Fueron solo doce las palabras que el papa Francisco pronunció desde una ventana de la clínica Gemelli, donde permaneció internado durante 38 días a causa de una neumonía bilateral que presentó sendas complicaciones. En ese breve discurso, sentado en una silla de ruedas, saludó con ambas mano y, esbozó una sonrisa sensible. Su rasgo cambió cuando descubrió entre el público, devotos preocupados que habían seguido con atención su recuperación, a una mujer y a lo que la mujer llevaba en sus manos. “Grazie a tutti...vedo a questa signora con i fiori gialle... ¡Brava!”, expresó ante el micrófono en señal de gratitud con los presentes, pero especialmente con una fiel: “Veo a una señora con las flores amarillas, qué bien”.
La señora de las flores amarillas se llama Carmela Mancuso, tiene 79 años, le dicen “Carmelina”, había sido docente en Monterosso Calabro, un pequeño pueblo de montaña en la provincia de Vibo Valentia, emplazado al sur de Italia, pero desde hace seis años vive en el barrio de Monteverde, en Roma. Fue doce veces al policlínico durante el tiempo en el que el Santo Padre estuvo hospitalizado. Cada vez que asistió a rezar por su recuperación llevó un ramo de flores amarillas, el color de la luz, tal como solía decir.
Cuando el Papa la distinguió entre la multitud desde la ventana del hospital, pidió recoger esa ofrenda. No se lo quedó. Al regresar de la clínica en camino a Santa Marta, cumplió con una de sus costumbres: rezar en la Basílica de Santa María la Mayor, una imponente edificación del siglo V, donde el Sumo Pontífice eligió ser sepultado. La iglesia queda, curiosamente, enfrente del consulado argentino en la capital italiana. Cuando solicitó alterar el rumbo de la comitiva, la delegación no tuvo tiempo de preparar una rampa para que el Papa acceda por las escaleras al templo. Quería entregar el ramo de Carmela. No fue Francisco, entonces, sino el cardenal Makrickas el encargado de depositar las flores a los pies de la Salus Populi Romani.
Este martes, Carmela apareció de nuevo con sus flores amarillas, su bufanda multicolor y su suéter violeta, en las inmediaciones de la Casa Santa Marta, donde el lunes por la mañana falleció el Santo Padre. Fue la única persona laica, fuera de los cardenales, facultada para acceder a la capilla para despedir al Papa. Infobae la halló en las puertas de la residencia.

“Ayer las traje como un deseo -dijo en referencia a su ramo-. Creía en una mejoría. Siempre creí en una recuperación”. Consultada sobre su vinculación con la muerte del obispo, expresó: “Es el camino que todos tomamos. Él se fue al cielo y reza por todos nosotros. Era verdaderamente un santo, un santo, Yo lo llamaba siempre Santo Padre, Santo Padre. Y lo hice durante seis años: llevaba flores, iba a todas las celebraciones, pero a las audiencias iba todos los miércoles y recuerdo su alegría cada vez que veía las flores”.
Contó que la primera vez que se las dio, él le preguntó: “¿Son para mí?”. “Cada vez que le daba las flores se paraba y teníamos una conversación. Una vez, cuando yo llevé las flores, me dijo ‘pero usted también es una niña’, porque iba a la izquierda y a la derecha. Y entonces me decía que me quedara siempre así”.
Y la última vez que lo vio había sido el domingo de Pascua, tras su última aparición pública desde el balcón de la Basílica de San Pedro, donde se mostró en silla de ruedas, sin las cánulas nasales para el oxígeno, donde hizo un contundente llamamiento por la libertad religiosa como condición indispensable para la paz en el mundo, en el marco de la tradicional bendición “Urbi et Orbi”. “No puede haber paz sin libertad de religión, libertad de pensamiento, libertad de expresión y respeto por las opiniones de los demás”, afirmó esa mañana ante 35.000 fieles congregados en la plaza.

Carmela era una de las presentes. Relató que le dejaron estar cerca de él cuando bajó del ascensor y se subió el papamóvil. “Sentí una gran alegría. Le di las flores, le deseé lo mejor, lo saludé en nombre de todos mis amigos, mis familiares y de todo el mundo. Lo abracé, lo besé y él me dio otra corona del rosario porque la noche anterior me había dado su bendición. Justo antes de ir a la basílica se detuvo. Yo no sabía que tenía esa posibilidad. El gendarme me llamó y me dijo que estaba ahí el Santo Padre. ¡Qué felicidad! Cuando vi al Santo Padre, me apresuré, él me estaba esperando para darme otro rosario. Y cuando fui allí, ¡qué alegría, qué alegría! Santo Padre, lo abracé, le besé las manos y le deseé una buena recuperación”.
Carmela fue identificada como “la señora de las flores” el día en que el Papa recibió el alta médica y la nombró desde el balcón del sanatorio. La prensa del Vaticano la abordó instantes después de haber sido señalada por Francisco. “No sé qué decir. Gracias, gracias. Gracias al Señor y al Santo Padre. No me creía tan ‘vista’”, sostuvo con voz temblorosa mientras la emoción la envolvía en llanto. “El Santo Padre tenía que dar la bendición y en su lugar vio mi mazo de rosas. Le deseo una pronta recuperación y que vuelva como antes entre nosotros”, alcanzó a decir entre sollozos y estremecimiento.

La primera vez que levantó un ramo de rosas amarillas fue para acompañar a una mujer al hospital pediátrico Bambino Gesú, conocido también como “el hospital del Papa” en la ciudad romana. Carmela se había enterado de la triste historia de una niña de solo tres meses a la que debían operar de urgencia. Durante una visita a la Divina Misericordia, una iglesia cercana a la Plaza de San Pedro, conoció a la tía de la paciente, quien le reveló que tenía miedo de ir a visitarla. Carmela decidió acompañarla: llevó consigo un ramo de rosas amarillas. “Desde entonces, siempre empecé a llevar flores en señal de agradecimiento. De hecho, cada vez que llevo flores, pongo una tarjeta con muchos mensajes y pido una bendición para mis familiares y amigos. Y desde hace un mes también para el Papa”, contó hace un mes, cuando a fines de marzo el Papa había recibido el alta clínica.
Desde que se instaló en Roma hace seis años, Mancuso viajaba con periodicidad en tren desde Monteverde al Vaticano, para unirse a los fieles en la Plaza de San Pedro y rezar el rosario. La primera vez que vio al papa Francisco había sido en diciembre de 2017. Desde entonces, acudía con regularidad a las audiencias papales al público de todos los miércoles y a diferentes celebraciones conducidas por el Santo Padre. En las últimas semanas, su frecuencia había aumentado al compás de su preocupación por la salud del pontífice de 88 años. Los médicos y los agentes de seguridad ya la identificaban entre los fieles gracias a la curiosidad de su ramo amarillo. Ella guardaba con orgullo imágenes impresas de cada una de sus visitas a la plaza vaticana que ostentaba frente a la prensa y los devotos.
Ahora, Carmela, la señora de las flores, dejó por última vez su ramo junto al féretro, en la capilla de la residencia privada donde dos guardias suizos velan día y noche los restos del papa Francisco.
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