
Se fue de este mundo el 10 de enero de 1971, hace ya 54 años. Sin embargo, su legado sigue intacto. Porque, si bien es verdad que detrás de ella llegaron otros diseñadores que volvieron a apostar a las prendas ceñidas al cuerpo, los escotes al límite y las telas opulentas, Coco Chanel demostró que la mujer puede ser elegante y sexy, y estar cómoda a la vez.
Construyó un imperio. Pero, a decir verdad, su vida no había sido nada fácil. Nacida el 19 de agosto de 1883 en Saumur, Francia, fue inscripta como Gabrielle Chasnel por un error en el apellido. Y tuvo una infancia muy dura. Su madre, Eugénie Jeanne Devolle, murió de tuberculosis cuando ella era una niña y su padre, Albert Chanel, que era un modesto vendedor ambulante, no pudo hacerse cargo de sus hijos. De manera que, mientras sus hermanos varones fueron colocados en granjas para trabajar, tanto ella como sus hermanas terminaron en un orfanato monasterio en Aubazine.
“Durante mi infancia sólo ansié ser amada. Todos los días pensaba en cómo quitarme la vida, aunque, en el fondo, ya estaba muerta. Sólo el orgullo me salvó”, dijo años más tarde al recordar aquellos tiempos. Pero, previo a eso, había inventado un sinfín de historias con las que intentó ocultar su origen humilde para no ser rechazada por la sociedad burguesa.
Sin embargo, como si el destino ya tuviera planes bien marcados para ella, fueron las monjas que la criaron quienes le enseñaron a coser, bordar y planchar, tareas habituales para las mujeres de la época pero que la joven logró capitalizar no bien dejó el hospicio. Entonces se convirtió en costurera en Moulins, lugar donde vivían sus abuelos paternos, Angelina y Henri-Adrien Chanel. Y aunque también probó suerte como cantante en el cabaret La Rotonde, de donde sacó su apodo a partir del tema Qui qu’a vu Coco? que interpretaba, esto sería solo un escalón para llegar a concretar su verdadera vocación. Y es que, en ese lugar nocturno, conoció al oficial de caballería Étienne Balsan, un heredero textil que se convirtió en su pareja y le permitió disfrutar de una vida de riqueza y codearse así con la alta sociedad. Él fue quien le posibilitó abrir su primera tienda de sombreros en París, en 1909.

Al tiempo, en tanto, Coco comenzó un romance con el capitán inglés Arthur Edward Boy Capel. Juntos recorrieron varios centros de moda de los que la diseñadora fue tomando inspiración. Y, en 1913, abrió su propia boutique de ropa informal. Pero, tras nueve años en los que la fidelidad nunca estuvo presente, él se casó con la aristócrata Diana Wyndham. No obstante, a pesar de la boda, Chanel y él se siguieron frecuentando. Y el fallecimiento del hombre a fines de 1919 a raíz de un accidente automovilístico, sumió a la joven en una profunda depresión. “Su muerte fue un golpe terrible para mí. Al perderlo a él, lo perdí todo. Tengo que decir que lo que siguió no fue una vida de felicidad”, confesó luego.
Dicen que el luto que se obligó a lucir por aquellos días, fue lo que la alentó a diseñar el pequeño vestido negro que presentó en 1926 y que se convirtió en un infaltable de cualquier guardarropas. Pero, para entonces, toda la línea Chanel que incluía sombreros, perfumes y prendas de vestir, había captado la atención de las revistas de tendencias internacionales como Vogue. Es que las mujeres de todo el mundo se unieron a su propuesta de dejar de lado los corsets y las faldas sobrecargadas, para optar por prendas sencillas y prácticas. Y su imperio se impuso sobre muchos otros diseñadores de la época.
Sus amoríos siguieron dando que hablar. Se especuló con una relación de diez años con el duque de Westminster, Hugh Richard Arthur Grosvenor, del la que habría salido favorecida a nivel económico. También se habló de un idilio con el príncipe de Gales Eduardo de Windsor. Sí es cierto que mantuvo una relación con el poeta Pierre Reverdy, con quien luego forjó una larga amistad, y, luego, con el diseñador Paul Iribe, con quien en 1932 presentó su primera colección de joyería. El hombre murió en 1935, de manera repentina. Y, para entonces, ya había rumores que indicaban que Coco se había vuelto adicta a la morfina.
“Hollywood es la capital del mal gusto... y es vulgar”, decía Chanel. Pero, a través de Demetrio Románov, había conocido a Samuel Goldwyn quien la contrató para diseñar el vestuario de las estrellas de MGM dos veces al año. Y terminó teniendo como clientas a figuras como Greta Garbo y Marlene Dietrich, entre otras. Pero sus diseños no eran suficientemente llamativos para el cine norteamericano. Así que se dedicó a preparar el vestuario para películas y obras de teatro francesas.

Su empresa se convirtió en un gigante de más de 4.000 empleados. Pero el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, la obligó a cerrar sus tiendas. Entonces se habló de sus vínculos con los nazis, algo que el historiador estadounidense Hal Vaughan denunció en el libro Durmiendo con el enemigo: la guerra secreta de Coco Chanel pero que la firma francesa se encargó de desmentir. Y se hizo foco en romance con el oficial alemán Hans Gunther von Dincklage, integrante de la inteligencia militar, quien le habría posibilitado hospedarse en el Hotel Ritz durante la ocupación alemana.
Lo cierto es que, tras el conflicto bélico, logró llegar a un acuerdo con su ex socio Pierre Wertheimer por la venta del perfume Chanel N°5, lo que le permitió convertirse en una de las mujeres más ricas del mundo. Y, tras pasar diez años en Lausana, Suiza, Coco regresó a Paris en 1954. Pero, para entonces, su trono estaba en peligro. El diseñador Christian Dior había impuesto su New Look, con el que intentaba devolverle la sensualidad a las mujeres con cinturas ajustadas y escotes con rellenos. Y las clientas querían olvidarse de la post guerra apostando a la espectacularidad. Así que la supremacía continuó en manos de él y de algunos de sus discípulos como Cristóbal Balenciaga, Robert Piguet y Jacques Fath. Los prácticos trajes tweed presentados por Chanel aún fueron bienvenidos, pero tuvieron competencia.
Tenía 87 años cuando murió en su suite del Hotel Ritz de París, donde vivió durante más de tres décadas. Dicen que estaba trabajando en su nueva colección, cuando su cuerpo dijo basta. Las portadas de todos los diarios anunciaron su fallecimiento. Y al velatorio, que se llevó a cabo en el Eglise de la Madeleine, asistieron todos los diseñadores y modelos de la época. Su ataúd fue cubierto con camelias, gardenias, orquídeas, azaleas blancas, y algunas rosas rojas y, luego, sus restos fueron llevados al cementerio de Bois-de-Vaux en Lausanne, Suiza. Allí se terminó la inquietante vida de Chanel. Pero su legado en el mundo de la moda permanece hasta el día de hoy.
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