Entre los nuevos desafíos de la ficción argentina, Mónica Villa atraviesa uno de los capítulos más singulares de su carrera. La reconocida actriz ha interpretado el papel de monja en dos producciones consecutivas: primero en la comedia teatral “Coqueluche”, reeditando un duo actoral emblemático de “Esperando la carroza” junto a Betiana Blum en 2023, y después en 2024 grabó el drama policial “La hija del fuego”, una producción vista en Netflix el año pasado y ahora en El Trece.
En la serie producida por Disney compartió elenco con figuras como Eugenia “La China” Suárez, y más tarde volvió al teatro independiente con “La tentación de vivir”, obra que bajó de cartel recientemente. En una entrevista exclusiva con Teleshow, ofrece su mirada sobre el presente de la ficción nacional y los matices de encarnar el mismo arquetipo en universos tan diferentes.

—¿Cómo observa la situación actual de la ficción audiovisual en Argentina y su espacio en televisión?
—Lo que noto es que ahora, primero, no hay ficción. Y cuando surge alguna producción, suele representar solo a una parte, generalmente a una minoría. Aunque el público sea numeroso, eso sucede solo con actores como Francella o Darín, que son muy populares. Me gustaría que regresara algo más de ficción, no con la cantidad de los sesenta o setenta, pero sí que haya más oportunidades. No lo digo solo por los actores y técnicos, sino para que el público se identifique.
—¿Cómo se combinaban los géneros y los formatos en la televisión de otras épocas?
—La ficción en televisión representaba a todos los sectores de la sociedad, ese era el encanto. Había programas de prestigio intelectual, unitarios, cómicos de todos los estilos y humores. Se podía encontrar desde obras artísticas hasta culebrones, y eso generaba un necesario equilibrio. Yo, como espectadora, a veces busco una obra profunda, y otras veces solo una comedia ligera para reírme y olvidar un poco, sin grandes reflexiones.
—¿Cuáles cree que son los motivos del cambio en la ficción nacional?
—Fueron épocas hermosas las de Telefe o Polka, donde abundaba la ficción, cada una con su propio perfil. El cambio llegó por varios motivos: la aparición de plataformas y la reducción de presupuestos, entre otros. Extraño cuando la televisión ofrecía propuestas para todos y la gente se sentía representada.
—¿Qué destaca de “La hija del fuego” y cómo fue regresar a trabajar con directores conocidos?
—El guion está muy bien escrito, es excelente. La dirección también fue excelente, trabajé con varios directores. Volver a encontrarme con Nisco (Jorge, director de La hija del fuego) después de “Malparida” fue un placer.
—¿Qué innovaciones técnicas o desafíos enfrentaron durante el rodaje en la Patagonia?
—Se sumaron tecnologías nuevas, como los drones, que permitieron mostrar los hermosos paisajes de la Patagonia. Hubo escenas en la montaña, con muchos días de frío. Ya no tenía espacio para más camisetas térmicas; parecía Pepín Cascarón. Quitaban la nieve para que pudiera sentarme, y cuando filmamos la escena de muerte al pie de un árbol, casi nos congelamos.
—¿Cómo fue la convivencia con el elenco y el equipo técnico durante el rodaje?
—La convivencia entre actores y técnicos fue fantástica. Cuando no tenía que filmar, igual me acercaba porque extrañaba al equipo. Los técnicos hacen un trabajo enorme manteniendo todo en condiciones difíciles: lidiar con el viento, sostener las luces y las pantallas, siempre al pie del cañón, mientras que a los actores nos ayudan con bolsas de agua caliente.
—¿Qué significa una actriz de tu trayectoria trabajar en una nueva producción de ficción nacional?
—Ser parte de una nueva producción siempre es una bendición. Tener trabajo es una bendición, sin importar el formato en que se difunda. El melodrama llega al corazón como la música, conmueve sin pedir permiso. Lograr ese efecto en el público es maravilloso.
—¿Cómo fue volver a participar en un melodrama?
—Una historia de venganza es un culebrón y tiene su atractivo. Creo en ese equilibrio, como un equilibrio ecológico. Uno necesita en la vida tanto un Bergman, un Fellini, como un buen culebrón. Todo puede convivir y es agradable volver a ver ficciones que conmueven.
—¿Cómo experimenta el intercambio con colegas de distintas generaciones en los proyectos recientes?
—Hubo un intercambio generacional hermoso, con actores jóvenes que traen otra energía desde el teatro. En el elenco y el equipo todos se llevaban bien; eso es fundamental para el clima de trabajo.
—¿Considera que la interacción entre generaciones influye en el resultado artístico?
—Totalmente. Cuando el grupo llega con buena disposición y alegría, eso se nota. En el teatro tuve la fortuna de dirigir una obra con diez actores, donde todos llegaban sonriendo. Nadie quería que terminara. Cuando nos fue bien, tanto en lo artístico como en lo económico, pude decir: “Brindemos por esto, la vida nos volverá a reunir”.
—¿Qué proyectos tiene para este año y cómo encara la búsqueda de nuevos desafíos profesionales?
—Por ahora prefiero no anticipar nada, hay algo que quizá se concrete. Siempre busco proyectos en teatro, tanto en el circuito comercial como en el independiente. A veces no se da porque el cachet no es bueno, el personaje no resulta adecuado, o el elenco no convence. No es fácil encontrar lo ideal, pero sigo buscando posibilidades.
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