
Cuando tenía 13 años, Astor Piazzolla conoció a Carlos Gardel en Nueva York y apareció como extra en “El día que me quieras”. Décadas después revolucionaría el tango y terminaría sintiéndose más cercano a los jóvenes del rock argentino que a sus pares en el género.
Astor Pantaleón Piazzolla nació en Mar del Plata el 11 de marzo de 1921. Tenía tres años cuando se mudó con su familia a Nueva York. Recibió su primer bandoneón a los ocho años, un regalo que su padre, Vicente, compró en una casa de empeños. En la familia se tocaba el acordeón. No había ningún bandoneón. El niño no podía imaginar qué habría dentro de la caja, por el tamaño pensó que podría haber un par de patines.
—¿Y yo qué hago con esto? —preguntó Astor, que no le veía gracia a aquella caja negra.
—Tocarlo. Ahora sentate y ponételo sobre las rodillas. –Vicente colocó suavemente el bandoneón entre las manos de su hijo y se quedó mirándolo–. Éste es el instrumento que toca Pedro Maffia… El del disco que escucho a la noche.
Sentado, quieto, Astor metió las manos adentro de las correas. Los dedos se le endurecieron. Apretó una tecla...
Debido a la Gran Depresión en Estados Unidos, la familia regresó transitoriamente a La Feliz. Durante esos nueve meses Astor tomó clases de bandoneón con Libero Pauloni y más tarde con su hermano Homero. Los primeros años de vida del músico estuvieron marcados por las calles de Nueva York, la Ley Seca, la solidaridad entre inmigrantes, la mafia, la pobreza y un dominante clima de jazz. En ese ambiente creció escuchando a figuras como Cab Calloway, Duke Ellington, Al Jolson y Sophie Tucker.
Sin embargo, un encuentro marcaría esos tiempos. El destino puso en su camino al gran Carlos Gardel, mientras rodaba la película “El día que me quieras”. Ese encuentro, a miles de kilómetros de su tierra natal, permitió que aflorara en el joven Astor un sentimiento de pertenencia por su tierra.
Astor tenía tan solo 13 años e interpretó a un canillita. El Zorzal había contratado como extras a muchos argentinos que se encontraban en malas condiciones económicas. Por su aparición, el niño cobró 25 dólares.
Pero su presencia junto a Gardel no se limitó a ese pequeño papel. Como llevaba años viviendo en Nueva York, Astor hablaba inglés con naturalidad y muchas veces ayudaba al cantor a moverse por la ciudad. En más de una ocasión le hacía de traductor improvisado.
“Cuando llego allá, en 1934, yo tenía trece años y vivía en Nueva York desde los tres, con mis padres. Mi padre, que solía tallar figuras en madera, había hecho una en homenaje a Gardel, que representaba a un gaucho con su guitarra”. Vicente sentía una profunda admiración por el cantante y se lo obsequió.

“Gardel se interesó mucho por mí cuando supo que yo tocaba el bandoneón. En realidad fue él quien me enseñó a tocar el tango como se debe hacerlo. Recuerdo que la primera vez que me escuchó me dijo, riéndose: “parecés un gallego tocando tangos...”.
“Poco antes de viajar a Sudamérica —donde habría de ocurrir el accidente fatal— me mandó desde Hollywood un telegrama ofreciéndome un contrato para ir con él. Pero yo tenía sólo catorce años y mis padres no me dejaron partir".
El destino de la talla
Muchos años más tarde, el pianista Andrés D’Aquila, que había sido uno de sus maestros, le relató un hecho curioso. D’Aquila era coleccionista de antigüedades y piezas chinas, y en una de sus recorridas por el barrio chino de Nueva York vio algo que le llamó la atención en una vidriera: un muñeco tallado en madera que representaba a un gaucho con su guitarra.
La madera, según él, había sido originalmente clara, pero con el tiempo se había oscurecido y en algunas partes estaba chamuscada. Debajo tenía una leyenda que decía: “Muñeco que perteneció a un gran cantor argentino. Precio: 20 dólares”.
D’Aquila, que conocía la historia de la figura y sabía que Gardel siempre la llevaba consigo, ató cabos y dedujo que había sido extraída del equipaje del cantor tras el trágico accidente en Medellín. Conmovido por el hallazgo decidió comprarla, pero en ese momento no tenía efectivo. Pensó volver al día siguiente, pero cuando lo hizo la figura ya no estaba. Alguien la había comprado. Nunca más se supo de ella.

Una carta emotiva a Charlie
Años después, ya convertido en uno de los grandes músicos argentinos, Piazzolla evocaría aquel encuentro en una carta imaginaria a Gardel. Escrita en 1978 y dirigida a “Charlie”, como él lo llamaba, recuerda aquellos días en que formó parte de su vida y transmite el reconocimiento, la admiración y el agradecimiento que nunca pudo darle. Tampoco le falta su humor.
Buenos Aires, año de 1978
Querido Charlie:
Quizá llamándote Charlie te acordarás del pibe de 13 años que vivía en Nueva York, que era argentino y tocaba el bandoneón. Además, trabajó de canillita contigo en “El día que me quieras”. Te puse Charlie cuando me preguntaste en tu casa como se decía Carlitos en inglés. ¿Te acordás cuando te llevé un muñeco de madera que había tallado mi viejo?
Esa mañana me dedicaste dos fotos, una para Vicente Piazzolla y otra para “el simpático pibe y futuro gran bandoneonista”. De 1934 a hoy, 1978, pasaron 44 años y realmente no te fallé. ¿Te acordás cuando me llevabas a tus filmaciones en los estudios Paramount de Long Island? Febrero de 1934, la peor nevada del año, dos metros de alto y 10 bajo cero y yo tu traductor de piropos a las pibas que te querían conocer. Nunca olvidaré las dos bicicletas que agarramos con Tito Lusiardo y rompimos tratando de entrar en calor.
Por las tardes solía acompañarte a que te compraras ropa en grandes tiendas de Nueva York. Recorrimos Saks, Macy’s, Florsheini y al fin compraste tus dichosas camisas con rayas verticales y horizontales. Docenas de ellas, zapatos de charol, borsalinos, etcétera, como si te sobrara la guita. Te mostré toda mi ciudad (estaba orgulloso de saber tanto; también... hacía once años que vivía allí), sobre todo en mi barrio, Greenwich Village, adonde te llevaba a conocer las mejores cantinas italianas, y vos, con problemas de buzarda, te cuidabas; sin contar las veces que viniste a mi casa donde probaste los ravioles de la nonina Asunta, además de un final de buñuelos de membrillo. ¡Cómo te gustaba comer bien!
Jamás olvidaré la noche que ofreciste un asado al terminar la filmación de “El día que me quieras”. Fue un honor de los argentinos y uruguayos que vivían en Nueva York. Recuerdo que Alberto Castellano debía tocar el piano y yo el bandoneón, por supuesto para acompañarte a vos cantando. Tuve la loca suerte de que el piano era tan malo que tuve que tocar yo solo y vos cantaste los temas del filme. ¡Qué noche Charlie! Allí fue mi bautismo con el tango. Primer tango de mi vida y ¡acompañando a Gardel! Jamás lo olvidaré. Al poco tiempo te fuiste con Lepera y tus guitarristas a Hollywood. ¿Te acordás que me mandaste dos telegramas para que me uniera a ustedes con mi bandoneón? Era la primavera del 35 y yo cumplía 14 años. Los viejos no me dieron permiso y el sindicato tampoco. Charlie, ¡me salvé! En vez de tocar el bandoneón estaría tocando el arpa.
Empieza la nueva época de mi vida. Volvemos a Mar de Plata en el 36. Me agarra el flechazo de la música y estudio locamente el fuelle. Mi bandoneón y yo nos vamos a Buenos Aires y debuto con Anibal Troilo. ¿Sabés quién es Troilo? Él era vos, tocando el bandoneón. Es como decir, tu continuador. Estábamos en 1939 y hacía 4 años que eras Dios. Tus filmes y discos subieron desesperadamente. ¡Ahora los giles descubren que cantabas bien! Se acuerdan de aquel momento en que preferían escuchar a otros cantores. Tu teatro estaba vacío. Tu ida a Europa fue premonitoria y tus presentaciones son cada vez más importantes. Después los Estados Unidos, tus filmes, Hollywood, Centroamérica y Medellín, el fin de la ruta. ¿Sabés una cosa? A mí tampoco me gusta el avión, menos esa catramina que tomaste vos. Pero... después de tu ausencia comienzan a aparecer los nuevos personajes de Buenos Aires, Charlie... Le arruinaste la vida a los cantores, esos que solían decir: “Menos mal que se fue Gardel y hay más laburo para nosotros”, y otros contestaban: “¡Guarda, muchachos! Que quedan los discos”.
Aprovechando este momento, aparece una nueva clase social: “las viudas de Gardel”, personajes que compraban o tenían tus discos. Automáticamente se hacían locutores de radio y “críticos”; además todos decían que eran amigos tuyos y nunca te habían visto en la vida. Esta gente que tiene su clan formado en toda la Argentina, Uruguay, Colombia, Venezuela y muchos países más, hace casi 45 años que viven gracias a vos. Pero allí no termina la cosa. Después del 1936 nacen los Gardelianos, Gardelones, Gardelitos o Gardeluchos. Son unos bichos raros que usan tu sonrisa, tus mismas pilchas, tu misma manera de andar y de hablar, pero lo que no pueden hacer es cantar como vos.
Charlie, sé que estarás muriendo de risa, no es para menos. Te puedo decir que la mayoría de los cantores quisieron ser Gardel, y Gardel fue todos. Aquí se ha corrido la voz de que tus discos ensayan de noche, por eso cada día cantás mejor. Te cuento una linda, Charlie: ciertos profesores de canto del Teatro Colón hacen escuchar tus discos como modelo de canto y estoy seguro de que siempre estarás mirándonos de allá arriba y pensarás que te hubiera gustado cantar los grandes tangos del 40; además yo hubiera escrito para vos y te hubiera hecho los arreglos y tocaría el bandoneón. ¡Matamos Charlie!
Lo único que no quisiera usar en la orquesta es el arpa. Allá tendrás una colección de todos los colores. Vos que conoces a los ángeles ¿por qué no les pedís que cambien el sistema y metan un bandoneón en la orquesta? Mirá que están el gordo Pichuco, Maffia, Laurenz. Me estoy entusiasmando demasiado y prefiero esperar un poco para ser yo quien organice esa orquesta. Me voy a trabajar, o sea, como se dice hoy, “¡tengo un recital!”.
Voy a pensar en el pibe Piazzolla cuando vos le dijiste: “Ahora poné música de Arrabal amargo y dale con todo”. Era la primavera del 35 y había nacido el dúo Gardel-Piazzolla. Soy un tipo de suerte. Algún día nos encontraremos en el último piso. Esperame, pero.... no te mueras nunca.
Astor Pantaleón Piazzolla
La nueva música de Buenos Aires
Astor confesó que tenía pánico a volar y rezaba solo en inglés, porque así le habían enseñado en la escuela y nunca lo aprendió de otro modo. Lo contó en el programa de Mirtha Legrand, que lo reunió en su mesa junto al periodista Bernardo Neustadt, quien solía usar su música como cortina de su programa.
La grabación data de diciembre de 1976, en los inicios de la dictadura, uno de los períodos más oscuros de la historia argentina.

“A pesar del miedo viajo, porque tengo que trabajar”, dijo antes de presentarse en el Gran Rex. Llevaba una chaqueta formal y la camisa con los primeros botones desabrochados que dejaban asomar cadenas y dijes en el pecho, detalle que no pasó inadvertido para Mirtha, quien le preguntó por cada uno de ellos: sus talismanes de la suerte, entre ellos los peces de su signo.
Cuando le preguntó si tenía hermanos, respondió “Hijo único, pisciano y solo. Otro como este...”, bromeó. De chico lo echaron del colegio y también intentó fugarse de su casa en bicicleta en Nueva York. Se alejó unas veinte millas (unos 32 km), relató, pero decidió volver por el gran amor que sentía por sus padres y el ejemplo que le daban.
Regresó a la Argentina en 1937 con la intención de tocar tangos y trabajar profesionalmente con su bandoneón. Tocaba y componía para la orquesta de Aníbal Troilo cuando empezó a hacerse conocido, mientras estudiaba música con Alberto Ginastera. Las críticas del mundo tradicional del tango no tardaron en aparecer: ninguna radio difundía sus temas, los clubes no lo contrataban y ningún sello quería editar sus discos. “Para tener enemigos tenés que cambiar”, afirmó en la mencionada entrevista.
En 1944 abandonó la orquesta de Troilo para forjar su propia carrera. En 1954 viajó a París para estudiar con Nadia Boulanger, quien lo alentó a componer tango cuando él no estaba convencido. Durante esa estadía grabó Sinfonía de tango, el primer disco de su nueva etapa, de los cerca de cuarenta discos que registraría a lo largo de su carrera en Argentina, Italia, Francia y Estados Unidos.

Cuando en las décadas de 1950 y 1960 los tangueros tradicionales lo acusaban de ser “el asesino del tango”, Piazzolla respondía con otra definición: “Es música contemporánea de Buenos Aires”.
Regresó a la Argentina en 1955 sin lograr todavía el reconocimiento en su propia tierra. Volvió a viajar a Estados Unidos y, estando allí, murió su padre, Nonino Piazzolla.
Astor regresó inmediatamente y, encerrado en su habitación, compuso “Adiós Nonino”, su obra más emblemática. “Intenté muchas veces componer algo mejor, y nunca pude”. Actualmente existen unas 170 versiones de “Adiós Nonino” de distintos músicos.
Fue Osvaldo Pugliese uno de los músicos que más valoró su obra y quien le abrió definitivamente las puertas del tango porteño. A partir de allí trabajó con Edmundo Rivero, Jorge Sobral, Juan Carlos Copes, Horacio Malvicino, Horacio Ferrer, Amelita Baltar y Lalo Schifrin.
“Toda esa gente que yo amo”
En la mesa de Mirtha, Astor dio otra muestra de que además de ser un músico brillante era un gran narrador de anécdotas.
Contó una experiencia en un evento que duró una semana en Venecia para recaudar fondos para rescatar el arte del agua, donde conoció a muchas estrellas, entre ellas, Paul McCartney, que viajaba con sus ocho perros, 132 asistentes, 8 camiones y 125 toneladas de equipaje “para tocar mal”, criticó al ex Beatle, que a su parecer ponía más empeño en los efectos visuales que en la música. También mencionó las dificultades de los extranjeros para pronunciar la palabra bandoneón y explicó su truco mnemotécnico: band + onion (cebolla). Otra curiosidad que le hizo gracia: lo presentaron como “ítalo-argentino”. “Si te va mal en Italia te llaman argentino; si te va bien te llaman ítalo-argentino”, bromeó.
En esa misma mesa sorprendió al declarar que se sentía más cerca de los rockeros de los años setenta que de muchos tangueros. Y declaró su amor al rock nacional.

“Hay una cosa muy positiva, que son los nuevos conjuntos rock, que es mi sueño ver también gente joven que sigue mi camino musical y ver como Alas, Spinetta, Charly García, toda esa gente que yo amo”. Y continuó: “Yo amo más esa gente que la gente del tango. No sé si es una barbaridad lo que voy a decir pero los amo porque son jóvenes con inquietudes. Yo no conozco ningún joven de 18, 19 años que se ponga a estudiar el piano, el violín, la flauta o el bandoneón, para tocar tangos. Para tocar música progresiva que tiene que ver con el tango, ahora sí, porque lo que hace Spinetta, lo que está haciendo Alas es música de Buenos Aires. Ahora está ocurriendo un fenómeno muy especial, hoy 14 de diciembre de 1976, va a ocurrir un fenómeno como el de Los Beatles en 1960, está naciendo una nueva música de Buenos Aires. A estos chicos, estos muchachos, hay que apoyarlos porque ellos son los únicos que pueden salvar nuestra música de que desaparezca. Aseguró que el tango tradicional había dejado de interesar, y que la gente joven quería ruido, y que él también quería ruido, en el buen sentido, aclaró.
“Esa gente joven, que quizás para las compañías grabadoras, para la televisión, para la radio, para los recitales, son desconocidos, pienso que ellos tienen que poner el cerebro en remojo, esta gente, y ayudar a esta gente joven que está haciendo la música de Buenos Aires y son los que van a llevar adelante nuestra música, por lo menos, 20 a 25 años más”.
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