A los 19 años, Jerónimo, el hijo de Julián Weich, tomó una decisión que cambiaría su vida. Dejó atrás todo lo que lo ataba a su vida cotidiana: su trabajo, sus estudios de cine, el gimnasio, el rugby y hasta a su propia familia. Su mente buscaba algo más que las rutinas a las que se había acostumbrado. Así que, sin pensarlo mucho, emprendió un viaje mochilero sin un destino claro.
Partió hacia Bolivia, el primer punto en su mapa improvisado, y desde allí continuó la travesía por otros destinos que aún no había imaginado. Al principio, llevaba consigo algo de dinero propio, pero pronto acordó con su padre que era hora de cortar con cualquier vínculo financiero. Dejó de usar su tarjeta bancaria, decidido a vivir solo de lo que el camino le ofreciera. Y así llegaría el tiempo del arte callejero: malabares, trucos y destrezas que aprendió sobre la marcha, le permitieron subsistir. Jerónimo vivía libre, lejos de las comodidades a las que estaba acostumbrado, ganándose la vida en cada semáforo, plaza o rincón que encontraba.

Mientras tanto, la vida de su padre seguía a su ritmo habitual en Buenos Aires, hasta que llegó su 50 cumpleaños. Esa vez Julián decidió que no sería una celebración común, no habría fiestas ni grandes agasajos. Quería algo diferente, algo que resonara en lo más profundo de su ser. ¿Y qué mejor que ir a buscar a su hijo? Jerónimo, en ese entonces, se encontraba en Panamá, y sin pensarlo mucho, tomó un avión para reunirse con él. Pero no sería un simple viaje de reencuentro.
Padre e hijo se encontraron y decidieron compartir la vida que el joven había elegido, aunque fuera solo por poco más de una semana. Durmieron en la calle y en la playa, bajo las estrellas de Panamá, viviendo con lo poco que Jerónimo lograba ganar con sus malabares. La experiencia fue cruda, sin lujos, pero auténtica. Fueron días en los que Julián pudo ver el mundo a través de los ojos de su hijo, una ventana hacia una realidad que desconocía, pero que ahora se le antojaba fascinante.
Los últimos días, como un guiño del destino, decidieron terminar en un hostel. A simple vista, una noche bajo techo no parecía ser la gran cosa, pero allí ocurrió algo que ambos recordarían por siempre. Allí vivieron un episodio que hoy, visto a la distancia, es motivo de risas.

En charla con Sebastián Wainraich en La noche perfecta (El Trece), recordó esos momentos y el presente del joven, quien en estos momentos se encuentra viviendo en Córdoba. “Vive en Córdoba, terminó de yirar y ahora está ahí hace un par de años y se dedica a la bioconstrucción, hace casas de barro”, para de inmediato comenzar a recordar esos momentos vividos juntos.
“Fueron diez días viviendo en la calle, él haciendo malabares y yo pasando la gorra y me divertí, juntamos unos mangos, eran dólares”, expresó en tono risueño, aunque aclaró que “igual allá se gastaba en dólares”, dando a entender que la diferencia con el peso argentino no tenía importancia en ese instante. Respecto de los últimos días de convivencia detalló: “Recuerdo que habíamos parado en un hostel y una rata nos comió la mochila. Y eso no me gustó, me fui a quejar como si nos hubieran robado un reloj de oro. porque cuando vos vivís en la calle y pedís plata, cada dólar vale mucho, entonces le dije que no me cobre la noche, y lo logré. El hostel creo que salía 5 dólares, pero para mí era un tema moral, no eran los 5 dólares. Después entendí que la rata la comió porque había quedado comida adentro”.
Sobre ese momento con su hijo recuerda que el joven “hace malabares con fuego, con machetes, con todo lo que pueda lastimarlo, lo agarra y lo tira. Él no sabía hacerlo, empezó a hacerlo por necesidad cuando entendió que era una manera fácil de ganar plata, aunque es un laburo, porque te agota, porque no te dan un mango, porque te pueden bardear, te puede pasar cualquier cosa”.
El calor de Panamá hizo que esos primeros días juntos duerman en la calle, “en una carpa minúscula y dormimos una vez en una playa desierta porque lo veíamos como un lugar divino, pero al final era como estar en invierno en Punta Mogotes, no había nada, ni para comer. Juro por mi vida que en un momento llegaron flotando un coco y una cerveza. La cerveza se la tomó él, porque yo no tomo alcohol, y nos fuimos a dormir felices”.
Sobre las enseñanzas de ese momento, detalló que “te das cuenta que la pasás bien y sos feliz y no necesitás tanta parafernalia, pero esto es solo cuando uno lo elige, no hablo de la gente que no tiene otra opción”, dejó en claro sobre su visión de esa vida. “Te das cuenta que la pasás bien con mucho menos. La pasábamos bárbaro, lo mío fue diez días, pero él vivió años y los malabares eran su cajero”.
El momento de volver a Buenos Aires significó una distancia con su hijo que llevó a la preocupación sobre cómo estaría transitando cada jornada, y sobre ello expresó: “En un momento me dejé de preocupar, porque era mucha preocupación. Él tenía celular, pero en esos lugares no había antenas. Él, por ejemplo, me decía ‘estoy entrando en la selva, salgo en 20 días’ y yo te juro que el día 20 estaba pegado para saber aunque sea si estaba en línea”.
A veces, los grandes regalos de la vida no vienen en forma de objetos ni de festejos grandiosos. Para Julián, su cumpleaños número 50 fueron días de aprendizaje, una ventana hacia la vida bohemia y despreocupada que su hijo había elegido. Para Jerónimo, fue una confirmación de que, aunque había dejado todo, nunca había dejado de tener a su padre cerca, apoyándolo en cada paso.
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