
La imagen del monte Fuji volvió a ocupar espacio en la prensa japonesa por un episodio ajeno al paisaje: un hombre fue reprendido por la Policía tras dejar solo durante horas a su hijo de 7 años en plena ruta de ascenso, en medio de niebla y lluvia, a más de 2.000 metros de altitud. El caso expuso otra vez la dimensión real de la montaña más alta de Japón, un destino que cada temporada atrae a cientos de miles de visitantes y que combina exigencia física, presión turística, valor espiritual y una de las postales más reconocibles del país.
El monte Fuji recibe cada verano entre 200.000 y 300.000 visitantes, de acuerdo con la Organización Nacional de Turismo de Japón. Situado entre las prefecturas de Shizuoka y Yamanashi, al oeste de Tokio, se eleva hasta los 3.776 metros y sigue clasificado como volcán activo, aunque su última gran erupción ocurrió entre 1707 y 1708.
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El ascenso al monte Fuji y las restricciones por turismo
La ruta Fujinomiya, donde ocurrió el reciente episodio, parte desde la quinta estación de la montaña, a la que se puede llegar en transporte público. Desde ese punto, el trayecto hasta la cumbre demanda cerca de cinco horas, mientras que el descenso requiere otras tres horas. Esa combinación de altura, esfuerzo físico y cambios de clima explica por qué las autoridades y los operadores turísticos insisten en la necesidad de preparación previa.

El aumento sostenido de visitantes llevó a aplicar restricciones en algunas rutas, con límites diarios de acceso y tasas para reducir la congestión y mejorar la seguridad. El monte Fuji se ha convertido en uno de los destinos de alpinismo más frecuentados de Japón, pero esa popularidad también abrió discusiones sobre el impacto ambiental y la capacidad de carga de la montaña durante la temporada alta.
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Ubicado en la isla de Honshu, a unos 100 kilómetros del área metropolitana de Tokio-Yokohama, el monte Fuji es la cumbre más alta del país. Su forma casi simétrica lo convirtió en una de las imágenes más difundidas de Japón, visible desde grandes distancias cuando las condiciones meteorológicas lo permiten.

Desde el punto de vista geológico, se trata de un estratovolcán formado a lo largo de cientos de miles de años por erupciones sucesivas. La Organización Nacional de Turismo de Japón explicó que la montaña empezó a tomar forma hace unos 100.000 años.
La erupción de Hōei de 1707 duró 16 días y lanzó cenizas hasta Edo, la actual Tokio, según la Organización Nacional de Turismo de Japón. Aunque desde entonces no volvió a registrar un episodio de esa magnitud, los geólogos mantienen su clasificación de volcán activo por la dinámica sísmica de la región.
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El valor sagrado del monte Fuji en la cultura de Japón
Mucho antes de convertirse en un punto turístico, el monte Fuji ya tenía un lugar central en la vida religiosa japonesa. Durante siglos fue un sitio de peregrinación y disciplina espiritual. En su base se construyeron santuarios y rutas rituales que aún hoy conservan ese legado.

De acuerdo con Japan Experience, la montaña quedó vinculada a antiguas prácticas de culto y purificación. Durante el período Edo se expandió el movimiento Fuji-ko, integrado por devotos que promovían peregrinaciones y formas colectivas de veneración. El monte Fuji se asocia en la tradición sintoísta con la deidad Konohanasakuya-hime y con la red de santuarios Sengen, distribuidos en sus alrededores.
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El atractivo del monte Fuji también se apoya en su entorno natural. La actividad volcánica modeló los Cinco Lagos de Fuji, además de cuevas, bosques y fuentes termales que hoy integran uno de los corredores turísticos más visitados del centro de Japón.

La Organización Nacional de Turismo de Japón indicó que las erupciones contribuyeron a formar lagos y cavidades en la base de la montaña. Yamanaka, Kawaguchi, Sai, Shōji y Motosu son los cinco espejos de agua del sector norte. El lago Kawaguchi figura entre los puntos más buscados para observar y fotografiar el volcán. A eso se suman áreas como Aokigahara y distintos circuitos de excursión desde Tokio.
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La presencia del monte Fuji en la pintura y la literatura japonesas terminó de consolidar su proyección internacional. Japan Experience recordó la influencia de las estampas de Katsushika Hokusai y Utagawa Hiroshige, mientras que la UNESCO lo declaró Patrimonio Mundial en 2013 por su relevancia cultural. Hoy, la montaña conserva ese doble carácter de destino masivo y espacio sagrado, bajo una vigilancia constante sobre sus senderos, su entorno y su actividad volcánica.
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