
Para noviembre de 1820 José de San Martín había apostado sus fuerzas en el valle de Huaura, cuya ciudad se transformó en el primer lugar donde el libertador hizo jurar la independencia, en plena campaña del Perú.
De esta forma, cortaba las comunicaciones entre Lima y las provincias de norte. Estaba en un terreno donde le permitía o bien avanzar hacia la capital o replegarse en caso de verse comprometido. Sabía que enfrente el virrey Pezuela estaba cerca de la capital con siete mil hombres y, en esas circunstancias, un choque frontal no era lo más recomendable.
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Por sus agentes apostados en Lima, se enteró que el Numancia, uno de los batallones enemigos, formado por 650 americanos, quería pasarse a las filas libertadoras. Ordenó al coronel Rudecindo Alvarado que con 700 jinetes protegiese la marcha de ese batallón, que en ese momento conformaba la vanguardia realista.
Alvarado dispuso que el teniente puntano de 25 años Juan Pascual Pringles, con 18 granaderos a caballo y un guía, se adelantase y llevase instrucciones al capitán colombiano Tomás Heres, jefe del Numancia. Tenía la orden expresa de no comprometerse en ningún combate con el enemigo.
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Cuando el 27 de noviembre de 1820 llegó a la caleta de Pescadores, a unos 15 kilómetros de Chancay, en un terreno quebrado a orillas del mar, fue sorprendido por la caballería realista. Al ver que una fracción de sesenta jinetes de Dragones al mando del capitán Fernández iba a su encuentro, el puntano se olvidó de sus órdenes y ordenó una carga.
Eran tres contra uno. Fue rechazado.
Cuando retrocedió, vio que en su retaguardia jinetes enemigos le cerraban el paso. En lugar de rehuir la lucha, arremetió contra ellos y la mayoría de sus hombres fueron puestos fuera de combate. Tres de sus granaderos estaban muertos y once yacían heridos, Pringles entre ellos. Solo quedaban cuatro en condiciones para continuar peleando.
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Sin embargo, no estaba en sus planes rendirse. Acorralado por el enemigo, tomó la drástica decisión de arrojarse al mar con caballo y todo, acción que fue imitada por sus hombres. Prefería ahogarse a rendirse.
A los gritos, el coronel asturiano Jerónimo Valdés le ofreció la rendición con todos los honores, ya cuando el fuerte oleaje había puesto a su caballo, espantado, patas para arriba.
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Pringles accedió, y sus hombres debieron ser ayudados por los españoles a salir del agua. La acción provocó que el enemigo sufriera 26 bajas, entre muertos y heridos.
La desobediencia de Pringles a las órdenes impartidas demoró el paso a las filas patriotas del batallón Numancia, que finalmente lo haría el 2 de diciembre.
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Junto a sus hombres, quedó en poder de los españoles en Casas Matas y dos meses después fue canjeado por prisioneros enemigos.
Había nacido en San Luis el 17 de mayo de 1795 en la casa familiar de Nueve de Julio y Colón en la capital. Dejó su empleo de tendero y en octubre de 1815 entró a las milicias de su provincia, que comandaba Vicente Dupuy. Como alférez, tuvo participación en la represión de la sublevación de 300 prisioneros realistas de los combates de Chacabuco y Maipú que estalló el 8 de febrero de 1819, alojados en la ciudad de San Luis.
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Con la generalización de la guerra civil, se había dispuesto que los prisioneros no salieran de noche y no visitasen casas de familia, como solían hacer, ya que estaban integrados a la comunidad local. En el medio había nacido una antipatía entre Bernardo de Monteagudo, recién llegado, y dos españoles, flechados por una de las hermanas de Pringles.
Cuando corrió el rumor de que los separarían, unos cuarenta españoles tramaron una sublevación para poder huir, tal vez hacia la pampa en busca de alguna montonera o bien buscar un paso hacia Chile. El plan contemplaba detener al teniente gobernador Dupuy y a Monteagudo, tomar la guarnición militar, conseguir caballos y escapar. Sin embargo en el cuartel, si bien redujeron a la guardia, se encontraron con la resistencia de un riojano que estaba preso por desertor. Era Facundo Quiroga que, armado con una lanza, lideró a los otros presos contra los conjurados. El propio Pringles participó de la represión que terminó con 32 muertos.
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Ese año nació su única hija, Fermina Nicasia, fruto de la unión con Valeriana Villegas. Por ese tiempo también ingresaría al Regimiento de Granaderos.
Por su papel en la batalla de Pasco fue condecorado con la Orden del Sol en grado de Benemérito. En 1822 fue ascendido por su desempeño en la batalla de Junín, librada el 6 de agosto de 1824 y condecorado con la “Estrella de Junín”; en esa acción le salvó la vida a Mariano Necochea, seriamente herido y a merced del enemigo. También combatió en Ayacucho el 8 de diciembre de ese mismo año, donde fue distinguido como “Benemérito en grado heroico”.
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El 31 de enero de 1826 fue ascendido a teniente coronel por Simón Bolívar, y regresó al país. Como segundo jefe del Regimiento 17 participó en la guerra del Brasil.
En 1829 se unió a las fuerzas del general José María Paz, peleó en San Roque, La Tablada y Oncativo. En 1829, por 45 días fue gobernador de su provincia y armó el Escuadrón de Lanceros de San Luis, que marchó hacia Córdoba en febrero de 1831.
Volvía derrotado y enfermo a su provincia luego de ayudar al coronel Echeverría cuando fue sitiado por las fuerzas de Quiroga en Río Cuarto. Ambos debieron escapar por el sur en dirección a San Luis.
Reforzado en hombres, Facundo cayó sobre los fugitivos y los derrotó fácilmente en el Río Quinto. Ese fue el fin de Pringles, en un lugar conocido como el Chañaral de las Animas.
Involucrado en las guerras civiles en el bando unitario, era perseguido por las fuerzas del riojano, más numerosas. El 19 de marzo de 1831 había sido derrotado por los hombres de Facundo en las márgenes del Río Quinto y debió rendirse.
“Mi sable solo lo entrego a tu jefe el general Quiroga, a quien esperaré con ese objeto”, respondió Pringles que, enfermo y derrotado, intentaba regresar a su provincia.
El gaucho Murúa insistió en que entregase su sable de granadero, el que lo había acompañado en todas sus campañas y, ante la negativa del puntano, le pegó un tiro a quemarropa en el pecho. Agonizante, lo llevó al campamento donde estaba su jefe. Allí murió.
El riojano, cuando se enteró de lo que había hecho su subordinado, estalló. Cubrió el cuerpo del muerto con su propio poncho. “¡Por no manchar con tu sangre el cadáver del valiente coronel Pringles no te hago pegar cuatro tiros ahora mismo! ¡Cuidado otra vez, miserable, que un rendido invoque mi nombre!”

Al tiempo sus amigos lo desenterraron y lo sepultaron en el cementerio. Actualmente, sus cenizas están depositadas en la catedral de esa ciudad. Allí descansa el vencido de Chancay, el puntano que encontró la muerte luchando entre hermanos.
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