
Bárbara Mujica tenía apenas 46 años cuando murió, el 1 de agosto de 1990. Fue por un infarto de miocardio. Y su partida causó una profunda conmoción tanto entre sus seres queridos como en el mundo del espectáculo en general. Dueña de un talento extraordinario y un rostro imposible de olvidar, su trabajo en cine, teatro y televisión había marcado una época. Y, al día de hoy, sigue siendo recordada tanto por sus colegas como por el público.
Había nacido el 13 de marzo de 1944 en el seno de una familia de artistas. Era hija de la actriz Alba Mujica y de José Antonio Moinelo y sobrina del director René Mujica. Llevaba la pasión por la actuación en la sangre. Y, con apenas 3 años debutó junto a su madre en el cortometraje El Muro, del debutante Leopoldo Torre Nilsson. Sin embargo, no tenía los mejores recuerdos de esa época. “La mía fue una infancia solitaria, sin amigos, trascurrida entre personas mayores, música clásica y libros. Quizá fuera por eso que pasaba el día haciendo preguntas a mi madre. Todo lo cual influyó de modo particular en la formación de mi carácter, de mi personalidad”, señaló Bárbara en una oportunidad.
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Su futuro laboral, se supone, ya estaba marcado. Y, siendo una adolescente, trabajó junto al padre de su primer director, Leopoldo Torres Río, en los films Edad difícil (1956) y Demasiado Jóvenes (1958). Allí conoció a Oscar Rovito, quien luego se convirtió en su esposo y con el que trajo al mundo a sus dos hijos: Pablo y Gabriel. Sin embargo, en tiempos en los que no existía la ley de divorcio y la separación estaba “mal vista” por la sociedad, cuando se terminó el amor se animó a dar por concluida la relación. Y esto le valió muchas críticas de las revistas del corazón de la época, que la acusaron de haber abandonado a sus hijos. “A quien abandoné fue a mi ex marido. En cuanto a los chicos, dejé de verlos solamente cuando fuerzas superiores a las mías, es decir, la negativa de mi ex esposo en cuya casa vivían, me lo impidieron”, respondió en una entrevista.
Enseguida, Mujica que convirtió en una de las actrices fetiches del nuevo cine nacional, junto con Graciela Borges, Susana Freyre, Violeta Antier y Elsa Daniel. Hizo 16 películas entre las que se destacan La casa del ángel (1957), de Leopoldo Torre Nilsson; Quinto año nacional (1961) y Los que verán a Dios (1963), de Rodolfo Blasco; Las ratas (1963), de Luis Saslavsky; Los guerrilleros (1965), de Luca Demare; Los muchachos de antes no usaban arsénico (1976), de José Martínez Suárez; Gracias por el fuego (1984), de Sergio Renán; y Malayunta (1986), de José Santiso.
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En 1965, se casó con el director Daniel Stivel, con quien compartió su vida hasta 1976. Por él, se dijo, había “dejado” a su ex, algo que por entonces parecía imperdonable. “Me enamoré de él porque mi matrimonio era un fracaso. Nuestros intereses vitales no se correspondían, porque las pocas cosas en común que teníamos cuando nos casamos, siendo adolescentes, se desgastaron en cinco años”, respondió frente a la prensa siendo una jovencita de 26 años. Y dejó les dejó en claro a los que pensaban que su actitud había sido “cruel”, que esa decisión los había terminado favoreciendo a ambos ya que, finalmente, habían podido encontrar la felicidad al lado de sus nuevas parejas.
Junto a Stivel, Mujica había hecho Hamlet en televisión, con Alfredo Alcón. Y, a partir de ese momento, se sumó al grupo Gente de Teatro, integrado por Norma Aleandro, Federico Luppi, Marilina Ross, Carlos Carella, Emilio Alfaro y Juan Carlos Gené. Los llamaban “el Clan Stivel”. Y se destacaron en cine, con Los herederos (1970), y en teatro, con El rehén y Todo el jardín, pero en especial en la pantalla chica, donde rompieron todas las reglas con el ciclo Cosa Juzgada (1969), que escribían autores de la talla de Griselda Gambaro, Roberto Cossa y Carlos Gorostiza.
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“Fue un hecho muy importante para todos nosotros, no solamente en lo artístico sino también en lo personal. Pero siento pena de que de alguna manera se lo recuerde como algo que no se puede repetir. O como algo que no se puede superar. Porque eso habla también de la gran dificultad que tenemos para ver las cosas nuevas que se aportan. Y pareciera que no se hace nada mejor, que tampoco es cierto. Yo creo que fue muy importante en ese momento el lenguaje que apareció, porque creó un nuevo idioma en la televisión que hasta ese momento venía muy circunscripto a un solo estilo. Abrió una posibilidad, una veta nueva que después se retomó. Porque después vinieron cosas al estilo de Cosa Juzgada, tipo Los Miedos o Compromiso. Pero eso de que los equipos de actores haciendo programas dramáticos podían ser importantes, creo que es lo que creamos”, reflexionó Mujica, que a partir de este trabajo estuvo prohibida por la dictadura militar entre 1976 y 1983, en una entrevista que dio muchos años más tarde.
El amor tiene cara de mujer (1964), teleteatro que protagonizó durante cuatro temporadas junto a Rodolfo Bebán, Rodolfo Ranni y Soledad Silveyra, fue uno de sus éxitos más resonantes en la televisión. Aunque también se destacaron sus trabajos en Cuatro mujeres para Adán (1966), La dama de las camelias (1973), Alta Comedia (1973/1974), Ruggero (1983), Situación límite (1984), Duro como la roca frágil como el cristal (1985), Ficciones(1987) y el ciclo Atreverse y La Bonita Página (1990), entre muchos otros.
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Nunca se tiñó el pelo ni se hizo cirugías estéticas. Ni siquiera, para encajar en los parámetros estéticos exigidos por los productores. Su último trabajo fue en Loraldia, el tiempo de las flores (1991), una película dirigida por Oskar Aizpeolea que se estrenó un año después de su muerte y le valió el Cóndor de Plata a la mejor actriz. “Creo que no soy una rebelde, pero tampoco me considero una burguesa”, decía de sí misma. Hoy se cumplen 35 años de su partida. Y sigue siendo una referente para sus colegas.
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