
Elena tiene 67 años y cada mañana, antes de levantarse, escribe en una libreta de tapa dura que guarda en la mesita de noche. Con su letra manuscrita, prolija, casi redondel de maestra, anota lo que va a hacer durante el día. La lista no tiene nada extraordinario: bañarse, ordenar de nuevo la biblioteca que ya ordenó el martes, tender la ropa, comer algo caliente al mediodía, llamar a su hermana. A veces escribe “salir a caminar” como si fuera una obligación laboral, porque si no lo escribe no sale. Y si no sale, el día se cierra sobre sí mismo y ella se queda adentro mirando el techo.
Nadie le enseñó a Elena a vivir sin horario. Nadie nos lo enseñó a ninguno. Durante décadas, la vida adulta en Argentina tuvo una estructura clara y brutal: de casa al trabajo y del trabajo a casa. Para millones de mujeres, la variante era otra pero igual de inapelable: el despertador sonaba con el horario del colegio de los chicos, y desde ese primer ruido hasta la noche el día venía dado, ocupado, urgente. A la pregunta quién sos, respondíamos qué hacemos. Soy maestra, soy periodista. El trabajo era la rutina y la identidad. Los hijos, el servicio y el cuidado. Juntos, construían la respuesta automática a la pregunta más básica: ¿para qué me levanto hoy?
Cuando esas dos estructuras desaparecen —y para muchas personas desaparecen casi al mismo tiempo, cuando los hijos se van y el trabajo termina— queda algo que nadie sabe cómo nombrar. No es tristeza, no exactamente. No es soledad, no siempre. Es lo que los psicólogos llaman desorientación temporal: el fenómeno que ocurre cuando desaparecen los hitos externos que organizaban la semana y el año. El lunes es igual al domingo. Las diez de la mañana no convoca nada. Las horas se acumulan sin que nadie las reclame.

¿Quién soy yo a las diez del martes?
Hay una pregunta que aparece en los consultorios, en los grupos de WhatsApp, en las charlas de sobremesa que de pronto se vuelven incómodas: ¿qué hago con todo este tiempo? Y la respuesta habitual —viajá, aprendé algo nuevo, hacé lo que siempre quisiste— suena razonable pero no alcanza. Porque el problema no es no tener proyectos. El problema es no tener estructura para el martes a las diez de la mañana.
El trabajo no daba solo ingresos ni ocupación. Daba reconocimiento, pertenencia, un lugar en el mundo con nombre y coordenadas. “Soy ingeniera”, “soy docente”, “soy médico”: el ser y el hacer resumidos en la misma respuesta. Cuando eso termina, la pregunta vuelve sin respuesta lista. Un estudio publicado en el Journal of Aging Research por la investigadora Nicky J. Newton, de la Universidad de Newcastle, encontró que la satisfacción vital en la jubilación está estrechamente vinculada a la capacidad de reconstruir la identidad más allá del trabajo. Y uno de los cambios más llamativos que el estudio registra no es filosófico sino concreto: mientras en la vida laboral el teléfono no paraba de sonar, en la jubilación prácticamente nadie llama. Ese silencio —más que cualquier reflexión existencial— produce la primera sensación de vacío.
La ciencia agrega un dato que incomoda. El Whitehall II Study, una investigación del University College London que siguió a 3.433 empleados públicos británicos durante catorce años antes y después de jubilarse, encontró que el deterioro de la memoria verbal fue un 38% más rápido después de la jubilación que antes, incluso controlando el declive normal por edad. No es para alarmarse sino para entender la escala del problema: cuando desaparece la estimulación cognitiva cotidiana del trabajo, el cerebro la nota. La hipótesis “úsalo o piérdelo”, que suena a frase de gimnasio, tiene una de las bases empíricas más sólidas de la gerontología.

El problema no es la voluntad: es el diseño
Sería fácil y equivocado leer todo esto como un llamado a la hiperactividad. No se trata de inscribirse en diez talleres ni de convertir el tiempo libre en otra forma de productividad obligatoria. La investigación sobre bienestar en adultos mayores muestra algo más matizado: lo que mejora el ánimo y la función cognitiva no son los grandes proyectos sino las pequeñas anclas cotidianas. Puntos fijos en el día que crean ritmo sin crear presión.
Un estudio de la Universidad de Pittsburgh que midió los patrones de actividad diaria en adultos mayores encontró que quienes se levantan consistentemente a la misma hora y tienen actividades regulares —sin importar cuáles— reportan mayor bienestar y obtienen mejores resultados en tests cognitivos que quienes tienen agendas impredecibles. No es la actividad en sí lo que marca la diferencia: es la predictibilidad. La sensación de que el día tiene forma antes de que empiece.
El problema es que nadie diseñó esa estructura para esta etapa. Durante décadas, el sistema la proveyó desde afuera: el empleador, la escuela, el jefe, el timbre. Cuando esas instituciones se van, la estructura hay que construirla desde adentro, y nadie enseña a hacer eso. En Suecia y Canadá existen programas de preparación para la jubilación que incluyen no solo asesoría financiera sino talleres sobre identidad, tiempo y propósito. En Argentina, el trámite de la jubilación se procesa en ANSES. El trámite emocional y cotidiano queda sin acompañamiento.

Las anclas pequeñas
Elena no lo sabe, pero su libreta hace exactamente lo que la evidencia sugiere: ancla el tiempo antes de que se diluya. Lo que escribe cada mañana no importa tanto como el hecho de escribirlo. Acá van cinco reglas concretas, sin romanticismo, para los días en que las horas no pasan.
Salir todos los días, aunque sea a dar la vuelta a la manzana. No como ejercicio —aunque también sirva para eso— sino como límite físico entre el adentro y el afuera. Quien tiene perro tiene, sin saberlo, uno de los mejores dispositivos de salud disponibles: el animal impone una salida diaria inapelable, a hora fija, con frío o con calor. Tener mascotas —cualquier animal que necesite algo— crea la obligación en el mejor sentido: la de ser una persona necesaria para alguien.
Hacer algo con la mente, todos los días, aunque dure veinte minutos. Un crucigrama, un rompecabezas, leer algo que cueste un poco, aprender tres palabras en otro idioma. Los datos del Whitehall II no se revierten con una maestría: la estimulación cognitiva cotidiana no necesita ser sofisticada para ser efectiva. Alcanza con la sección de crucigramas del diario o una partida de ajedrez por internet.
Hablar con alguien, en vivo o por teléfono, todos los días. No contar el saludo al kiosquero ni el audio en el grupo familiar. Una conversación real, con ida y vuelta, sobre algo que importe. En 2023, el ex Cirujano General de los Estados Unidos, Vivek Murthy, publicó un informe oficial sobre la epidemia de soledad en el que cuantificó el impacto del aislamiento social en la mortalidad: equivale a fumar quince cigarrillos por día. El antídoto no es la socialización masiva sino la conversación cotidiana entre personas que se conocen y tienen algo que decirse.
Ponerse horarios para las actividades que importan, aunque nadie los controle. Si el taller de lectura es los miércoles a las tres, el miércoles a las tres es sagrado. La estructura externa —un grupo, un horario, un lugar— hace más fácil lo que de otra manera requeriría una voluntad permanente que nadie tiene todos los días. No se trata de llenarse la agenda: se trata de elegir dos o tres cosas y protegerlas como si fueran reuniones de trabajo.
Separar el tiempo de descanso del tiempo de inercia. Descansar es elegir no hacer nada porque el cuerpo lo necesita. La inercia es otra cosa: no hacer nada porque no se sabe qué hacer, y quedarse en el sillón sin haberlo decidido. Datos del Bureau of Labor Statistics de Estados Unidos sobre uso del tiempo en adultos mayores muestran que, cuando desaparece la estructura laboral, la televisión puede ocupar hasta cinco horas diarias —no como elección sino como gravitación—. La diferencia entre las dos cosas no siempre es fácil de ver, pero vale la pena intentarlo.

El tiempo libre como aprendizaje
La libreta de Elena no es un capricho ni una excentricidad. Es una tecnología de supervivencia que ella inventó sola porque nadie se la enseñó. Funciona porque le devuelve algo que el trabajo y la crianza daban automáticamente: la sensación de que el día tiene forma, de que hay algo que hacer aunque ese algo sea tender la ropa.
Una investigación del Centro Universitario de Ciencias de la Salud de la Universidad de Guadalajara encontró que más de la mitad de las personas jubiladas tienen dificultades para adaptarse a una vida alejada de la actividad laboral. No es una minoría ni un problema de carácter: es la consecuencia lógica de haber organizado décadas alrededor de una estructura que un día, de golpe, deja de estar. El tiempo libre, como cualquier recurso, requiere gestión. Y eso no es una habilidad menor ni una virtud personal: es algo que se aprende, que se puede enseñar, y que esta sociedad todavía no decidió tomarse en serio.
Vivir treinta años más después de jubilarse no es un dato biológico neutro. Es un desafío que empieza cada mañana, antes de levantarse, con la pregunta más simple y más difícil de esta etapa: ¿qué escribís hoy en la libreta?
Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en Nueva Longevidad. Escribió “La Revolución de las Viejas”.
Últimas Noticias
La Plata: el jardinero detenido por el asesinato de un jubilado se negó a declarar
El principal sospechoso por el crimen de Nestor Daniel Copoletti de 79 años en La Plata no quiso declarar su versión de los hechos ante la Justicia y seguirá detenido mientras continúa la investigación

“Me pasé la vida intentando ser coherente y terminé negando lo que sentía”
Las palabras del médico lo tranquilizaron, pero la inquietud persistía. Si su columna estaba bien y los estudios eran normales, ¿por qué no se recuperaba? ¿Cuál era el diagnóstico? Una respuesta inesperada de esa consulta lo llevó a pensar en su propia vida y en los golpes que se había dado intentando hacer siempre lo correcto

“¡Aquí Flan Bon!“: la historia del payaso inglés que cambió el circo, repartió chocolates e hizo reír a generaciones de porteños
Su nombre era Frank Brown, pero los chicos lo pronunciaban Flan Bon y lo reconocían por su ceja levantada. Radicado en la Argentina, creó un circo que se volvió antológico por la calidad de sus puestas, en las que combinaba espectacularidad, peligro, destreza y arrojo. Fue el deleite de los porteños y hasta sufrió ataques por permitir la entrada gratuita a niños humildes. La historia de un payaso que hacía mucho más que reír.

“Si quieren venir que vengan”: la arenga de Galtieri en la Plaza de Mayo y el informe que develaba el verdadero plan del dictador
Una muchedumbre expectante, la Casa Rosada desbordada y la aparición del dictador en el balcón marcaron un punto de no retorno en los días previos al conflicto armado. Las maniobras diplomáticas fallidas y el documento de la embajada de Estados Unidos que anticipaba las intenciones reales del poder político tras la recuperación de las Islas Malvinas
Se reabrirá el colegio de San Cristóbal donde un adolescente mató con un arma a un compañero
A días del ataque que dejó un estudiante muerto y ocho heridos, la Escuela Normal Mariano Moreno N° 40 volverá a recibir alumnos. La Justicia mantiene abiertas las pesquisas sobre la planificación del hecho y la influencia de comunidades virtuales



