
Héctor Guillermo Sottovía acaba de cumplir 60 años, viste una remera negra diseñada por él con la inscripción en el pecho “En la Argentina hay 21200 víctimas provocadas por las organizaciones terroristas de los 70 que todavía esperan por justicia”. Y en la espalda la misma leyenda en inglés, francés e italiano. Su lucha, casi en solitario, es para que la justicia les llegue también a ellos.
Los que estaban en contra de su prédica lo fueron bloqueando de las agendas telefónicas y de los listados de mails. Por eso él mismo adoptó el apodo de “Bloqueado”, que en los textos suele acompañar con el dibujo de una cobra, animal que dice que está en señal tanto de defensa como de ataque.
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El pasado viernes, este abogado, piloto comercial de primera clase e instructor en prevención de accidentes, presentó su libro Relatos de una guerra no declarada (Dunken). En el texto, recopila historias de protagonistas de la convulsionada década del setenta, aquellos que aún luchan contra el olvido y esperan reconocimiento.
Estuvo acompañado por Jorge Fernández, quien terminó hemipléjico al recibir un disparo en la cabeza cuando el ERP intentó copar la fábrica militar de Villa María el 11 de agosto de 1974, en la que se llevaron secuestrado al entonces mayor Argentino del Valle Larrabure, subdirector de ese establecimiento. “No tengo mucho carácter para esto, yo solo fui un soldado que cumplí con mi deber, no asesinamos a nadie”, dijo, casi en tono de disculpa. Su historia está contada en el libro.
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Una muestra de que el camino del perdón, la reconciliación y del entendimiento tiene sus misterios es que el acto contó con la discreta presencia de Luis Labraña, un ex militante montonero, quien se adjudica ser el autor del número de 30 mil desaparecidos. El autor quiso contactarlo en su momento para entender más sobre lo que había ocurrido en la década del 70 y qué llevó a un joven a empuñar un arma.
El perdón de una madre
Conmueve la historia de Laurita Ferrari, 18 años, asesinada por una bomba vietnamita -ideada para mutilar cuerpos- el 8 de septiembre de 1975 cuando salía de rendir un examen en la facultad de Ciencias Económicas en la Universidad de Belgrano, a la que había elegido ya que la militancia del ERP y Montoneros en la universidad estatal le hacía imposible cursar. Su mamá Lorenza, de 93 años, en silla de ruedas, estuvo en la primera fila en la presentación. En el libro cuenta que ella perdonó, aunque sostiene que la que tiene ese poder es su propia hija, cuyas cenizas descansan en la parroquia de San Roque aunque inexplicablemente, figura en el Parque de la Memoria como desaparecida.
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Estando convalesciente en el Hospital Militar, Fernández vio cuando ingresaba una chica gravemente herida por un atentado y nunca supo su nombre. Gracias a Sottovía se enteró que era Laura Ferrari.

Siendo adolescente, el autor fue testigo involuntario de un tiroteo entre la policía y terroristas en la esquina de Córdoba y Callao, en la que su propia vida estuvo en riesgo. Educado por su papá militar, el vicecomodoro Héctor Sottovía -que en la década del 70 encabezó la comisión de compra de los Canberra MK 62 que tanto se destacarían en Malvinas- de no tocar ningún paquete sospechoso en la calle ni revelar que en la familia había militares. Lo recuerda, en aquellos tiempos, ir seguido a un velatorio. Confesó que aún desde mucho antes de ese episodio había acumulado mucho resentimiento.
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Andrés Paz era un joven nacido en Punta Alta que, a la hora de hacer el servicio militar, lo incorporaron al Regimiento 19 sin saber qué era eso de la guerrilla. Lo supo el día de su cumpleaños y no pudo ir a su casa porque todos quedaron acuartelados, y cuando en helicópteros lo llevaron al monte, debieron saltar porque la máquina no aterrizó –”como en las películas de Vietnam”- y al tiempo de internarse tuvo su bautismo de fuego. “Nos dimos cuenta de que no era joda, estábamos frente a un ataque subversivo”.
Combatió en el monte los siguientes cinco meses. Cuando volvió a casa, no podía sacarse de su cabeza la vida en la espesura tucumana. Recuerda con orgullo cuando en 1984 lo convocaron para que junto con otros veteranos participase de una formación en su antiguo regimiento. Y a pesar de que hace años la policía los sacó de un desfile, recuerda el del 9 de julio en Yerba Buena, donde desfiló junto a sus compañeros al compás de la marcha “Avenida de las Camelias”, y admitió haberse sentido reconocido. Aspira a que se cuente la verdad, que combatieron a las órdenes de un gobierno constitucional y que lo hicieron en defensa de la Patria. “Fuimos soldados”, afirmó.
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El primer libro de Sottovía fue “Cuentos para las noches de invierno” y luego fue el turno de “Argentina, no me olvides. La otra cara de los setenta”, donde le da voz a las víctimas del terrorismo, y donde remarca que por años solo hubo olvido.
Asegura que las redes sociales son sus grandes aliados. Así contactó, por ejemplo, Claudio Cattáneo, conscripto clase 55. Luego de hacer la instrucción en la infantería aerotransportada de Córdoba, este joven fue enviado en comisión a Tucumán, donde su jefe era el entonces teniente Horacio Fernández Cutiellos quien, siendo segundo comandante del regimiento 3, caería en La Tablada cuando fue atacado por el Movimientos Todos por la Patria el 23 de enero de 1989. Cattáneo relata en el libro sus vivencias en Monteros, describe las emboscadas y cómo los terroristas remataban a los soldados que quedaban heridos.
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El autor confiesa que todo lo hace a pulmón y que lo que invierte sale de su bolsillo. Cuando viajó a Europa recorrió distintas ciudades, incluso el pueblo de donde es originaria su familia. Siempre lleva la remera con la inscripción que lo guía y en el Viejo Continente despertó la curiosidad de periodistas italianos que lo entrevistaron.
También está contada la historia, en primera persona, del teniente coronel Rodolfo Richter, quien fue herido en Tucumán, y su compañero y amigo el teniente primero Héctor Cáceres al auxiliarlo, fue abatido por una ráfaga de ametralladora. A él le sacaron dos perdigones que tenía incrustados en los pulmones. Pero la lesión en la séptima vértebra dorsal era muy seria: no caminaría más. Admitió haber ido con alegría a Tucumán, le gustaba combatir, por eso no condenó a los que lo hirieron. Esa preocupación por ahondar más en el estudio de aquellos años lo llevaron a participar junto a Carlos Gabetta, militante del ERP, a contar sus puntos de vista en el libro “Enemigos. Dos protagonistas reflexionan hoy sobre la violencia de los 70″.
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Completan el libro las historias de Alberto Caccavelli, un transeúnte que resultó herido cuando pasaba frente a Coordinación Federal de la Policía el 2 de julio de 1976, en el momento que explotó una bomba que provocó la muerte de 23 hombres. Caccavelli fue uno de los 110 heridos. Asimismo, está la historia detallada de Claudia Rucci y el trágico asesinato de su papá José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT.

Sottovía sueña con organizar un foro en la provincia de Tucumán para alertar de las víctimas que fueron olvidadas por el Estado y las instituciones. Le gustaría replicar esta acción en Córdoba, Rosario y en la ciudad de Buenos Aires, donde se concentraron los atentados de las organizaciones terroristas. “Porque en el país hubo una guerra”, remarcó a Infobae.
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Dice que las heridas aún no cerraron y que se está a tiempo de tender puentes, que hay que perdonar pero no olvidar. Se siente integrante de un engranaje que lo impulsa a seguir adelante y que este libro es una excusa para que se hable de esas víctimas que, salvo excepciones, siguen sosteniendo una lucha desigual contra el silencio y la indiferencia.
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