
Son más de un millón de visitantes por año. ¿Qué tendrá esa casa del número 20 de la calle Westermarkt? ¿Por qué al subir las empinadas escaleras que llevan al último piso ya no hay audio guía y el visitante tiene que bucear en su imaginación? La casa donde vivieron escondidas ocho personas por más de dos años, entre junio de 1942 y agosto de 1944, es un peregrinaje incesante de gente de todas las edades y orígenes. Allí Ana Frank escribió su libro, el que su padre recuperó después de ser el único sobreviviente de aquel período. Quizá Otto Frank, como un visionario, un mes antes de llevar a su familia al refugio que había hecho para ocultarlos y ocultarse de la Gestapo, le compró a su hija menor un cuaderno con tapas duras que resultaría ideal para que Ana escribiera un diario.
Sin ese diario, que llegó a manos de Otto de modo aleatorio, no existirían ni el museo ni la fundación que llevan el nombre de la niña que murió junto a su hermana Margot, ambas de tifus en el campo de concentración de Bergen-Belsen.
Este cronista tiene la oportunidad estos días de hacer las recorridas de un nutrido grupo de jóvenes latinoamericanos por la casa donde vivieron los Frank antes de tener que esconderse, por las escuelas donde fueron Ana y Margot y, por supuesto, por la fundación y el museo que llevan el nombre de Ana.

Ronald Leopold es un neerlandés que pasa el metro noventa, tiene una sonrisa serena y preside la Fundación Ana Frank. Sentado junto a Héctor Shalom, que dirige el espacio argentino de esa fundación, se sentó a conversar con los jóvenes. Primero preguntó qué les parecía Ámsterdam y las respuestas fueron todos los elogios posibles a la arquitectura, los canales, las bicicletas y el colorido de la ciudad. Al rato, Ronald dijo: “¿Cómo habría sido Ámsterdam si no le faltaran ochenta mil personas?”. La manera de introducir la detención y deportación de ese número de judíos, muchos de ellos alemanes refugiados en Países Bajos -como los Frank-, fue una muestra de la capacidad pedagógica que tienen quienes trabajan.
Luego Ronald quiso saber qué buscaban y qué encontraban en ese espacio quienes habían llegado desde otro continente. Esos jóvenes son guías en espacios de memoria y derechos humanos o ganaron becas de la fundación por proyectos académicos o históricos. Una chica puso su puño en el corazón y dijo simplemente: “Conectarme con Ana y así conocer su mensaje”. Otro dijo que la misión -usó ese término- que tiene requiere estar enterado de la historia y respirar el mismo aire que respiraron los Frank por más de dos años sin poder pisar fuerte el piso de madera porque eso podía despertar sospechas en el piso de abajo, donde había empleados de la empresa que Otto había dejado en manos de empleados de tanta confianza como para arriesgarse a que, en los dos pisos superiores de la casa de atrás, estuvieran ocho personas refugiadas en medio de la ocupación nazi de Países Bajos.

Ronald y Héctor mostraban más interés en hacer preguntas o interpelar a los jóvenes que en bajarles línea. Mostraban, sí, cuidado y sensibilidad, y recibían a cambio respuestas donde lo emocional estaba siempre presente. Enseñar a hacer memoria parece -y debe ser- un contrasentido absoluto. Por caso, el recorrido por la casa-museo se hace en 15/20 minutos, en cada espacio, ya sea de las oficinas que servían de fachada o de los espacios que servían de escondite, tienen audios, fotos y objetos, pero sin demasiada información. Después de hablar con Ronald y otros que trabajan allí, uno se da cuenta que no quieren abrumar al visitante con datos.
La casa-museo está tan cargada de vida como el cuaderno en blanco que le regaló Otto a su hija. Ana llenó las páginas de lo que fue su diario y el visitante tiene que llenar con sus propias emociones esos 20 minutos. Probablemente, muchas de ellas se despierten pasadas las horas y los días. A este cronista, siempre le gustó una frase del poeta Thomas Eliot: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido con el conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido con la información?”. Siempre me pareció una guía para el periodismo, para no abundar en datos y dejar al lector que se adueñe de los textos. Pero hoy, mientras escuchaba a Ronald, a Héctor y a los jóvenes, se me ocurrió -perdón Eliot por profanar- que podría agregarse: ¿Dónde están las emociones que perdimos con la sabiduría?

Desde ya, hay más sabios que quien escribe estas líneas y hablaron desde hace tiempo del conocimiento emocional y todos sabemos que el saber no inhibe las emociones. Pero, si no es algo emocional, qué lleva a millones de personas en el mundo a seguir leyendo El diario de Ana Frank y que sea uno de los museos más visitados de Europa.
No alcanza ver la historia del nazismo como la del intento de supremacismo de la raza aria. La frágil Ana, que pasó sus últimos días en Bergen-Belsen tiritando de frío por el tifus, es una muestra de resistencia. Hace ochenta años exactamente, a pocas cuadras de donde este cronista ensaya unas líneas, ella escribía su diario. Tan vigente, tan pedagógico. En el Museo Ana Frank no se venden remeras con su rostro. No quieren hacer un emblema, un ejemplo icónico. Simplemente te permiten que accedas a una historia y pienses o escribas la tuya.
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