“Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”, dicta el diccionario ante la búsqueda del significado de resiliencia. Y se podría decir que la historia de Victoria Viel Temperley está atravesada por esta capacidad.

Cuando tenía 44 años, atravesó la mayor tragedia: falleció su hijo Santiago luego de permanecer dos años en coma tras un tumor cerebral. Hoy, con 60 años, supo transformar su dolor de tener que sobrevivir sin su hijo. Y para hacerlo decidió fundar la asociación civil Donde quiero estar, que tiene como principal objetivo humanizar los tratamientos oncológicos y mejorar la calidad de vida de las personas con cáncer y sus familias.

La fundación recibió a principios de diciembre el Premio Mejores Días 2019, organizado por el laboratorio Teva, que reconoce la contribución de instituciones sin fines de lucro a mejorar la calidad de vida de los pacientes. En el caso de la institución a cargo de Viel, es a través de un programa de Arte Reflexología y contención durante la aplicación de quimioterapia que transforma la espera pasiva en una actividad creativa y compartida.

Mi hijo estuvo dos años internado en coma pero le seguían haciendo las sesiones de quimioterapia en el Hospital Italiano. Entonces empecé a investigar cómo podía aliviar ese momento y me encontré con la reflexología como una herramienta para aliviar todo el aparato circulatorio. Y sentía que un poco lo aliviaba entre tanto procedimiento”, dijo a Infobae Victoria.

El amor después de la muerte

“Algunas personas pueden salir adelante y otras no. Mi marido no pudo y se murió. Lo amaba tanto a Santiago que la tristeza lo invadió. De hecho, tiempo después de que se murió a él le agarró un cáncer de pulmón. Y está bien, no estoy enojada. La verdad es que no tengo idea de qué depende el salir adelante pero yo tengo 5 hijos y tenía que salir adelante como sea”, explicó.

Y continuó: “Descubrí que el amor cuando uno tiene hijos es proporcional al dolor de la muerte. Es exactamente igual. Con la muerte el dolor es tan grande que tenes que hacer algo igual de grande para que no quedes devastada. Y es que el dolor de muerte solo se compensa con el amor, ni con plata ni con vacaciones. Yo necesitaba y necesito encontrar una manera para sobrevivir una tragedia tan grande”.

Luego de dos años acompañando todos los días a su hijo Santiago, y tras su fallecimiento, Victoria supo que debía convertir el dolor en algo positivo. “Después de su muerte desarrollé un programa para acompañar a embarazadas de alto riesgo que llevé al Hospital de Clínicas José De San Martín. Al querer presentar el programa, me equivoqué de piso y en vez de dejarlo en maternidad lo llevé a salud mental. Gracias a esta equivocación, me invitaron a trabajar en psicoprofilaxis oncológica en el espacio de la sala de quimioterapia con pacientes con cáncer de mama y útero. Comencé dando clases de gimnasia localizada, sesiones de fotografía y de reflexología para que los acompañantes pudieran aliviar a sus familiares. Luego se incorporó María De San Martín, mi hija, con la propuesta de pintar durante la quimioterapia como si fuese un taller tradicional. La idea fue realmente innovadora y los resultados superaron nuestras expectativas”, detalló.

De este modo, la mujer propuso cambiar la experiencia de los pacientes: “Los que están con quimioterapia sienten el gusto de la medicación y en lo único que piensan es en la situación que están atravesando. Por eso, quise cambiar esto y con mi equipo les llevamos acrílicos para que huelan el olor a pintura, se concentren en otra cosa y puedan correr el foco de atención por un rato”.

Donde quiero estar

El nombre de la fundación nace a partir de una paciente con cáncer. “Zulema estaba esperando muy ansiosa a que la atiendan y le propongo pintar. Lo primero que empieza a pintar son las sierras de Córdoba y llama en ese mismo momento a su esposo Domingo, lo mira y le dice ‘me quiero ir a vivir a Córdoba’. Cuando le pregunto el título de la obra, ella me mira fijo y me dice: ‘Donde quiero estar'”.

A Victoria le pareció tan importante y acertado el nombre que decidió llamar así a su fundación: “Nadie quiere entrar en un hospital y menos tener cáncer. Es así que a través del arte se trasladan hacia otro lugar más bello, se meten dentro de la obra casi como si salieran de la cama para meterse en el cuadro mientras una enfermera le saca la vía y los limpia con algodón. Pasa el tiempo y no se dan cuenta de que se tienen que ir hasta que escuchan un ‘listo’”.

En cuanto a la reflexología, el otro pilar de la fundación, Victoria aclara que, además de los beneficios para el organismo, en el aspecto psicológico supone un apoyo incondicional para los pacientes: “Ellos se sienten más contenidos que nunca, el paciente asciende contrario a lo que sucede cuando los atiende un profesional de la salud que siempre están acostados por ende mirando desde arriba. En este caso, son ellos los que miran desde arriba y se sienten en otro nivel”.

Hoy, a más de diez años de la creación de la fundación, tienen una sede propia en donde los pacientes que no se encuentran en tratamiento pueden continuar pintando e incluso exponiendo sus obras en una galería de arte. “Nos dimos cuenta de que las personas querían seguir aprendiendo más y más sobre el arte. Así que se reúnen todos los jueves en la sede de Belgrano”, enfatizó la fundadora.

Actualmente además de los programas de reflexología y arte, inauguraron el programa de asistencia personalizada gratuita a todas aquellas personas que se contacten, respondiendo consultas, derivando los casos a organizaciones especializadas y haciendo un seguimiento de los casos de acceso a la medicación.

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