos completan los primeros diez puestos.

Argentina aparece en el puesto 37, con 45,2 puntos, cinco posiciones por encima de la edición anterior y en su mejor ubicación histórica. Brasil se encuentra en el puesto 29 y México, en el 42.

Una empresa de lácteos de India utiliza la imagen de la Selección argentina en sus campañas de promoción (EFE/Juan Ignacio Roncoroni)
Una empresa de lácteos de India utiliza la imagen de la Selección argentina en sus campañas de promoción (EFE/Juan Ignacio Roncoroni)

El ranking muestra que el poder blando no depende de una única figura ni de una sola industria. Los países que ocupan los primeros lugares combinan diferentes atributos: capacidad económica, cultura, innovación, educación, empresas reconocidas, turismo, instituciones y presencia internacional. Argentina cuenta con algunos de esos activos, aunque su desarrollo aparece más fragmentado.

La distancia entre reconocimiento e impacto económico

La principal discusión pasa por la capacidad de convertir ese reconocimiento en resultados concretos.

La popularidad de Messi puede generar interés por Argentina, pero no garantiza por sí misma que una persona visite el país, compre un producto argentino o invierta en una empresa local. Para que exista ese vínculo tiene que haber una estrategia capaz de conectar la atención internacional con actividades económicas específicas.

Ese es uno de los puntos que planteó Grobo durante su análisis. Según el politólogo, Argentina tiene una presencia internacional que muchas veces se construye de manera espontánea y a través de iniciativas individuales, pero podría aprovecharla de manera más coordinada.

La misma lógica puede aplicarse al vino, al turismo, al polo o a la gastronomía. El reconocimiento de un atributo argentino funciona como punto de partida; después aparecen las empresas, los productores y los organismos capaces de convertirlo en una oportunidad comercial.

Un joven con una camiseta del Barcelona con Messi en la espalda en Johannesburgo, Sudáfrica (REUTERS/Siphiwe Sibeko)
Un joven con una camiseta del Barcelona con Messi en la espalda en Johannesburgo, Sudáfrica (REUTERS/Siphiwe Sibeko)

Un ejemplo mencionado durante la columna fue el desarrollo del vino argentino como producto turístico y de exportación. En ese caso, la construcción de una reputación internacional no dependió de una única campaña, sino del trabajo sostenido de productores y de una comunidad empresarial que logró instalar a Mendoza y al vino argentino en distintos mercados.

Messi como activo internacional

La figura de Messi reúne buena parte de esas características. Es argentino, tiene una trayectoria reconocida en algunos de los mercados deportivos más importantes del mundo y mantiene una asociación directa con la Selección.

Su influencia no surge de una política pública diseñada para promocionar al país. Es consecuencia de una trayectoria individual que alcanzó una dimensión global. Lo mismo ocurrió con otros deportistas argentinos que terminaron convirtiéndose en referentes de ciudades, clubes o disciplinas en otros países.

El desafío consiste en determinar hasta dónde puede aprovecharse esa visibilidad sin reducirla a una cuestión publicitaria. El soft power no se construye únicamente colocando la imagen de un futbolista en una campaña. También intervienen la reputación institucional, la confianza, la cultura, la capacidad empresarial y la percepción que existe sobre el país.

Mural de Lionel Messi en Daca, Bangladés (REUTERS/Mohammad Ponir Hossain)
Mural de Lionel Messi en Daca, Bangladés (REUTERS/Mohammad Ponir Hossain)

De hecho, el mismo atributo que genera atracción puede convivir con percepciones negativas. Durante la columna, Grobo señaló que la reputación internacional puede funcionar en ambos sentidos y mencionó como uno de los problemas argentinos la percepción sobre la estabilidad institucional y el cumplimiento de las normas.

Por eso, Messi puede ayudar a abrir una puerta, pero no puede resolver por sí solo lo que ocurre después.

La Argentina ya cuenta con una marca reconocible en buena parte del mundo. El fútbol, y especialmente Messi, contribuyó de manera decisiva a esa construcción. La cuestión pendiente es cómo transformar esa familiaridad en vínculos económicos, culturales y turísticos más profundos.

En otras palabras, el país ya tiene buena parte de la atención. El desafío es convertirla en influencia y, a partir de allí, en oportunidades concretas.

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