Silvia Montanari (Virtual Press)
Silvia Montanari (Virtual Press)

Silvia Dina Montanari nació el 14 de enero de 1943 en Dolores. A los cuatro años la familia se instaló en Quilmes, y para siempre quedaría asociada con esa ciudad del sur del Gran Buenos Aires. Allí pasó una infancia que recordaba como una de las etapas más felices de su vida: iba a la playa del Club Náutico y, ya de más grande, empezó a concurrir a los bailes del club. Como marcaba la época, acompañada de mamá y papá, que con mirada celosa no perdían paso de “la nena”, a quien debían vigilar atentamente porque pretendientes no le faltaban. “Era enamoradiza, coqueta, brava...”, se recordaba Silvia.

En Quilmes empezó también su vocación de artista, con la aprobación de sus padres, escenógrafo y ama de casa, que acompañaron sus primeros pasos. Estudió arte escénico y declamación con Claudia Dessy, que había sido discípula de Alfonsina Storni. La poeta fue la primera mujer a quien admiró, y en el teatro infantil que lleva su nombre debutó a los 13 años. En simultáneo estudió piano en el Conservatorio Nacional de La Plata. El arte era la vocación que Montanari abrazó desde chica y que no iba a soltar el resto de su vida. “Quería ser actriz, quería decir esas letras que me enseñaban. Emocionar al público, y sobre todo, hacerlos reír. Con el tiempo aprendí que era mucho más difícil que hacerlos llorar”.

En 1960 su padre la llevó a los viejos estudios de Canal 7, en Ayacucho y Posadas, el único canal de entonces. Fue a recitar un poema para el programa Lux busca una estrella, pero solo obtuvo una medalla recordatoria. Pero su decepción ni siquiera alcanzó la salida: cuando se retiraba con su padre, un asistente les pidió que esperaran un poco, que Narciso Ibáñez Menta quería hablar con ellos. Pero el que apareció fue el hijo de Narciso, Ibañez Serrador, con un libreto bajo el brazo y una propuesta que le cambió la vida.

Al martes siguiente Silvia grabó La última hoja para el ciclo Obras maestras del terror, y desde entonces su nombre siempre estuvo en lo más alto de la marquesina, durante casi 60 años. Ibáñez Menta se convirtió en su padrino, y con apenas 18 años la llamó para protagonizar El abanico de Lady Windermere, en el Teatro Nacional. "Yo era una chica de barrio de Quilmes y tenía que andar con tacos altos, miriñaque y corset”, añoraba, con ternura. La gente no la reconocía a la salida del teatro, pero Montanari se agigantaba en escena y estaba cada vez más segura de la profesión que había elegido. “La suerte ayuda mucho, pero creo que el actor nace actor. Después tenés que desarrollar ese talento, y que la suerte te ayude un poco”.

Silvia Montanari, tapa de revista en el otoño de 1981
Silvia Montanari, tapa de revista en el otoño de 1981

La gente empezó a reconocerla en La Cruz de Marisa Cruces y alcanzó la popularidad definitiva con el programa que más disfrutó, Alta Comedia, el ciclo que participó entre 1971 y 1974, y que le permitió explotar al máximo su faceta de actriz. “Hice la mala, la buena, la borracha; hasta un hombre hice”, contaba.

Esa versatilidad la plasmó en la que fue su consagración en teatro: Panorama desde el puente, obra de Arthur Miller que protagonizó junto a Alfredo Alcón en el Astral. Fue tal el éxito que hicieron la temporada en Mar del Plata. Silvia siempre recordaba la emoción de su padre al ver el nombre de su hija en la marquesina al lado del gran actor argentino. Su carrera la repartió fundamentalmente entre el teatro y la televisión, con algunos pasos por el cine como El desquite o Todo o nada.

Entre finales de los 80 y durante todos los 90 Montanari cambió ese perfil de actriz seria y dramática para convertirse en protagonista de algunas de las tiras más populares de la época. Protagonizó Los otros y nosotros junto a Rodolfo Bebán, una comedia de familias ensambladas en la que interpretaba a una divorciada madre de tres hijos. Uno de ellos era un flaco chueco y pelilargo, con una sonrisa encantadora: un tal Diego Torres. La actriz lo recordaría como uno de sus grandes descubrimientos: “Yo ni sabía que era el hijo de Lolita (Torres). No hacía mucho caso al libreto pero tenía un talento y un encanto que lo adopté enseguida”.

Silvia Montanari, entrevistada por Nacha Guevara en 1993, pleno éxito de "Son de Diez". Habla de una gran pasión, ¿por Darío Grandinetti? (Video: Youtube)


Por el mismo tiempo, formó una productora con Rodolfo Ledo y dieron vida a una de las series más transgresoras de la época: Socorro 5° año. La idea fue de ella, y nació de su curiosidad innata, de escuchar detrás de las paredes las conversaciones de su hijo y sus amigos, las discusiones de época, la incertidumbre del fin del secundario y el temor por la vida adulta. La serie trataba temas tabú para la época como el aborto, y lanzó a la fama a jóvenes actores como Laura Novoa y Fabián Vena.

De su época de productora, Montanari se destacó por su ojo para cazar talentos y su olfato para percibir situaciones. Sin embargo, renegaba de su capacidad de negociación. “Fue un momento hermoso, aunque no gané plata porque mis compinches estaban del otro lado. Los agentes me decían que nunca los actores ganaban tanta plata como conmigo, y eso para mí era una satisfacción. Yo quería que se fueran felices”.

Silvia Montanari (en la foto, abrazada por Dady Brieva), con el elenco de
Silvia Montanari (en la foto, abrazada por Dady Brieva), con el elenco de "Gasoleros", encabezado por Mercedes Morán y Juan Leyrado, y con Nicolás Cabré, El Negro Rada, Cecilia Milone y Pablo Rago, entre otros

En ese momento consolidó un perfil de madre acorde a la época. Más canchera y menos solemne, amiga de sus hijos y marcando los límites solo cuando era muy necesario. Así fue su Silvina en Son de diez, pareja de Claudio García Satur y madre de Florencia Peña, Federico Olivera y Nicolás Cabré. O su Emilia de Gasoleros, más bohemia y laburante, dueña de un bar. Por la calle la reconocían, la felicitaban, y ella era feliz. Para cortar con tanta dulzura, llegó la Fanny malísima de Alén, luz de luna, uno de los personajes que más disfrutó hacer. “Te pasas la vida tratando de ser buena, y cuando un libro te da la posibilidad de hacer esa mala tan mala, se te hace agua la boca”.

Silvia Montanari en una escena de "Son de 10", con una adolescente Florencia Peña (Video: Volver)


Ajena a los escándalos, formada en otra época, celosa de su vida privada, Silvia Montanari siempre mantuvo a salvo su intimidad. Solo se le conocieron dos parejas. Una de perfil bajo con el padre de su único hijo, Rodrigo Aragón. La otra sí tuvo ribetes mediáticos y fue con un jovencito que se iba a convertir en uno de los actores más reconocidos del país.

Al padre de su hijo lo conoció a finales de los 60 en una de esas largas sobremesas de artistas que se armaban en El Tropezón. Un periodista incomodó a Silvia; cuando ensayaba su defensa, alguien la tomó sin preguntar. “Mientras esté yo acá, usted a la señorita va a respetar”, le dijo el desconocido. Silvia tomó nota, y así conoció a Francisco José Aragón. Se enamoraron y se fueron a vivir juntos. Seis años después nació Rodrigo, su único hijo. "Lo mejor que me pasó en la vida”.

 Silvia Montanari y su hijo (Foto: Verónica Guerman)
Silvia Montanari y su hijo (Foto: Verónica Guerman)

Rodrigo fue la decisión por la que jamás hizo televisión y teatro a la vez. Su hijo era muy chico, y un día, al volver de una gira, ella le extendió los brazos pero él se dio vuelta y se abrazó a su niñera. “No me reconoció. Me dio mucho miedo que él no me quisiera y por eso decidí hacer una sola cosa por vez”.

El amor con Aragón se terminó, y se divorciaron. En el verano de 1983 Silvia conoció a Darío Grandinetti, actor en ascenso. Ella tenía 40 y estaba espléndida. Él contaba 24, y era muy fachero. Se enamoraron casi a primera vista, y estuvieron juntos dos años. En el mismo tiempo Susana Giménez empezó a salir con Ricardo Darín. La situación era similar. Pero la prensa y el público juzgaron con distinta vara.

Tuvieron que pasar casi 30 años para que Silvia se refiriera al tema. “A Susana la aplaudían y a mí me criticaban. Era la misma época y casi la misma diferencia de edad. Pero ella venía de la comedia y yo del drama, y eso nunca me lo perdonaron”, analizó. Ese noviazgo tampoco estaba bien vista en su familia. “Mis padres también criticaron aquella relación. Por todo eso duró solamente dos años; creo que ahora duraría mucho más”, señaló con mirada retrospectiva. Con un perfil aún más bajo que ella, Grandinetti tampoco se refirió al tema. Pasaron 30 años. Una noche ella fue a verlo al teatro y se fundieron en un abrazo. “Lo vi, se me cayó la cartera, todo lo que tenía encima, y lo abracé. Darío fue el hombre que más me hizo reír”, destacó en una entrevista.

Silvia Montanari y Darío Grandinetti (Foto: ARCHIVO NA)
Silvia Montanari y Darío Grandinetti (Foto: ARCHIVO NA)

En los últimos años, salvo por su participación en la tira Ciega a Citas, se refugió en el teatro con dos obras que le dieron grandes satisfacciones. Una fue Mujeres de ceniza, con amigas de toda la vida como Zulma Faiad o Nora Cárpena, y otra fue Los Corruptelli, convocada por José María Muscari, que fue un éxito en Carlos Paz y tuvo un efecto sanador. Silvia estaba en Panamá acompañando a su hermana, quien se estaba muriendo. Alli recibió el llamado del productor. “El teatro es vida y Muscari me volvió a poner en el camino. Era un momento muy difícil para mí, volví a caminar y a vivir”, señalaba con gratitud.

Frontal y segura de quién era, jamás ocultaba su edad ni sus cirugías. A los 39 años admitió que se hizo un lifting muy exagerado. “No lo necesitaba. Lo hice porque me dio el viejazo”. Vivió hasta el final de sus días en plenitud. Se instaló en la casa que siempre había soñado: amplia y con un hermoso jardín, frente al Parque Saavedra. Y por primera vez dio clases de teatro. Se mostraba orgullosa de su carrera y de la edad que tenía. Seguía atentamente la carrera de su hijo, cantante y actor radicado en Miami, a quien visitaba cuando podía. Disfrutaba de salir a caminar, para mantenerse en forma y para recibir el cariño de quienes la reconocían, que no eran pocos. Su rostro inconfundible a pesar del tiempo y algunas cirugías, su mirada seductora y pícara, su pasión por la actuación acompañaron varias generaciones.

Silvia Montanari
Silvia Montanari

Silvia Montanari amaba los poemas de Alfonsina Storni. Uno de sus favoritos era Partida, que en sus versos dice: "Mis hombros se abren en alas. Toco con sus extremos los extremos del cielo”. Y allá partió ella este sábado, también a disfrutar los extremos del cielo.

SEGUÍ LEYENDO