
“Empecé a hacer pulseras durante las quimios porque me aburría mucho”. Lautaro Demarco le cuenta a Infobae cómo sobrelleva una situación extrema, pero lo hace con una sonrisa que contagia alegría, la del alma de un niño. Tiene apenas 11 años pero energía y madurez suficiente para enfrentar un problema. En marzo, le diagnosticaron un sarcoma de Ewing, justo cuando su madre estaba terminando el tratamiento con el que superó un cáncer de mama. Desde aquel momento, su rutina cambió notablemente. Pero esto no le impidió continuar su vida ni dejar sus pasiones.
“Cuando tenía las quimioterapias, no sabía qué hacer. Miraba el celular a cada rato o dormía para pasar el tiempo. Pero desde que comencé a hacer esto, la paso mejor y me olvido de todo, hasta de que tengo que hacer tratamiento”, comenta el nene sobre la forma que eligió para transitar las sesiones, después de que le dieran la noticia de que padecía un tipo de cáncer en los huesos y tejidos blandos.

Y así, sin esperarlo, en el Hospital Alemán, donde se atiende, nació un nuevo emprendimiento que es furor en su cuenta de Instagram @lautipulseras. “Un día estaba preparando un pedido y fueron unas doctoras a revisarme. Me encontraron haciendo pulseras y me pidieron mi Instagram. En ese momento, tenía poquitos seguidores y todos familiares. De a poco, fueron llegando más pedidos, incluso de personas que no conocía. Nunca pensé que iba a pasar”, relata sobre el inicio de su proyecto que crece cada día.

De pronto, empezó a producir brazaletes en mayor cantidad, de diversas formas y de todos los colores. Incluso, como fan indiscutible de Emilia Mernes, prepara una pulsera que espera poder obsequiarle, algún día, a la artista. “Explotaría de emoción”, confiesa sobre la idea.

Así pasa cada internación. Lautaro ya logró completar la mitad del tratamiento: lleva siete sesiones de quimioterapia y restan siete más. Recientemente, supo que también debía hacer rayos. Y aunque admite que al principio le causó “angustia”, esto no lo hace bajar los brazos. Al contrario.
Bastan segundos para notar que es un nene alegre y desenvuelto. Su energía es realmente admirable. Y a esto, sus padres, Florencia y Alejandro, lo saben muy bien. “Está llevando el proceso de una manera increíble”, comentan orgullosos.

“Hay momentos en los que está de mejor humor, pero se la re banca. Las internaciones son cada 15 días: tiene un ciclo corto, que lleva mejor, y un ciclo largo. La pasa como puede durante estos períodos y después trata de levantar. También hay recaídas. Cuando tiene 37.5 de fiebre, tiene que volver al hospital y sabemos que va a quedar internado por dos o tres días más porque tienen que hacer cultivos y eso tarda”, explica su mamá.
Y continúa: “Estas noticias, lo ponen un poco triste porque sabe que son tres días más de internación. Pero la lleva súper bien para la edad que tiene, la verdad es que es todo un señor. No se queja jamás”. Sobre este punto, su papá agrega: “A veces se le hace muy corto el tiempo en casa y pasa varios días en el hospital”.

“Ahora las quimios son más cortas y tiene mucha energía. Un martes salimos de la sesión y me dijo: ‘¿Hago tiempo para ir al colegio?’. Ese día, no pudo ir porque hacía mucho frío, pero pudo asistir el miércoles y el jueves. A su vez, el viernes jugó al vóley. Está con más pilas”, remarca Florencia.
Fue ella quien, sin querer, terminó preparando a Lautaro para lo que vendría. Meses antes, a Florencia le diagnosticaron cáncer de mama. “Sin poder finalizar el tratamiento, nos enteramos de lo que le pasaba a Lauti. Así que, de forma paralela, madre e hijo llevaban un tratamiento similar”, explica Alejandro. Y prosigue: “Ella hacía rayos y él, las quimioterapias”.

“Él empezó con dolor de cabeza en febrero. Después, se le sumaron vómitos. Ya faltaban pocas semanas para volver al colegio y la situación persistía. Lo llevamos al hospital y le hicieron controles neurológicos, pero no vieron nada. Lo mandaron al gastroenterólogo y seguía igual. Volvimos a pedir una tomografía porque ya no era normal. Ahí comenzó todo. Por suerte, actuaron súper rápido y el equipo fue increíble”, recuerdan los padres con una memoria detallista.
“Nos pasó en simultáneo, a veces decimos que fue así por algo. Cuando nos dieron el diagnóstico, primero le sacaron el tumor a Lauti y nos tenían que decir si era bueno o malo. Estábamos convencidos de que todo iba a estar bien. Pero cuando nos dieron la mala noticia, nuestras caras cambiaron por completo. Y cuando salimos del consultorio, éramos otras personas. Lauti se dio cuenta. ‘Mamá, ¿qué pasó?’, me preguntó. Entonces tuvimos que explicarle que la ‘pelotita’ que le habían sacado, al final, era mala”, detalla Florencia, aún conmovida.

“¿Qué voy a tener que hacer, quimio como vos?”, le preguntó el nene a su mamá. “Estaba un paso adelante de todo. Creo que eso le resolvió un montón de cosas. Cuando se tuvo que cortar el pelo, me dijo: ‘Mami, yo me voy a cortar el pelo antes porque no quiero que me queden los huecos como a vos’”, cuenta.
Y agrega, recordando las fechas exactas: “Yo terminé con la última quimio el 4 de marzo. Ya tenía los turnos para empezar con rayos, pero eso se demoró. El 11 de marzo, le diagnosticaron el sarcoma. Trajimos a Lauti al hospital, quedó internado y el 15 ya estaba en cirugía. Fue todo muy rápido”.

“Vivió muy de cerca mi proceso, entonces pudo saber que las quimios se hacían y que no pasaba nada, que estaba todo bien, que yo seguía activa durante todo el tratamiento, que el pelo vuelve a crecer. Queremos creer que pasó para que él tomara fuerza y pudiera llevarlo de la mejor forma”, enfatiza. Es que un hijo aprende todo de su madre. Incluso lo que menos espera.
Ahora, Lauti sabe que tendrá que transitar lo mismo que su madre. “Al principio, me angustié un poco”, confesó a sus seguidores de Instagram cuando las médicas le contaron que debía continuar con rayos. Sin embargo, encara esta segunda parte del tratamiento con mucha energía, como siempre.

También sigue disfrutando, bailando y cantando -canciones de Emilia, por supuesto-, tal como le gusta, en su casa de Monserrat, donde vive con sus padres y su hermano Alejo, de 7 años.
“Ya voy por mitad de camino”, se recuerda Lauti, a menudo, con mucho orgullo. Para su entorno, como también para la gente que lo sigue en las redes sociales, es “un guerrero muy valiente”. Y eso queda más que claro.
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