“Buenas noches, damas y caballeros. Es un placer estar de vuelta en esta magnífica ciudad de Buenos Aires y actuar para ustedes una vez más. La banda y yo estamos realmente emocionados. Que comiencen los buenos momentos y disfruten de la velada. Con cariño, Rod y la banda”.
La leyenda que proyecta la inmensa pantalla del Movistar Arena anticipa lo que está por suceder. Con extrema formalidad, parte de la calidez con la que construyó esta etapa definitiva de su carrera, Rod Stewart muestra las cartas de antemano. Lo hace con la seguridad de quien tiene años de escenarios recorridos, con ese oficio adquirido en tantas noches de carretera. Pero también, consciente de su traje de entretenedor, se guarda algunos ases bajo la manga con los que va a sorprender a un público que lo ama.
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Es que de antemano el escenario presenta una puesta solemne, diseñado en torno a unas escalinatas blancas que resaltan los instrumentos en dorado sobre un fondo de un tono negro azulado. Una hora y 45 minutos después, todo será un carnaval carioca con globos cayendo del techo, rebotando por los aires o explotados en una improvisada pirotecnia que acompaña los compases de “Love train”. En el medio, veintidós canciones que pasearon entre lo más clásico de su recorrido, el homenaje a algunas amigas que ya no están y un guiño directo al corazón de la Argentina.
El show comienza con “Infatuation” y las pantallas que reflejan un collage de imágenes entre tapas de discos, posters y recortes que devuelven a un Rod ochentoso. El viaje en el tiempo y por las emociones va a ser una constante del show. Le sigue “Tonight I’m yours” antes del recuerdo para Tina Turner con la versión de “It takes two”.
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A pesar de los años, o quizás gracias a ellos, sir Stewart sigue siendo un frontman de los mejores. Domina el escenario y sabe manejar a su audiencia desde las arengas multitudinarias a los pequeños gestos. Así reparte besos y guiños, se hace la imaginaria franja verdiblanca cuando divisa la primera de tantas camisetas de su amado Celtic o parece sorprenderse con las atinadas palmas al compás de “Maggie Mae”. Del resto se encargan sus canciones, como la popera “This old heart of mine”, la contundente “The first cut is the deepest”, con los músicos sentados en plan banda callejera y el primer gran coro de la noche, o la festiva “Young Turks”, a puro baile arriba y abajo del escenario. Recién aquí, Rod le pidió al público que tomara asiento, humor escocés mediante, para disfrutar la siguiente parte del concierto.
La banda, virtuosa y elástica, es clave para entender cómo Rod Stewart organiza su espectáculo. Es claramente un grupo de acompañamiento a una auténtica leyenda del rock and roll, pero al mismo tiempo es mucho más que ello. A la instrumentación clásica de guitarras, bajo, batería, teclados y saxofón, le suma arpa, percusiones, violines y coros, que por momentos llegan a reunir a trece músicos en escena. También, como había ocurrido en su última visita en GEBA, se apropian del escenario y sirven de puente para que el caballero escocés pueda descansar y aplicar sus clásicos cambios de look.
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Tomando como referencia aquella cita a orillas del Ferrocarril Mitre, esta del Movistar Arena -la primera de tres noches sucesivas y sold out- permite otro tipo de conexión. El ambiente cerrado y más reducido, la amplitud de las pantallas y un sonido potenciado por la acústica generan una atmósfera más de intimidad de club que de épica de estadios. Rod parece tomar nota de esto y regala un bluesazo, “I’d rather go blind”, de Etta James, dedicado a Christine McVie de Fleetwood Mac, atinadamente seguido por “Downtown train”.
La hoja de ruta sigue a pulso de baladas. “I Don’t Want toTalk About It” -“ustedes se la saben”, arriesga, y tiene razón-, la conmovedora “Youre in my heart”, dedicada al Celtic con fotos del álbum familiar en tono verdiblanco y “Have I Told Yo Lately”, para desembocar en una versión en modo girl band de “Proud Mary” que levanta la temperatura mientras el cantante se cambia para su última función.
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De chaqueta y pantalones blancos, y mientras vuelan pelotas desde el escenario, la inconfundible melodía de “Da ya think I’m sexy” anticipa la última parte del concierto que tendrá un poco de todo. Elegancia R&B con “Some guys have all the luck”, rock and roll de pura cepa con “Hot legs” y la épica de altamar de “Sailing”, con Rod y sus chicas con gorras de marineros cantando con el aplomo y la satisfacción del deber cumplido.
Las pantallas, hasta entonces teñidas de un gris tormentoso, se pueblan con la bandera celeste y blanca como antesala a un guiño al público local. Entonces llega la versión de “Don’t cry for me, Argentina” y una de las imágenes más icónicas de Evita de pelo suelto en su juventud en lo más alto de la pantalla. Quedaba una más, a pedido de Rod esta vez y con la venia del público, y fue la citada “Love train”, aquella de los globos, el final carnavalero y el público de pie entregado una vez más a su leyenda.
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Rod Stewart tituló esta gira como One last time -una última vez-, y parece ser uno más de los trucos de uno de los más grandes cantantes de rock and roll. A los 80 años, Sir Roderick David Stewart no tiene ganas de dejar este barco. Cuenta con un repertorio imbatible, una banda de lujo y un carisma a prueba de cualquier cosa, incluido el paso del tiempo. Y esa voz como ninguna otra, que envejece como los buenos whiskies y que cada día canta mejor.
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