
La vegetación es alta, supera los tres metros, y le sirve de perímetro al descampado en el que aparecieron los cuerpos de Josué Salvatierra (14) y de Paloma Gallardo (16). Son los adolescentes que fueron asesinados en Bosques, Florencio Varela, en un doble homicidio que se investiga como criminis causae, es decir, cometido para ocultar el robo del que también fueron víctimas mientras buscaban pasar un tiempo a solas.
Según los resultados preliminares de la autopsia, a los adolescentes los mataron a golpes en la cabeza.
Josué y Paloma eran vecinos e iban a la misma escuela, aunque no al mismo año. Y vivían un amor adolescente que los hacía encontrarse en una plaza cercana a su casa y también, bajo la excusa de que iban al gimnasio, en el descampado de alrededor de cinco hectáreas que desde las últimas horas de este domingo está custodiado por varios móviles del Grupo de Apoyo Departamental (GAD), que depende de la Policía de la Provincia.
“Acá jamás hay policías, aparecieron ahora por lo que pasó con esta parejita”, le dijo Mónica a Infobae cerca de una de las entradas que la vegetación le improvisa al descampado. “Mis hijos y mis sobrinos vienen a jugar con otros amiguitos del barrio. Les gusta venir porque es grande, pueden jugar a la pelota, pero yo les digo que tienen que volver sí o sí antes de que baje el sol porque ahí empieza a ponerse más pesado”, sumó.

En el descampado, al que puede entrarse por una calle de tierra que corre paralela -y sin ninguna separación que evite caminar sobre las vías- al recorrido del ferrocarril Roca, hay olor a fruta pudriéndose y el pasto secándose al calor de las altas temperaturas veraniegas.
Cerca del terraplén que se forma debajo del Puente Bosques, por el que van y vienen los autos que circulan por la Ruta Provincial 36, hay unos pocos ranchos precarios, que consiguen sombra gracias al puente y a alguna tela o plástico colgado de una soga. En la recorrida de este medio, no había allí nadie, pero sí algunas prendas de vestir tiradas en el piso, en mayor o menor estado de deterioro.
“Yo vengo tres veces por semana. Algunos cartoneros descartan cosas que a mí me pueden servir, desde ropa hasta chatarra. Además, en este predio quemo cables que voy juntando para después vender el cobre. Vi de todo acá adentro: chicos jugando, sobre todo los fines de semana, chicos cazando pájaros con gomera, y también venta de droga, y mucho consumo”, recordó Marcelo, que tiene 63 años, vive a unas 15 cuadras del descampado y cartonea para vivir.
“Jamás hay policías acá, hoy vinieron todos porque encontraron a estos dos chiquitos muertos y tienen que hacer presencia porque sabían que iban a venir los canales de televisión”, agregó Marcelo.
Su testimonio coincide con el de Mónica y con lo que puede verse tirado a lo largo de este descampado: una campera, el esqueleto metálico de un lavarropas oxidándose al sol, la tapa de un horno, los restos de comida pudriéndose a pocos metros de las vías del Roca, sobrevolados por cientos de moscas que van y vienen de una botella a un cartón de leche a una naranja.
Los alrededores del descampado llevan los colores de este rincón del Conurbano bonaerense: el verde y amarillo del club Defensa y Justicia se ven debajo del Puente Bosques, en las vías y en algunas de las casas, varias también precarias, del barrio en el que vivían Paloma y Josué.

Los pocos varelenses que van y vienen por la zona de este descampado, que amaneció custodiado, lo hacen caminando a la par de las vías: algunos se acercan a la estación Bosques del ferrocarril, a apenas tres cuadras del predio, y otros van hacia alguna parada de colectivo.
“Yo paso todos los días para tomar el tren, pero jamás entro a este campito. A veces desde afuera se escucha a los chicos jugar y, a veces, viene un silencio que no sabés qué estará pasando. En invierno yo paso lo más rápido posible porque ya está oscuro y, como las plantas son altas, no se ve nada. Y acá no nos cuida nadie, si no, habría otra manera de transitar por algunos lugares que no sea a dos metros de donde pasa el tren, sin ningún alambrado, o al lado de un lugar en el que te parten una piedra en la cabeza para llevarse el teléfono”, contó Camila, de 26 años.
Ella apura el paso. En medio del silencio que este lunes envuelve al descampado y al barrio conmovido por el doble homicidio, se escucha el silbido del tren que se acerca y que Camila va a tomarse para llegar a trabajar a Lanús. “Es horrible lo que les hicieron a estos chicos y apenas se vaya la Policía, que hoy apareció para figurar, puede volver a pasar”, opinó antes de irse.
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