Hay obras que sobreviven al paso del tiempo y hay otras que consiguen algo todavía más difícil: convertirse en parte de la memoria emocional de varias generaciones. Vivitos y Coleando pertenece a esa categoría. Y para Osqui Guzmán, uno de los actores más queridos y respetados del teatro argentino, formar parte de este regreso significa mucho más que integrar un elenco del que es parte junto con Flavia Pereda, Julián Pucheta, Federico Dryzun, Lucia Lopez Curcio, Irupe Cruz y Hernan Cáceres. Es ingresar a una historia que lleva décadas acompañando a familias enteras, una creación de Hugo Midón y Carlos Gianni que, según él mismo define, forma parte del ADN cultural del país.
Sentado, tras un alto en los ensayos en el Auditorio Belgrano donde el 20 de junio subirá a ls tablas con Vivitos y colenado 2, disruta de un café con leche mientras habla de la obra con la misma pasión que un chico contando su juguete favorito,
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Guzmán encuentra las palabras justas para explicar por qué este material sigue emocionando. “La obra de Carlos Gianni y Hugo Midón ha atravesado las infancias de cuatro generaciones. Mi hija de siete años, cuando entró al jardín, le dieron uno de los temas que hago acá en la obra. Es interminable la cadena de ADN cultural que creó el material de Midón y Gianni”, cuenta. Y no habla solamente desde la admiración profesional. Habla desde la emoción de quien sabe que está parado sobre un legado artístico irrepetible.
Para él, el gran desafío de actuar frente a chicos sigue siendo el mismo de siempre: mantenerse vivo. “Los niños no están enfermos de sociabilidad ni de protocolos como los adultos. Van al teatro y toman lo que les das de una manera que estalla en su imaginación. Son muy expresivos. El mayor desafío es mantenerse vivo, despierto, presente”. En esa definición aparece condensada buena parte de su filosofía artística. Porque Guzmán nunca entendió la actuación como una técnica vacía sino como una forma de presencia absoluta.
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La fascinación que siente por el universo creado por Midón y Gianni atraviesa toda la conversación. “Carlos Gianni es un genio. Es un genio a la altura de Charly García, es un genio a la altura del Indio Solari. Te digo por qué: porque sus canciones son todas hits”. Y cuando habla de Hugo Midón, su voz adquiere un tono casi reverencial. “No subestimó a las infancias haciendo del teatro un entretenimiento para chicos. Le dio calidad. Vestuario, actuación, música, dramaturgia. Siempre hizo teatro para la familia”.
Quizás por eso este presente lo encuentra especialmente feliz. “Más allá del cansancio y de todo lo que cuesta, estoy dentro de una alfombra mágica”, resume.
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La frase parece sencilla, pero detrás de ella hay más de cincuenta años de vida y décadas de trabajo. Porque antes de convertirse en Osqui, el actor reconocido por el público y respetado por sus colegas, existió un chico, Oscar Germán Walter Guzmán, nacido en Buenos Aires en 1971, hijo de inmigrantes bolivianos llegados desde Potosí y Oruro, que creció en una casa donde el trabajo era una forma de supervivencia.
La Boca de aquellos años no tenía nada que ver con las marquesinas teatrales. En una vivienda humilde de clase media baja funcionaba el taller de costura familiar. Allí pasó buena parte de su infancia acompañando a su madre mientras cosía durante jornadas interminables para sostener la economía de la casa. El ruido constante de las máquinas de coser forma parte de los primeros recuerdos que conserva.
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La situación económica era compleja. Hubo privaciones, deudas de alquiler y momentos difíciles. Durante la adolescencia llegó a coser para ayudar en el emprendimiento familiar. Sin embargo, cuando recuerda aquellos años, no habla desde el resentimiento sino desde la gratitud.
“Mi mamá se encargaba de que yo no sufriera las necesidades. Vivíamos en un cuartito de cuatro por cuatro, pero ella siempre encontraba la manera. Nos hacía un puchero y decía: ‘Mirá que no todo el mundo come puchero’”, detalló, a la vez que recordó: “Hubo cumpleaños donde el regalo era salir a tomar un café con leche... cuando había regalo”.
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La figura materna atraviesa toda su historia. Mientras ella cosía, él se sentaba a su lado y escuchaba historias sobre Bolivia. Aquellas conversaciones se transformaron en una escuela de vida. “Mi mamá me decía: ‘Agachá el lomo y trabajá’. Entonces yo aprendí eso. Cierro la boca y trabajo”.
“No invitaba amiguitos a mi casa, porque en mi casa no se podía invitar. Mi mampa no podía ponerse a limpiar. Se levantaba para cocinar y hacer la comida solamente. Y a veces la hacía mi papá también. Después deudas de alquiler y esas cosas y dolores al respecto de mis viejos de no poder darnos algo más, ¿viste? Y tratar de entender eso, que era doloroso, pero mi mamá siempre se encargaba de decirme: ”Todo bien, pero esto que hago no lo tiene cualquiera".
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Durante años creyó que su destino estaba lejos de los escenarios. Era fanático de las artes marciales y soñaba con convertirse en profesor de kung-fu. Más tarde estuvo a punto de estudiar traumatología. La medicina aparecía como una salida concreta y respetada. De hecho, su padre esperaba verlo convertido en médico.
La actuación llegó casi por accidente. Y cuando decidió abrazarla definitivamente, el conflicto familiar fue inevitable. Su padre no aceptó aquella elección. La decepción fue tan profunda que dejaron de hablarse durante tres años.
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Tres años de silencio entre un hombre que soñaba con un hijo médico y otro que acababa de descubrir que su verdadera vocación estaba arriba de un escenario.
Lejos de abandonar, Guzmán siguió adelante. Debutó en el Teatro Callejero de la Ribera, en La Boca, haciendo sainetes. Después llegaron las experiencias en el circuito independiente, los años de búsqueda, las funciones para veinte espectadores y la construcción lenta de una carrera que jamás se apoyó en la popularidad televisiva. “Mi vida fue preguntarme cosas”, resume. Esa búsqueda encontró uno de sus momentos más conmovedores en 1999.
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Aquel año recibió el Premio ACE Revelación por Los indios estaban cabreros, obra que protagonizaba en el Teatro Cervantes. Sus padres estaban sentados en la sala.
Lo que ocurrió esa noche permanece intacto en su memoria: “Antes de entrar me fui a Las Cuartetas y escribí un poema en un cuaderno”, recuerda.
Cuando anunciaron su nombre, algo inesperado sucedió: “Todos empezaron a cantar ‘¡Ole, ole, ole, Osqui!’ y yo pensaba: ‘¿Por qué pasa esto?’”.
Subió al escenario conmovido. Entonces abrió el cuaderno y leyó aquellas líneas escritas minutos antes: “Lo único que recuerdo del poema era un verso para mi mamá. Decía: ‘Esto es para mi mamá, que levantó la casa hasta el alba solo para que yo estudie teatro’”.
La sala entera quedó atravesada por la emoción. También sus padres. Aquella costurera que trabajaba hasta la madrugada y aquel hombre que alguna vez dejó de hablarle por abandonar la medicina estaban allí viendo cómo el hijo por el que habían sacrificado tanto recibía uno de los reconocimientos más importantes de su carrera.

Todavía hoy, cuando recuerda aquella escena, la emoción sigue intacta: “A mi papá lo veo sonriendo muchas veces desde la platea. Siento su sonrisa. Y a mi mamá siempre le digo que todo lo que hago es su trabajo”.
Con los años llegaron el reconocimiento, las giras internacionales, espectáculos emblemáticos como El Bululú, que continúa girando por el país y el exterior, además de El centésimo mono, de que es parte en Timbre 4, además de Waminix, en la misma sala, del que es director, todo actualmente en cartel.
Todo eso sumado a una larga lista de trabajos que lo transformaron en referencia indiscutida del teatro argentino. Sin embargo, su mirada sigue puesta en el mismo lugar: el trabajo cotidiano.
Por eso observa con preocupación el presente cultural del país: “En un momento tuvimos una mirada más clara hacia las infancias. Surgió Paka Paka, surgieron contenidos que no subestimaban a los chicos y tenían calidad. Hoy por hoy estamos retrocediendo”.

Sus críticas no apuntan únicamente a la producción de contenidos. También se detiene en el debilitamiento de organismos históricos vinculados a la actividad teatral: “Lo del Instituto Nacional del Teatro nos duele mucho. Para los artistas independientes esos lugares son vitales. No es la plata. Es todo lo que cuesta construir esos espacios de organización”.
Sin embargo, lejos de instalarse en la queja, reivindica el papel del teatro como refugio y resistencia: “La lucha está en el cuerpo de los artistas. Resistimos con nuestra respiración, con nuestro cansancio, con nuestra danza, con nuestro canto”.
Para Guzmán, el teatro argentino sigue siendo uno de los más potentes del mundo gracias al movimiento independiente: “En Argentina el teatro es importantísimo gracias al teatro independiente. El que viaja por el mundo es el teatro independiente. Los maestros que enseñan afuera vienen de ahí”.
“Esto que llaman batalla cultural es una ridiculez. La cultura se devora cualquier cosa. No podés batallar contra la cultura. No te pertenece la cultura. Es como si dijéramos que los actores somos la cultura. No la somos, somos trabajadores de la cultura, en todo caso, pero siempre la cultura es lo que sucede y lo que pasa, lo que pasa entre los que estamos en el escenario y los que estaban en el público. Algo ahí en el medio que nos pertenece a todos”.

Esa convicción aparece una y otra vez durante la charla. Lo mismo ocurre con la idea del trabajo como motor de toda existencia. Una enseñanza heredada directamente de aquella costurera boliviana que marcó su vida. “Mi mamá decía: ‘Todo es el trabajo, hijo. Todo es el trabajo’. Y tenía razón”.
Tal vez por eso, a pesar de los premios, las giras internacionales, el reconocimiento del público y el cariño que recibe cada noche al bajar del escenario, Osqui Guzmán sigue pareciéndose mucho a aquel chico que observaba coser a su madre en una casa humilde de La Boca. Sigue creyendo que el arte nace de las preguntas, que el teatro es un acto de fe y que el trabajo es la única herramienta capaz de sostener los sueños.
Y cada vez que se apagan las luces de la sala y escucha los aplausos, vuelve a sentir que detrás de cada función, de cada personaje y de cada emoción compartida con el público, siguen estando ellos: su padre sonriendo desde alguna platea invisible y su madre levantando la casa hasta el alba para que él pudiera estudiar teatro.
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