Por Fabricio Portelli

En medio de la polémica entre el vino y la cerveza se da una paradoja: la calidad de los vinos argentinos ha mejorado notablemente, pero su consumo ha decaído de la misma manera. ¿Cómo se explica eso?
En los 80 el consumo per cápita de vinos de la Argentina era de 90 litros, y nadie tomaba cerveza. Pero la ecuación se dio vuelta por muchas razones.

El vino sin dudas ha mejorado y ha multiplicado su oferta. Aquellos vinos de todos los días que brillaron en las mesas argentinas han sufrido más que ninguna otra bebida. Por un lado están las cuestiones naturales, a cosecha de bajos rendimientos el precio de la uva se incrementa y por ende el costo del vino aumenta – cabe destacar que la cerveza no sufre estos inconvenientes -, tal como sucedió en 2016 y 2017. Así, el vino en cartón fue el producto que más subió de precio (casi 80%) en el primer semestre del año pasado, según un estudio de la Consultora W, encargado por la propia industria del vino.

Pero esto explica solo una parte de la película, porque se ha abierto un debate en torno al disfrute del vino, y ya son varias las voces que desprecian su valor agregado. Es decir, defienden el vino como producto simple y efectivo, unilateral y lineal como pueden ser otras bebidas masivas, incluyendo la cerveza.

El vino es la bebida con mayor diversidad. Hay decenas de variedades de uva, centenares de terruños en nuestro país con diferentes características de clima y suelo, miles de enólogos y agrónomos tomando decisiones claves para su elaboración, varios métodos de vinificación aplicados en base al estilo y calidad del vino en cuestión. Además, una vez en la botella el vino sigue evolucionando, y es por eso que se dice que no hay dos botellas iguales, más allá de la capacidad de guarda de algunas etiquetas. Esto sucede en todos los países productores; y como si esto fuera poco, todos los años se renueva todo con cada cosecha.

(Shutterstock)
(Shutterstock)

El vino es como una moneda de dos caras, por un lado la gran cantidad de etiquetas que tienen los consumidores para elegir, pero por el otro la confusión que esto genera a la hora de enfrentarse a la góndola. Mientras el mensaje de la cerveza es básico; frescura y diversión; el del vino es complejo (casi sin quererlo) hasta en los vinos más simples. Y esto ha alejado también a muchos consumidores que prefieren decidir rápido y sin pensar mucho, en lugar de tomarse un tiempo para ver de qué se trata.

La bebida más noble

El vino es el producto de la fermentación natural del jugo de uva, y, más alá de los avances tecnológicos, se hace de la misma manera desde hace casi 8000 años. El vino siempre acompañó al hombre y más en nuestra cultura desde la época de los romanos.

Sin dudas, el lugar del vino es la mesa. Omnipresente hasta los 80, fue perdiendo terreno. Pero al mismo tiempo, desde fines de los 90 surgieron muchos nuevos vinos con más valor agregado.

Es cierto que se cometieron errores de comunicación y que los precios no "esperaron" a los consumidores. Pero la industria también hizo muchas cosas bien. Por ejemplo, tecnificarse y mejorar los viñedos para poder ofrecer hoy muy buenos vinos en todos los segmentos de precio. Es decir que aquella calidad que se traicionó en su momento para seguir siendo "la bebida del pueblo" a pesar de las cosechas magras, hoy se respeta incondicionalmente. Y esto se nota en todos los vinos. Desde 2004 ya no se dividen en vinos de mesa y vinos finos, pero en el mercado les dicen "vinos comunes o en cartón" y "vinos finos". Los primeros fueron los que más aumentaron en 2017 (79,5%), y los otros los terceros en la escala (55,3%). Y si bien esto tiende a alejar más que a acercar consumidores, la buena noticia es que la calidad ya no se resiente.

Estos incrementos provocan cambios permanentes en los supermercados, vinotecas y restaurantes, y afectan sobre todo a los vinos de todos los días donde la variable precio suele ser la más importante a la hora de la decisión de compra. Pero los segmentos de precio siguen siendo indicadores de la calidad de un vino.

Una manera sencilla de entender la pirámide del vino es saber que todos los vinos de más de $1000 pueden competir de igual a igual entre sí. Porque a ese nivel ya las diferencias no son cualitativas sino conceptuales (origen, partida limitada, hacedor, prestigio de marca, exclusividad, packaging, etc.). Entre $500 y $1000 hoy se libra la batalla de la Alta Gama, porque hay una gran diversidad de etiquetas que buscan captar la atención por el diseño, por el estilo del vino, y también por el método de elaboración o el origen. Es decir, por el valor agregado. De estos vinos hay que esperar atributos diferenciales, más allá de poder entenderlos o apreciarlos; lo importante es que todos se pueden disfrutar.

Entre $200 y $500 hay muchos más vinos. En este segmento han quedado la mayoría de los "Reserva", es decir aquellos en los que la madera y la crianza empiezan a jugar un rol importante. Las marcas más prestigiosas de la Argentina se han adueñado de esta franja a base de cantidad de etiquetas, ofreciendo diversos varietales, bivarietales y blends. Claro que acá las diferencias cualitativas empiezan a notarse, ya que no todas las bodegas pueden ofrecer el mismo nivel, y el consumidor puede exigir cierto carácter a cada vino.

Por último están los vinos más económicos, los que vienen en envase Tetra Brik; entre los cuales hay muchos vinos nobles; los "finitos" que vienen en botella y los – digamos – "buenos vinos para todos los días".

Placer por menos de $100

(iStock)
(iStock)

El vino no es una necesidad, como el agua o la comida, sino que es un gusto que las personas eligen darse. Cuando se suma el vino a la mesa se lo hace por placer, aunque también por costumbre. Pero nadie va a elegir un vino que no le guste por más acostumbrado que esté a tomar vino para acompañar la comida de todos los días.

Un buen vino para disfrutar a menudo y por menos de $100 la botella tiene que ser ante todo agradable. Por eso hoy el foco de muchos vinos está en la expresión de la fruta, que debe ser fresca y evidente. Atrás quedaron los sabores maduros, como así también las rusticidades que daban esos taninos agresivos. Hoy, los vinos llegan más pulidos en sus texturas y por ende más suaves al paladar.

Qué se le puede pedir a estos vinos. Claramente ni potencial de guarda ni complejidades, solo que sean fieles compañeros y que no pierdan su gracia si alguien elige agregarle hielo o soda. Pero los más destacados de la categoría no se conforman con ser "correctos", sino que buscan ir un paso más allá. Y así cada varietal de la línea expresa algo diferente, que puede ser aceptado y reconocido como el carácter de la uva. Y la clave estará en la frescura y el peso del vino, su paso por boca debe ser fluido y refrescante., y el gustito final debe invitar a otro trago.

Por suerte hay muchos vinos que entendieron el juego y lo pueden jugar, que se afianzan a base de consistencia, más allá que estén cambiando permanentemente el diseño de sus etiquetas. Eso es necesario ya que el vino en realidad invita a cambiar permanentemente en busca de la mejor etiqueta posible. Pero en este rango se necesitan compañeros fieles, y en todo caso alternar variedades pero siempre dentro de la misma línea. Los cambios de etiqueta suponen un guiño al consumidor, un mensaje para llamar la atención de otros, respetando siempre la calidad del vino para mantener a los fieles seguidores. El secreto está en las marcas o líneas, sabiendo que en el Malbec siempre se podrá confiar.

Santa Julia por ejemplo es una línea de vinos varietales de larga data (viene de los 90´), y si bien ha cambiado innumerable cantidad de veces su "vestimenta", la calidad sigue siendo destacable. Ofrece todos los varietales clásicos, pero el Viognier (blanco) y el Tempranillo (tinto) son dos de sus especialidades. Suter está de vuelta, y el Chardonnay hace gala de su fama histórica con los vinos blancos.

Portillo es una línea de vinos que no solo ya tiene una bodega y enólogo propio (Gustavo Bauzá), sino que además está concebido con uvas del Valle de Uco. Y esto se aprecia más en el Sauvignon Blanc y en el Malbec. Vendimiario es lo nuevo de Esmeralda, son tres blends tintos que provienen de Mendoza, San Juan y La Rioja, de paladar envuelto y agradable. Además, colaboran con el desarrollo de las escuelas rurales de la Fundación Ruta 40.

Una apuesta segura siempre son los Torrontés de Salta y La Rioja, porque es una uva muy noble y expresiva que se da muy bien en esas regiones. Quara y Santa Florentina son los nombres a tener en cuenta.

El reconocido enólogo Ángel Mendoza siempre dice que en San Juan los vinos jóvenes son mejores porque maduran antes gracias al clima. Eso explica el éxito de los Callia Alta en general y de su Syrah en particular.

Entre los clásicos hay muchas marcas que si siguen estando ahí es por algo. Cuesta del Madero, Valmont y López son tres exponentes de buenos vinos para todos los días con un estilo bien definido y que supieron mantenerse actuales. En varietales clásicos, Norton sigue siendo una referencia con su "eterno" Barbera como propuesta original; también los Benjamín de Nieto Senetiner con sus Malbec y Cabernet Sauvignon como punta de lanza, y los varietales de Estancia Mendoza que nunca fallan.

Fabricio Portelli es sommelier argentino y experto en vinos

Twitter: @FabriPortelli

LEA MÁS: