
El mundo del espectáculo argentino quedó atravesado por una emoción difícil de poner en palabras, al conocerse la muerte de Rómulo Berruti, una figura que durante décadas supo tender puentes entre el arte y el público, entre los creadores y las audiencias, entre la pasión y el conocimiento. Su fallecimiento, ocurrido el domingo 22 de marzo en la Ciudad de Buenos Aires, no solo generó un profundo pesar, sino también una inmediata necesidad de recordar, de reconstruir su legado y de agradecer una vida dedicada a la cultura.
Con su partida, no se va únicamente un periodista: se cierra una etapa dorada del periodismo cultural argentino. Fue crítico, editor, conductor y, sobre todo, un divulgador incansable que entendió como pocos el valor de acercar el arte a la gente. Su mirada, siempre informada pero también profundamente sensible, atravesó el periodismo gráfico, la radio y la televisión, dejando una huella indeleble en cada uno de esos territorios.
La televisión fue, quizás, el espacio donde su figura alcanzó una dimensión popular sin resignar profundidad. Allí, su nombre quedó unido para siempre a Función Privada, el emblemático ciclo que condujo junto a Carlos Morelli. Desde esa pantalla, ambos lograron lo que parecía imposible: llevar al gran público películas de autor, cine nacional y propuestas que, en muchos casos, quedaban relegadas de los circuitos comerciales. Pero no se trataba solo de exhibir películas: era una invitación a mirar, a pensar, a descubrir. Era, en definitiva, una declaración de amor al cine.
La dupla construyó algo más que un programa: creó un espacio de encuentro, de complicidad con el espectador, donde la información convivía con la emoción, y la erudición con una calidez poco frecuente. Había respeto por cada obra, por cada director, por cada historia. Y había, sobre todo, una pasión contagiosa que convirtió a Función Privada en un clásico que atravesó generaciones.

Tras conocerse la noticia, el propio Morelli compartió un testimonio que, por su carga afectiva, permite dimensionar no solo la magnitud profesional de Berruti, sino también la profundidad de su vínculo personal. “Adiós al amigo y compañero de ‘Función Privada’. ¡Hasta el sábado, Rómulo!”, escribió, en una despedida que remite a ese ritual televisivo que ambos construyeron durante años. Para luego comenzar a desentrañar el paso a paso de su historia juntos
El recuerdo de Morelli se remonta a 1965, en Mar del Plata, cuando el destino los cruzó por primera vez. Por entonces, Berruti era crítico teatral de Clarín y él colaboraba en La Nación, escribiendo sobre cine. Aquella coincidencia, en el marco de una presentación del Teatro Maipo, entre plumas, monólogos políticos y el bullicio propio de la revista porteña, marcaría el inicio de una amistad entrañable y de una sociedad profesional que se extendería por décadas.
“Dos años después, Rómulo me llevó a su diario”, evocó Morelli, al recordar cómo ingresó como aspirante hasta convertirse en Prosecretario de Redacción del Suplemento de Espectáculos, siempre con Berruti como guía y jefe de sección. En esas páginas, ambos consolidaron sus voces como críticos, cada uno en su especialidad, en un ejercicio constante de análisis, compromiso y amor por el arte.

La radio llegaría poco después, con su participación en el exitoso ciclo El Clan del Aire en Radio Mitre. Y más tarde, la televisión: primero en Buenas Tardes, Mucho Gusto, luego en el noticiero Actualidad en 24 Horas, en el histórico Canal 13 de Goar Mestre. Pero ese camino, lleno de experiencias y aprendizajes, todavía guardaba su capítulo más trascendente.
En 1977, ambos desembarcaron en el viejo Canal 7 con Microcine 7, un modesto ciclo de trasnoche que, sin saberlo, se convertiría en el embrión de lo que vendría después. Hubo ensayos, pruebas, otros programas, colaboraciones y especiales. Hasta que, en 1983, en plena recuperación democrática, llegó la propuesta que cambiaría todo.
Fue Miguel Ángel Merellano quien los convocó con una consigna clara y desafiante: apostar al cine argentino en horario central, sin prejuicios, sin temor al paso del tiempo ni al blanco y negro. “Muchachos: de ahora en más, cine argentino. Con lo mejor de lo mejor… ¡y el título lo ponen ustedes!”, les dijo, en una escena que quedaría grabada para siempre.
La decisión final se tomó en el mítico Rond Point, entre cafés, dudas y entusiasmo. Allí, entre ideas y ocurrencias, definieron no solo el nombre —Función Privada—, sino también el espíritu del ciclo: un espacio que combinaría cine, archivo, humor y una identidad única.
Lo que siguió fue historia. Doce años en Canal 7 y cinco más en la señal de cable Space consolidaron un programa que dejó una marca imborrable. Con la imagen de Marilyn, la música de “Amarcord”, la complicidad en cámara y un equipo entrañable —con Susana Tenreiro, Ignacio y Gabriela Morelli—, el ciclo se transformó en un verdadero ritual para miles de espectadores.
Hoy, la partida de Berruti deja un vacío inmenso, difícil de llenar. Pero también deja algo más poderoso: una memoria viva, luminosa, que sigue respirando en cada película compartida, en cada análisis, en cada espectador que aprendió a mirar el cine de otra manera.
“Ahora, Rómulo nos dejó. Y el vacío es tan abismal como doloroso. Pero también la memoria es tan indeleble como estimulante”, escribió Morelli. Y en esa mezcla de tristeza y gratitud, eligió despedirlo como lo hicieron tantas veces al aire: levantando una copa en ese cierre que ya es parte de la historia. Porque para quienes lo conocieron —y también para quienes lo descubrieron desde la pantalla—, no es un adiós definitivo. Es, apenas, una pausa: “Hasta el sábado, Rómulo”.
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