Milagros, la niña que Diego Topa todavía recuerda: la búsqueda de una madre desesperada y un gesto que no se borró con los años

En 2013, Diego Topa visitó a Milagros Pérez Romero, una nena de cuatro años que atravesaba el último tramo de su vida. Más de una década después, el artista la recordó emocionado. María, la mamá de la niña se lo agradece: “Lo que él hizo no tiene precio”

Milagros Aylen Pérez
Milagros Aylen Pérez Romero
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“No son favores, son finezas”, decía el papá de María Augusta Romero Pérez. Ella entendió el verdadero sentido de esa frase una tarde de agosto de 2013, cuando su hija Milagros, de apenas cuatro años, luchaba por su vida en una clínica de Buenos Aires. Antes de que enfermara le había prometido que la llevaría al teatro para ver a su ídolo, Diego Topa. María recordó esa promesa y se la contó a un médico antes de la segunda cirugía de Mili. Después de esa intervención, la nena sufrió un cuadro de hidrocefalia y no logró recuperarse. Desesperada y con el tiempo en contra, María inició una búsqueda para encontrar al artista. Necesitaba cumplirle aquella promesa y oraba por un milagro.

Topa estaba trabajando, pero dejó sus compromisos y fue a visitarla sin saber el cuadro real con el que se encontraría. Allí, junto a la cama de la pequeña, le cantó una canción mientras sus padres se aferraban a la esperanza de que eso la hiciera despertar... Al día siguiente llegó la noticia devastadora: Mili tenía muerte cerebral. El 29 de agosto fue desconectada. Para María y su marido, Amílcar, aquella visita quedó unida para siempre al recuerdo de la despedida de su hija, pero también al gesto de alguien que, sin conocerlos, quiso estar presente en el momento más doloroso de sus vidas.

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Trece años después, hay algo que todavía conmueve profundamente a María y Amílcar: Topa sigue recordando a Mili, que hoy tendría 18 años. Cada vez que cuenta aquella historia públicamente, se emociona hasta las lágrimas. María, que todavía llora al hablar de su hija, no deja de sorprenderse por la huella que aquel encuentro dejó en el artista. El tiempo pasó, pero Mili sigue presente en sus recuerdos.

Conmovida por esa memoria que perdura, María decidió ponerse en contacto con Infobae para contar su historia y agradecer públicamente a Topa y a Cecilia Valeria Albirzu, la mujer que hizo posible aquella visita. Su deseo es que ambos sepan cuánto significó para su familia aquel gesto y cuánto la moviliza que, después de tantos años, Diego siga hablando de Mili con la misma emoción. Porque, aunque nada pueda aliviar la ausencia de una hija, saber que alguien más la recuerda con tanto cariño es una forma de sentirla viva.

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El momento en que Diego Topa recuerda a Mili (Video: La Sillita Podcast)

Los primeros síntomas y el comienzo de la pesadilla

Milagros Aylen Pérez Romero nació el 13 de enero de 2009, en Goya, Corrientes. Su llegada al mundo estuvo precedida por un embarazo complicado: María padecía anemia, sufría vómitos intensos y pasó tres días internada porque no podía alimentarse con normalidad. Pese a eso, el embarazo llegó a término. Durante la cesárea programada, necesitó una transfusión de sangre. Mili nació con apenas 2,250 kilos, pero, después de aquellos primeros días, fue a casa con su mamá y creció sin problemas de salud importantes. Nada hacía pensar que, cuatro años después, su familia enfrentaría una tragedia que cambiaría sus vidas para siempre.

En 2013, Mili iba al Jardín Panambí y disfrutaba de una infancia que transcurría con normalidad. Hasta que, antes de las vacaciones de invierno, una gripe fuerte, con mucha tos y catarro, encendió las primeras alarmas. María la llevó a su pediatra, Julieta, quien interpretó que se trataba de un cuadro gripal. Durante la última semana de las vacaciones, la nena volvió a enfermarse y quedó internada durante tres días por una presunta infección urinaria. Le dieron el alta, regresaron a casa y, por un momento, pareció que todo quedaría atrás.

Pero los síntomas volvieron. Mili comenzó a tener molestias en el pecho y le apareció una pequeña protuberancia en la frente. La pediatra le indicó medicación y la inflamación cedió, aunque había un antecedente que María recordó después: desde más chica, su hija sufría orzuelos recurrentes. “Creo que fue un error mío llevarla siempre a los pediatras, pero nunca atiné a llevarla a un oftalmólogo. Aunque tampoco me lo dijeron los pediatras”, recuerda. Entonces no podía imaginar que aquellos episodios pudieran tener alguna relación con lo que vendría.

Lo más alarmante llegó después: dolores de cabeza cada vez más intensos, que no le permitían tolerar ni el ruido más leve. María la llevaba en brazos a las consultas y veía cómo su hija cambiaba de un día para otro. “A veces la llevaba en mis brazos y ella cantaba ‘La vaca Lola’, pero al día siguiente la llevábamos y estaba como tirada en mis brazos y sin ganas de cantar”, cuenta. La imagen de aquella nena que un día todavía podía cantar y al siguiente apenas tenía fuerzas quedó grabada en su memoria.

Mili comenzó a bajar de peso rápidamente y los médicos todavía no encontraban una explicación. Ante la sospecha de celiaquía, la pediatra les indicó que debían trasladarla a Corrientes capital. Para la familia, que vivía en Goya, eso significaba dejar su casa y buscar respuestas a más de 200 kilómetros, sin saber qué tenía su hija ni cuánto tiempo podían esperar. El recorrido que hasta entonces había estado marcado por consultas e internaciones estaba a punto de convertirse en una carrera desesperada contra el tiempo.

La falta de certezas y de insumos en Goya obligó a trasladar a Mili a la ciudad de Corrientes. Allí tampoco contaban con todos los recursos para realizarle los estudios necesarios, por lo que luego fue derivada a Resistencia, Chaco

De Corrientes a Buenos Aires: el inicio de la carrera para salvar a Mili

En Corrientes capital Mili quedó internada en la Clínica del Niño durante unos quince días. Le realizaron distintos estudios, pero ni siquiera allí pudieron acceder a todos los recursos que necesitaban: para hacerle una resonancia magnética, tuvieron que trasladarla hasta Resistencia, en Chaco. María veía que su hija empeoraba mientras los resultados demoraban y los médicos intentaban determinar qué estaba ocurriendo. Hasta que uno de ellos la llamó para hablar a solas y le dio una noticia que cambió todo: tenían que llevar a Mili a Buenos Aires. En Corrientes no contaban con los elementos necesarios para operarla. La familia todavía no tenía un diagnóstico, pero ya debía emprender otro viaje, esta vez mucho más lejos, con su hija cada vez más grave.

Amílcar, que también acompañaba a su hija, debió regresar a Goya para cumplir con las exigencias laborales. Como todavía no sabían qué tenía Mili, no pudo pedir licencia de cuidados. María estaba sola con su hija en el sanatorio de Corrientes cuando el médico le comunicó que debían trasladarla a Buenos Aires. Llamó a su marido y le pidió que volviera “como fuera”, mientras iniciaba las gestiones con la obra social para concretar la derivación. Mili ya presentaba dificultades para coordinar movimientos y estaba cada vez más comprometida.

El viaje desde Goya hasta Corrientes ya había sido una muestra de las dificultades que enfrentaba la familia para conseguir atención médica. Como no habían conseguido una ambulancia, tuvieron que trasladar a Mili en colectivo, durante la madrugada. “Salimos alrededor de las tres de la mañana y llegamos a Corrientes cerca de las seis. No había ambulancia y tuvimos que viajar así con nuestra hija”, recuerda María y los sentimientos la vencen. Traga saliva y cuenta que después, para realizarle la resonancia magnética, debieron cruzar el puente hasta Resistencia en una ambulancia. Cada estudio implicaba un nuevo traslado, más horas de espera y la incertidumbre de no saber qué estaba pasando.

Milagros Aylen Pérez
El último cumpleaños de Mili

Finalmente, consiguieron la derivación a Buenos Aires. Llegaron un sábado por la tarde y Mili ingresó a la Fundación Hospitalaria, en el barrio porteño de Saavedra. Al principio, le habían reservado una habitación común, pero los médicos advirtieron que su estado requería cuidados permanentes. Tenía convulsiones y necesitaba atención constante, por lo que fue trasladada a terapia intensiva. Después de recorrer distintas ciudades en busca de respuestas, la familia había llegado a un lugar donde podían intervenirla. Sin embargo, la gravedad del cuadro no les daba tregua.

En Buenos Aires, un médico revisó los estudios de Mili y se dio cuenta de que no le habían realizado una tomografía. Ordenó el examen, que le hicieron esa misma noche. El lunes, cerca de las ocho, la nena entró al quirófano para que le practicaran un drenaje en el cerebro. Después de tantos días entre consultas, internaciones y estudios, tenía miedo. María todavía recuerda las palabras de su hija, que con apenas cuatro años no entendía por qué debía atravesar otro procedimiento: “¡Mamá, vos no me ayudás!”, le dijo. Un cirujano le pidió entonces a María que entrara con ella al quirófano para tranquilizarla. La tomó de la mano y permaneció a su lado hasta que le colocaron la mascarilla de anestesia y empezó a dormirse. Recién entonces salió y esperó afuera.

La primera intervención no resolvió el problema. Mili se descompensó y debieron realizarle nuevos estudios. Los médicos le explicaron a María que se había producido un derrame de líquido y que necesitaban operarla nuevamente, esta vez para abrirle el cráneo. Después de esa cirugía, desarrolló hidrocefalia y su estado continuó complicándose. María y Amílcar pasaban las horas en el hospital, casi sin comer ni dormir, pendientes de cada movimiento de los médicos y de cada noticia que pudiera cambiar el destino de su hija. Habían recorrido cientos de kilómetros para encontrar una oportunidad de salvarla. Ahora, en una terapia intensiva de Buenos Aires, solo podían aferrarse a la esperanza de que Mili resistiera. “Yo quería un milagro para mi hija. Le rezaba a Dios para que hiciera un milagro”, recuerda la mujer. Y fue en medio de esa desesperación cuando volvió a pensar en la promesa que le había hecho a su pequeña. Una promesa que, hasta entonces, había imaginado cumplir en circunstancias muy distintas.

Milagros Aylen Pérez
Amilcar y María con Diego Topa luego de que visitara a Mili

La promesa que María no estaba dispuesta a dejar atrás

Antes de que la enfermedad cambiara sus vidas, María se sorprendía de cuánto disfrutaba Mili de los dibujos animados y de Disney Junior. Entre sus favoritos estaba Diego Topa, que por entonces protagonizaba “Junior Express”. En medio de aquellos días de internación, cuando la salud de su hija empeoraba y los médicos les advertían que las siguientes 72 horas serían decisivas, María volvió a aferrarse a una promesa: si Mili salía adelante, la llevarían a conocer a su ídolo. Nunca imaginó que terminaría intentando cumplirla mientras su pequeña permanecía en terapia intensiva y atravesando los últimos días de su vida.

María no tenía contactos ni sabía cómo llegar hasta el artista, pero estaba decidida a intentarlo. Compró un cuaderno y le pidió a Amílcar que escribiera una carta para Topa. “Mi marido tiene mejor caligrafía que la mía. Quería que supiera de Mili”, recuerda. Necesitaba contarle lo que estaba pasando, explicarle cuánto deseaba su hija conocerlo y pedirle que fuera a verla. Mientras los médicos intentaban estabilizar a Mili, ella buscaba una manera de llegar hasta alguien que pudiera ayudarla. La familia tenía sus pertenencias en el hospital, comía poco y descansaba mal. El hotel que les habían conseguido quedaba en Once, lejos de la Fundación Hospitalaria, y cada salida era una oportunidad para seguir buscando.

En uno de esos viajes en taxi, María le preguntó al chofer si sabía dónde quedaban las oficinas de Disney o el canal en el que trabajaba Topa. No consiguió ayuda y siguió intentando. En otra salida, vio una oficina de Clarín clasificados y entró para averiguar cuánto costaba publicar la carta dirigida al artista. “Me atendió un chico y le expliqué para quien era y el motivo de mi pedido. Fue muy bueno: buscó un número de teléfono de Disney y me lo dio”, revive agradecida. María llamó, contó la historia de Mili y, después de varios intentos, consiguió comunicarse con Cecilia Valeria Albirzu, integrante del equipo de Topa.

Al hablar con ella, María le contó sobre la enfermedad, las operaciones y el estado crítico de su hija. Cecilia le preguntó en qué hospital estaban y tomó los datos. “Hoy, para las seis de la tarde, Diego va a estar con tu hija”, le dijo Cecilia. María llevaba días buscando una manera de cumplir aquella promesa y, de pronto, alguien le confirmaba que el encuentro iba a ocurrir. Topa estaba trabajando, pero había decidido hacerse un tiempo para ir a ver a Mili. No la conocía, no sabía quién era su familia, pero había escuchado su historia y quería estar ahí.

Milagros Aylen Pérez
Diego invitó a Elías, hermanito de Mili, a su espectáculo en Buenos Aires. Él mismo pidió conocer al nene

La visita que quedó para siempre en la memoria

María estaba en la parte baja del hospital, con un peluche de su hija, cuando Amílcar, mirando por una ventana, le dijo: “¡Creo que viene Topa!”. Al segundo, sonó el teléfono de María. Era Cecilia preguntándole por dónde entrar porque la puerta principal estaba cerrada. “Hay que entrar por la guardia. ¡Ya voy!”, le dijo. Salió a buscarlo y, al verlo, se acercó desesperada. El impulso, los nervios por la situación y el cuadro crítico de Mili hicieron que las piernas se le vencieran. Casi arrodillada, pidió: “Diego, por favor, te pido que subas, que le hables y le digas que se levante”, imploró. No era el encuentro que había imaginado cuando le prometió a Mili que algún día conocería a su ídolo. No había canciones frente a un escenario ni una niña con su vestido para la ocasión corriendo a abrazarlo. Había una habitación de terapia intensiva y una madre que todavía esperaba un milagro.

Topa subió a verla. Cuando algunas personas quisieron acercarse para pedirle fotos, respondió que había ido por una razón: “No, perdón. Vine a estar junto a Mili”. María recuerda que, antes de entrar, tuvo que lavarse las manos. Después, el artista se acercó a la pequeña y le habló. “Diego, ella te ama”, le dijo la madre. Él le preguntó si quería que le cantara una canción. María aceptó y pensó que elegiría alguna de Junior Express, el programa que tanto disfrutaba su hija. Pero Topa cantó Pedro Navegante, que cuenta la historia de un explorador aventurero, valiente y muy alegre, que recorre los mares en su embarcación.

Milagros Aylen Pérez
Un año después, Topa invitó a María y a Elías, quien llevó a su primito, a uno de sus shows en Buenos Aires y los recibió en los camarines. “Me encantaría volver a ver a Diego y darle las gracias una vez más”, dice María

En aquella habitación, lejos de las luces y del público, Topa le regaló a Mili una canción mientras sus padres, tan emocionados como devastados, permanecían a su lado, aferrados a la esperanza.

Al terminar, Diego abrazó a María, le pidió que tuviera fuerzas y le dijo que quería saber cómo seguía la nena. Al día siguiente, la madre volvió a comunicarse con Cecilia para contarle que el cuadro había empeorado y que a Mili le habían diagnosticado muerte cerebral. El 29 de agosto de 2013, Milagros Aylen Pérez Romero murió. Tenía cuatro años. La visita de Topa no pudo cambiar ese desenlace, pero quedó ligada para siempre a las últimas horas de su hija.

“Yo nunca me voy a cansar de decirle gracias a Diego... Él es bueno de verdad, yo lo vi en su mirada. Los ojos no mienten. Por eso, le digo: Diego, el día que vos necesites algo de mí, no sé qué, pero acá voy a estar yo”, dice María, que, después de escucharlo recordar a Mili, siente la necesidad de volver a agradecerle. Amílcar también encuentra las palabras para expresar lo que significó aquella visita: “Que una persona se tome el tiempo para ir a ver a otra persona que por ahí no conoce, y estar un momento, para nosotros como padres no tiene precio”. En ese agradecimiento, María también incluye a Cecilia Albirzu, quien hizo posible el encuentro, y a aquel joven cuyo nombre nunca supo, pero que le dio un contacto y puso en marcha una cadena de ayuda que terminó llevando a Topa hasta su hija.

María cuenta que, tras la muerte de Mili, Topa le dio sus condolencias y le dijo que a Mili la tomaba como su angelito, su luz, y que él nunca se iba a olvidar de ella. Entonces, vuelve a la frase que le enseñó su papá, esa que hoy resume todo lo que siente por Diego y por quienes hicieron posible aquel encuentro: “Eso no son favores, mi hija, eso son finezas... Luego de ese momento, lo entendí”.

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