
Cuando Idrissa Diop llegó a Argentina, la única palabra que sabía decir en español era “Sí”. Fue en el verano de 2018, recuerda, y el plan inicial era quedarse apenas tres meses. Bailarín de profesión, vino desde Senegal para participar de una gira, pero poco antes de regresar a su país su pasaporte venció y no pudo continuar el viaje.
Pasaron ocho años desde entonces. Hoy Idrissa se considera “un porteño más”. Su principal actividad son las clases de sabar, la danza típica de Senegal, que enseña en plazas y a las que convoca a través de sus redes sociales. Los miércoles son en la plaza General Francisco Ramírez, en el barrio de Belgrano. Hasta allí llega Infobae una tarde calurosa de enero. Un grupo de skaters ensaya trucos en la pista mientras una pareja se desafía en el ping-pong. Hay perros corriendo, chicos deslizándose por toboganes con forma de tubo y algunas personas tomando mate. A esa postal se suma este senegalés con su parlante, su ropa de colores intensos y el cuerpo dispuesto a bailar.
Todavía faltan unos minutos para las 18. A diferencia de otros miércoles, hoy la clase tiene solo tres alumnos. Con el calor y las vacaciones, la asistencia baja. A Idrissa o Idri, como lo llaman, no parece preocuparlo. “Mi creencia es que si vos venís, yo bailar. Si vos no venís, yo bailar igual. Porque eso hace un profesor”, le dice a esta cronista. “No voy a quedar quieto porque, capaz, en ese lugar Dios va a poner una persona que me vea. La vida es eso”, agrega.
Cuando dice “eso”, Idrissa habla de estar en movimiento. De seguir intentando, incluso cuando no hay certezas. Su presente es parte de una construcción paciente: un paso tras otro para “plantar” su danza en un país que no era el suyo. Pero el camino no fue lineal. Como a muchos migrantes senegaleses en Argentina, le tocó aprender el idioma en la calle, trabajar en la venta ambulante para sostenerse y enfrentar operativos en los que perdió su mercadería.
En esta nota repasa los desafíos que atravesó, cuenta qué significa para él compartir su cultura con los argentinos y el sueño de convertirse en embajador del sabar.
Su llegada a Argentina
Nació el 16 de julio de 1990 en la ciudad de Thiès, ubicada al oeste de Senegal. Es el segundo de siete hermanos y su nombre tiene origen islámico. “Idrissa significa inmortal”, cuenta. Hasta los 19 años jugó al fútbol, aunque también le gustaba bailar. Cuando tuvo que elegir entre la pelota y la danza, se quedó con la danza y decidió profesionalizarse.
A los 20 hizo su primera migración: se fue de Thiès a Louga (a unos 130 kilómetros), conocida como “la capital cultural del país”. Allí se convirtió en miembro del grupo Renacimiento, donde se formó como bailarín y también como docente. En paralelo ingresó al Círculo de la Juventud, con el que participó en distintos eventos.
En uno de esos espectáculos llamó la atención de un productor que le propuso una gira por América Latina. Tenía 28 años y era la primera vez que salía de Senegal. Ese viaje lo trajo a Argentina. Llegó junto a su grupo de baile Babacar Los Diengoz & Sonidos de África, sin saber nada de español (NdR.: en Senegal la lengua más hablada es el wolof y muchos también manejan el francés): “Después la gente me empezó a enseñar: ‘Hola’, ‘Buen día’. A veces ‘Buen día’ yo lo equivoco y decía: ‘Buenas noches’. Después también escuchar cómo se pronuncian las palabras”.
Durante la gira recorrió distintas provincias —Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba— y localidades del Gran Buenos Aires y de la costa atlántica. Bailó en teatros llenos y fue aplaudido por el público. Pero cuando llegó el momento de regresar no pudo hacerlo. “Mi pasaporte terminó acá”, resume.

Como Senegal no tiene representación diplomática en Argentina, el trámite debía hacerse a través del consulado en Brasil. Según cuenta, los organizadores le habían prometido que iban a ayudarlo, pero eso nunca ocurrió. La gira siguió y se fueron sin él. De un día para otro, quedó solo en un país cuyo idioma no manejaba y sin dinero para volver.
A pesar de eso, no se desesperó. Tenía claro que era una cuestión de tiempo pero, sobre todo, tenía fe en Dios. Mientras tanto buscó red entre otros migrantes senegaleses: “Ellos mandan un mensaje al consulado y dicen que la gente que renueva el pasaporte va a venir a Argentina. Yo hablo con mi familia y me ayudaron a juntar la plata para pagar el trámite y volver”.
Hasta ese momento quedarse en el país no era opción. Pero mientras esperaba que se solucionara el tema de la documentación tuvo la idea de compartir aquello que lo había traído hasta acá. “Yo pensar: ‘En Argentina no hay cultura de Senegal. Yo puedo plantar la danza acá. No tengo miedo’”, reconoce.

Plantar la danza y enfrentar obstáculos
La inmigración senegalesa a la Argentina comenzó a mediados de la década de 1990 y creció en las dos décadas siguientes, cuando Europa endureció sus políticas de ingreso. En ese contexto, el Estado argentino implementó distintos regímenes especiales de regularización —en 2004, 2013 y 2022— para facilitar la residencia de este colectivo. Según el último relevamiento oficial, en el país hay al menos 2.267 personas de origen senegalés con DNI argentino, aunque la cifra real sería mayor porque no incluye a quienes aún están en trámite o en situación informal.
Idrissa forma parte de esa comunidad. En 2020 obtuvo su DNI argentino, un paso clave para estabilizar su situación migratoria. Pero el camino para llegar hasta ahí empezó mucho antes.
Arrancó dando clases en centros culturales de la mano de Ayelén Guevara, que también es profesora de afro. Luego decidió independizarse y, sobre todo, hacerse ver. Compró un parlante, imprimió panfletos y empezó a repartirlos para convocar alumnos. “La cultura de nosotros no necesita cerrar. Cuando cierra, la gente no lo ve”, explica.
Para 2019 ya estaba enseñando sabar en Parque Centenario. Allí conoció a Celeste Gómez Machado, entonces alumna suya. La mujer, que además es cantante, llegó a su primera clase casi por casualidad: encontró un panfleto en la calle y decidió ir a probar. Un año después se casaron en Senegal mediante una ceremonia islámica remota y hoy son padres de Suadu y Birima, de 2 y 5 años.

La pandemia interrumpió sus planes, pero cuando terminaron las restricciones fue uno de los primeros en volver a bailar al aire libre. En paralelo consolidó su recorrido artístico con pequeños logros: en 2019 fue parte del staff de baile del cantante Sebastián Yatra en sus shows en el país; en 2021 participó del Festival Internacional de Folclore; en 2022 filmó una publicidad para Uber Canadá; y en 2024 fue seleccionado como uno de los protagonistas de Extraño ser, una obra de teatro sobre experiencias migratorias.
Sin embargo, la danza y la actuación nunca fueron su principal fuente de ingresos. Como muchos senegaleses en Argentina, también trabajó en la venta ambulante. “Cuando empecé viviendo acá yo estuve trabajando en la calle vendiendo ropa deportiva y lentes en Once. En 2024, en un operativo nos llevaron toda nuestra mercadería. Perdí casi tres millones de pesos. Me dejaron sin nada. Fue duro, pero siempre con fe de que Dios va a mandar otra cosa”, dice.
La fe no es un detalle menor en su historia. Idrissa es musulmán practicante y suele explicar los giros de su vida como parte de un designio espiritual. “Antes que yo venir acá, yo rezo mi rezo. Ahora, cuando vuelve, yo va a rezar mi rezo”, cuenta.

Después del operativo trabajó en una verdulería cerca de su casa, en el barrio de Belgrano. Hoy suma ingresos haciendo entregas para la aplicación Rappi mientras continúa dando clases de sabar.
Según Lucía Galoppo, abogada del equipo de Trabajo Internacional del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), los controles sobre vendedores ambulantes suelen cruzarse con controles migratorios y recaer sobre los sectores más vulnerables.
“El Estado tiene la potestad de controlar el espacio público y la permanencia migratoria. Esas herramientas muchas veces se aplican sobre los grupos con menos recursos y más dificultades para subsistir. Las personas que venden en la calle son el último eslabón de una cadena comercial y, generalmente, se endeudan muchísimo para conseguir la mercadería. Restringirles la venta los empuja a una situación todavía más marginal, porque le restringen las vías de subsistencia”, explica.
Para Galoppo, además, existe un componente racial evidente. “Cuando la policía sale a hacer controles y ve a una persona senegalesa en la calle no distingue si es residente permanente, si está en trámite o si es irregular. Lo que ve es una persona negra y presume que no va a tener sus documentos en regla o va a estar cometiendo algún tipo de contravención. Tener DNI es importante, pero frente a la violencia policial en la calle, vale lo mismo el que lo tiene que el que no lo tiene”.

Embajador del sabar
La clase que nos trajo a la plaza General Francisco Ramírez dura una hora y media. Idrissa va y viene. A diferencia de sus alumnos, él baila descalzo sobre el asfalto. “Es más tradicional”, explica. Se desliza hacia la derecha, luego hacia la izquierda, mueve las piernas y los brazos con velocidad y precisión. Salta. Ríe. Hace algunas correcciones y vuelve a marcar el paso.
Las dos argentinas que ahora siguen sus pasos describen a Idrissa como un docente paciente, generoso y obsesivo con el detalle. Natalia toma clases de sabar con él desde hace dos años. Aficionada a la danza africana, afrocubana y afrolatina, sostiene que en el senegalés encontró algo distinto. “Tiene un estilo especial. Mezcla distintas fusiones y es muy didáctico”, le dice a Infobae. A su lado, Paula le da un sorbo a la botella de agua y asiente con la cabeza. Según cuenta, empezó a tomar clases en octubre pasado, también en Parque Centenario, y además en Belgrano los miércoles y los sábados. Se interesó por esta danza después de un viaje a Guinea y Congo. “En Idrissa encontré una persona paciente a la que le gusta enseñar. Nunca me había animado al sabar por el vuelo y los saltos, pero me estoy sorprendiendo”, asegura.

–El sabar que enseñás a bailar acá, ¿es 100% senegalés o mezclaste con otros estilos musicales de Argentina?
–Sí, yo crear mi estilo. A veces yo pone pasos de chacarera adentro. Malambo también porque tiene el mismo paso. Son danzas de pierna. Hay conexión.
–¿Qué sentís al enseñarle tu danza a los argentinos?
–Bien, porque es un intercambio cultural. Yo también estoy aprendiendo acá otra manera de vivencia. Hice mi parte con fe y con amor, pero si no era por los argentinos no puede plantar sabar acá. Los argentinos son muy generosos: les gusta compartir mate, invitarte a hacer asados. Son gente muy social.
En 2021, Idrissa fundó su propia compañía de danza y artes escénicas. La llamó Niokobok, que en español significa “compartir”. Hoy reúne a 12 integrantes. “Mi sueño es tener una gran escuela con todos mis amigos y ser embajador nacional del sabar”, dice.
–¿Extrañás Senegal?
–Sí, yo la extraño mucho y en algún momento yo voy a viajar, pero tiene que juntar la plata. Acá las clases no dan tanto como necesitás.

–Si tuvieras que comparar al Idrissa que llegó en 2018 con el de ahora, ¿qué dirías?
–Idrissa que llegó está más tranquilo, más escuchar. Idrissa de hoy puede brillar. Descubrió su camino, sabe bien dónde ir y con quién. Cuando planta algo, algunas personas no quieren que vos brillar. El arte es muy lindo, pero también es muy sucio. Hace competición. Yo busco transmitir cosas buenas.
–Decís que el arte es sucio, ¿alguna vez viviste algún episodio de discriminación?
–No sé. Si pasó, no me llegó al corazón porque yo hablo. Cuando vos me hablás de una manera que no tienes que hablar, yo te respondo directo. Voy a contestar con respecto. En Argentina se habla todo el tiempo. Nosotros hablar menos y hacer más. Siempre tenés que tener tolerancia y educar.
–Después de ocho años de estar viviendo acá, ¿te sentís argentino o un senegalés que vive en Argentina?
–Soy porteño. Soy gaucho. Tomo mate y escucho chacarera. Desde 2021, cada octubre, voy al Festival Internacional de Folclore “Ashpa Súmaj” en Termas de Río Hondo. Represento a Senegal con mi compañía Niokobok. A veces somos diez personas, siete, a veces cuatro, cinco… Mi próxima idea es plantar acá el reguetón sabar. Porque no hay uno solo estilo: el sabar se puede hacer fusión con cualquier música del mundo porque sabar es universal.
*En Instagram Idrissa Diop es @idrissa.senegal
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