
Las nuevas tecnologías acercan a quienes están lejos, pero a veces tienden a alargar distancias con quienes están al lado. Y, en pleno desarrollo de las nuevas plataformas, es poco probable salirse voluntariamente de ese mundo virtual por el que hoy pasan tanto el trabajo como los momentos de distracción, y hasta el intercambio constante con amistades, otros familiares e, incluso, hace de puente de diálogo con desconocidos.
Pese a esa aparente imposibilidad de apagar los dispositivos móviles, un llamado de atención que niñas y niños de entre 7 y 10 años que hicieron a los mayores de la casa lo logró: no podemos usar celulares, ¿pero ustedes, sí? El resultado fue una puerta a nuevas experiencias o algunas que parecían olvidadas.
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“Podríamos suponer que las familias que vivimos en San Martín de los Andes (Neuquén), rodeadas de un entorno de naturaleza y belleza sin igual, con tiempos distintos a los de la ciudad y ritmos familiares que pretenden darle prioridad a los vínculos entre padres, madres e hijos, somos familias poco atravesadas por la problemática del uso de celulares, pantallas y el universo de las redes sociales, pero esto está bastante alejado de la realidad porque si la problemática del exceso de pantallas tiene un único responsable, éste tiene un nombre: nosotros, los adultos”, asegura Clara Oyuela, psicóloga porteña que hace 9 años vive en esa ciudad y autora de Crónicas de una abstinencia, libro en el que plasmó su experiencia de pasar 30 días sin redes sociales ni whatsapp, mientras su segunda hija tenía seis meses y problemas para dormir.

El desafío
Los niños y las niñas de la “Fundación Escuela Bosque”, de San Martín de los Andes, mostraron su preocupación al ver a su papá o mamá “todo el tiempo con el celular”. “Dicen que están trabajando”, “No me mira”, “Si estamos mirando una película, se levanta a mirar el celular”, contaron junto a una infinidad de observaciones y reflexiones.
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Ese fue el pie para que Oyuela —además de psicóloga madre de una nena que acude a esa fundación—, viera allí un espacio para investigar y analizar. “Estamos hablando de infancias, de niñez, de vínculos, de contenidos que deben ser profunda y minuciosamente protegidos”, sostuvo la mujer de 41 años nacida en Buenos Aires, egresada de Psicología en la Universidad de Belgrano, vivió con su marido por tres años en Alaska y luego se mudó a San Martín de los Andes, donde nacieron sus dos hijas que tienen 9 y 5 años.
Concentrada en el desafío, asegura: “Frente a esta realidad, propuse al grupo de padres y madres, hacer el desafío de desconexión: dos días enteros sin celular, un fin de semana sin conexión instantánea, sin redes sociales, sin WhatsApp. Sólo el e-mail como única forma de comunicación externa. El desafío parece sencillo, pero para la gran mayoría no lo es”.
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La temática, surge en ella como una experiencia personal hace unos años y la llevó adelante con el grupo de adolescentes de 16 años. “Acá hago talleres de crianza y un ‘Laboratorio de emociones’ en el cual analizamos todas las situaciones humanas y allí cuentan los mismos chicos que observan que su papá y su mamá están todo el tiempo con el celular, que no los miran, o miramos porque además de ser psicóloga de esa escuela yo soy madre de dos niñas que también van a esta escuela, no me excluyo sino que formo parte de este proyecto interna y externamente”, detalla.
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“A raíz de la inquietud de ellos, decido armar un taller especialmente dedicado a este tema con los papás y las mamás de todos estos niños. Hablamos del celular y pantalla. Se hizo un recorrido de una hora y media en la que les propuse que durante ese fin de semana apagaran el celular y que como familia empezaran a tomar registros de qué sucede adentro de la casa cuando no hay celular de por medio y que esos registros escritos lo hagan los papás y mamás, pero que también los niños para expresar qué ven en sus papás y en sus mamás durante ese fin de semana de diferente y como familia”.
Los interrogantes surgidos entre los adultos se dieron directamente sobre el uso del celular en los más chicos, al notar que en realidad marcaban cierta dependencia. “Cuándo es el momento conveniente para darles el primer celular, a qué edad. Lo que se está viendo es que la mayoría de los papás y las mamás acceden a dárselos porque el resto de los amigos lo tienen aunque no estén para nada seguros de dar ese paso, lo hacen para que no se queden afuera”, sostiene.
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En ese aspecto, dice que una cosa es en casa, puertas adentro, cuando los adultos pueden tener el control del contenido que se ve. El problema radica en que tengan uno propio y fuera de casa. Aquí opina que lo conveniente puede ser “darles uno más viejito, para que se comuniquen, pero que no tengan acceso a las redes”.
Después de la experiencia
El fin de semana de desconexión dejó muchas consideraciones y abrió interrogantes sobre el uso que los adultos les damos a los celulares y además cuál es la edad en la que los menores deben tener uno propio. ¿Es necesario que usen redes sociales? ¿Es más lo que ganan o pierden al hacerlo?
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”Esta experiencia nos dio la oportunidad como familia de hablar más en profundidad acerca del uso del celular”, opinó uno de los padres que participó el pasado fin de semana del evento. ”Resaltamos lo más importante que nos da el celular: la comunicación con las personas queridas a distancia”, dijo otro mientras que otros adultos aseguraron: “No valoramos estar colgados en las redes o utilizando jueguitos. Deseamos estar presentes para ellos” y “con esta experiencia uno se da cuenta cuánto recurrimos al celular”.
No sólo ese fue el análisis sino que la salud también se tomó en cuenta: ”Me di cuenta de que el cansancio de mi vista era por el uso excesivo del celular. Sentí los ojos más descansados”, opinó una mamá mientras que otra lamentó: “Mi hija escribió un cuento durante esos días que se llama El tercer hijo de mi mamá, el tercer hijo es el celular”.
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Ya considerando la adicción otro padre señaló: ”La tendencia del cuerpo de querer mirar a cada rato si había mensajes fue terrible. Cuando lo tuve apagado, sentí el cuerpo más relajado”, mientras que otro aporte fue: ”Mi cerebro siempre a la espera de que lleguen noticias o recuerdos”.
Otra mamá contó que a su hija de 5 años le regalaron un celular por su cumpleaños y que le preocupa “la infancia no cuidada, el contenido al que están expuestos los niños y las niñas, contenido que no cuida su niñez. La niñez cada vez más corta y los niños o niñas que se visten, hablan o actúan como adolescentes”.
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En conclusión, Oyuela dice: “No es no a la tecnología sino frenar y pensar qué pasa con estas niñeces, no con estas infancias, No demos por sentado que tenemos que darles un celular y que no podemos encontrar alternativas, podemos pensar en que surjan leyes u opciones más creativas si queremos que nuestros hijos estén comunicados con un celular en la pre adolescencia, que tengan esa independencia, esa autonomía sin estar expuestos a las redes sociales. Pongamos en la balanza que es más negativo si esa exposición a la red social en un preadolescente y qué de puede dar de positivo. Seamos adultos creativos y más valientes porque hay opciones”, finaliza.
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