Ya van casi dos horas de show y está terminando la canción número 23 del repertorio. Así lo había anunciado Rod Stewart un rato antes, traductora mediante, ante el público que colmó GEBA y que lo esperaba hacía cinco años. Los acordes y los quebrantos de “Sailing” se pierden como olas en el mar y los aplausos resuenan eternos. A modo de bis improvisado, sus tres coristas, figuras estelares durante todo el concierto, entonan un fragmento a capella de “Don’t cry for me, Argentina”. Rod está de espaldas, y cuando se da vuelta, los ojos llenos de lágrimas anticipan un adiós con olor a despedida, después de haber recorrido más de medio siglo de carrera y pasado por todos los estados de ánimo.
En la tercera parada sudamericana de su tour mundial, el escocés ofreció un espectáculo integral, desde lo musical, lo visual y lo emotivo. Con un escenario lo suficientemente amplio para albergar a 14 músicos, la inmensa pantalla de fondo dialogó permanentemente con las canciones y desde el comienzo teatralizado de “Addicted to love”, al recuerdo a los Faces con “Ooh la la” o la discoteca improvisada de “Having a party”, cada imagen tuvo un sentido para intercalarse con lo que sucedía en la noche apenas fresca de Buenos Aires.
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Entretenedor como pocos, seductor como casi nadie, Rod desplegó todos sus recursos, acordes a los tiempos que corren y a sus 78 años demasiado bien vividos. Cantante por momentos, decidor por otros, se amparó en la experiencia y el oficio de escenario para contentar a una audiencia que le celebra todo. No faltaron sus habituales mohines, como las manos en los bolsillos, los quiebres de cintura, el repiqueteo cortito. Y cuando creyó necesario, puso a cantar a la gente en los estribillos más tribuneros, como “Have you ever seen the rain”, la primera gran explosión.
Como parte del juego dinámico de un repertorio plagado de clásicos, Rod apeló al recurso de matizar cada una de las versiones. Así, “It’s a heartache” sonó más fogonera y acústica, “Forever Young” acentuando el midtempo y matizado con una zapada, “Downtown train” aún más subterránea con el protagonismo del saxo y “The first cut is the deepest” ganó en solemnidad desde la introducción en el arpa.
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Que Rod Stewart es futbolero no es ninguna novedad. Lo reflejaban las camisetas y bufandas verdiblancas del Celtic, el club de sus amores, la habitual suelta de pelotas desde el escenario rumbo a manos afortunadas y, sobre todo, la emotiva interpretación de “You’re in my heart”. Aquí el cantante nos felicitó por el campeonato del mundo y elogió a Lionel Messi, “mi amigo”. Durante la canción, las pantallas intercambiaron imágenes del Celtic con el penal decisivo de Montiel y los festejos alocados en Doha y en Buenos Aires. Para rematar, mostró un banderín de la AFA y se llevó otra vez los merecidos aplausos.
En un show sin intervalos, Rod dejó tres veces el escenario para cambiar su vestuario, mientras la banda daba muestras de su versatilidad. Las tres coristas se lucieron como frontwomen en “Lady Marmalade” y “I’m so excited” y las multiinstrumentistas pasaban naturalmente del violín a la percusión o a los teclados. El resto de la banda –dos guitarras, bajo, batería, percusión, piano y saxo- mantuvieron un perfil más bajo desde la segunda línea, sin embargo, cada músico tuvo su momento y Stewart se encargó que tuvieran el reconocimiento correspondiente.
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Durante el concierto, el escocés recordó a dos grandes intérpretes y compañeras de ruta que nos dejaron en el último tiempo. El bluesazo “I’d rather go blind, de Etta James, fue en memoria de Christine McVie en un oportuno despliegue blanco y negro. Naturalmente más festiva sonó “It takes two”, que grabara con la inolvidable Tina Turner allá por 1990.
Para el final quedaron dos de sus grandes clásicos, que resumieron los climas por los que transcurrió el show. Primero, “Da ya think i’m ́sexy”, más funkeada que disco, y luego “Sailing”, que encarnó como el veterano capitán de altamar que amarra en cada puerto llevando sus canciones, sus amores y su carisma. Después llegaron las lágrimas, la ovación y los deseos para que haya una vuelta más.
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