
A veces, cuando el corazón anda herido y se busca distracción, nada mejor que sumergirse en un buen rompecabezas matemático. Hay un caso antiguo y sorprendente que lo refleja a la perfección. Para conocerlo, hay que viajar casi mil años atrás, hasta la India del siglo XII, y encontrarse con uno de los matemáticos más brillantes de su época: Bhaskara II.
Una profecía difícil de eludir
Bhaskara II no solo era un genio de la astronomía y las matemáticas; también era padre. Su hija, Lilavati, era —según cuenta la leyenda— su mayor orgullo. Pero cuando consultó su horóscopo, se encontró con un vaticinio preocupante: el destino auguraba que Lilavati no tendría esposo ni hijos.
Decidido a torcer el futuro, Bhaskara II organizó cuidadosamente un matrimonio para su hija. La ceremonia debía concretarse en un día y un horario exacto, y para asegurarse de no fallar recurrió a un dispositivo de precisión sorprendente para la época: una clepsidra, o reloj de agua.

El secreto que no debía ser descubierto
Para evitar cualquier alteración en el instrumento, el matemático guardó la clepsidra en una habitación y le pidió a Lilavati que no entrara jamás. Pero, como suele ocurrir cuando se prohíbe algo, el misterio terminó alimentando aún más la curiosidad de la joven.
Un día, incapaz de contenerse, Lilavati abrió la puerta y observó el extraño aparato. En ese instante, sin darse cuenta, una de las perlas de su collar cayó justo sobre el agujero de la clepsidra, bloqueándolo. El reloj dejó de funcionar… y nadie lo notó.
Cuando la hora del casamiento llegó, pasó silenciosamente, como el agua que ya no corría. Con ella también se evaporó la oportunidad de cambiar el destino profetizado.

Una tristeza que se volvió legado
Al ver la profunda desilusión de su hija, Bhaskara II quiso consolarla de un modo singular: decidió escribir un libro que llevara su nombre. Así nació el “Lilavati”, una obra maestra de la matemática recreativa, compuesta por 13 capítulos llenos de definiciones, problemas y acertijos ingeniosos.
Ese libro, pensado para que el nombre de Lilavati perdurara a lo largo de los siglos, efectivamente lo logró. Hoy sigue siendo estudiado, admirado y disfrutado por matemáticos y amantes del conocimiento.
Para seguir esta tradición milenaria, aquí te dejo uno de los problemas que podrían haber aparecido en el “Lilavati”. Ideal para despejar la mente y, también, el corazón.
Érase un enamorado que en atención a su novia,
para su adorno y realce, compró algunas esmeraldas.
Un octavo tuvo a bien poner en una diadema.
Con tres séptimos del resto compuso una gargantilla.
Con la mitad del sobrante, arreglóse un brazalete.
De lo que quedó, tres cuartos engarzó en un cinturón
de vibrantes campanillas.
Y aún quedaron dieciséis muy preciosas esmeraldas
que esparció por sus cabellos.
Dime, niña, Lilavati,
cuántas piedras fue que el joven comprara para su amada.
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