
En 1984 Jorge Carmona se casó con su esposa, Raquel, y viajaron a las sierras de Córdoba para disfrutar de su luna de miel. Durante la estadía visitaron los laberintos de la localidad de Nono, y quedaron encantados con la experiencia. En parte por la metáfora de perseverar hasta encontrar la salida, una lección de vida que ambos conocían muy bien, y además porque les pareció un divertido desafío para realizar en equipo. Ese día nació el sueño de construir dos laberintos en la provincia de Mendoza, de donde son oriundos, algo que ya se hizo realidad gracias a su tenacidad, sus conocimientos de jardinería y el apoyo de sus cinco hijos, que crecieron a la par del maravilloso proyecto que hoy es un atractivo turístico de la ciudad de Malargüe.
A fines de los ‘90 Jorge se quedó sin trabajo, y revivió en su mente aquella idea de hacer con sus propias manos un circuito cuadrado, con 31 pasillos de norte a sur, y otros 31 de oeste a este. Durante 15 años trabajó sin descanso para eso, poniendo en práctica todo lo que sabe de las tareas de campo -tanto él como su mujer trabajaron en chacras desde su juventud-, y la imagen que funcionaba como motor en su mente era la de su hija menor correteando en el laberinto una vez que estuviese terminado.
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“No andaban bien las cosas cuando compré unos terrenos en a 5 kilómetros del corazón de Malargüe, que estaban baratos porque era una zona de pantano, pero con el tiempo fui rellenando el suelo hasta taparlo por completo y ahí empecé a plantar”, cuenta Don Jorge, tal como lo conocen en la región. Anteriormente había sido empleado en una zona petrolera, y cuando las fábricas cerraron, tuvo que reinventarse. Pasaron quince años para que pudiera ver los frutos de su esfuerzo, y hubo varios obstáculos en el camino, tales como la emergencia hídrica que le impidió regar los arbustos durante un buen tiempo.
“Ahora los riego con una bomba sumergible, y también hay una máquina podadora que es excelente, un cambio muy bueno porque yo los podaba con tijera y era un trabajo inmenso”, recuerda. Hubo una vez que se juntaron excedentes de poda y los pasillos se llenaron de ramas que no sabía cómo sacar, porque el trayecto que había que recorrer hasta la salida era toda una travesía. Desde ese momento aplicó otro sistema: cuando las plantas crecen entre 10 y 15 centímetros por fuera de los límites, avanza con la maquinaria para realizar el podado. “Son tan tiernos en ese momento los tallos de las ramas que se desarman en el piso, y de esa manera no hay que retirarlo, se vuelve parte del suelo”, comenta.
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Así fue ajustando detalles y optimizando esfuerzo para que cada vez se viera más lindo y resulte más funcional para recorrerlo. Acortó el alto de los arbustos para que con tan solo un pequeño salto los visitantes puedan espiar un poco más allá los caminos y elegir hacia dónde ir, y también para que no tuvieran la “sensación de encierro” y resulte una vivencia amable que apueste a la diversión. Entre risas reconoce que al principio hasta él se perdía entre las diferentes rutas posibles, pero en cuestión de meses ya los conocía como la palma de su mano, e incluso puede dibujar los laberintos sin mirarlos.

“Nunca imaginé que fuera a tener trascendencia, y la verdad es que toda la gente que viene me felicita, estoy tan contento con los resultados, porque le he dedicado mi vida junto a mi señora y mis hijos; y uno nunca sabe lo que le depara el destino”, expresa con humildad y simpatía. Ocho años después de que el cuadrado quedara perfecto, hizo el laberinto redondo, que se convirtió en la locación de fotos y videos de la fiesta de 15 años de una de sus hijas.
“Ya estaba muy bonito el primero, así que se nos ocurrió hacer ese segundo circular, con una fuente de agua que también hice con mis propias manos, y ahí vino una empresa de eventos con un drone a filmar a mi hija con el vestido, y nosotros nunca hasta ese momento había visto desde arriba cómo eran los laberintos”, rememora Jorge. Lo que vio lo sorprendió, lo dejó sin palabras, y pudo tomar dimensión de lo que habían creado.
Las imponentes imágenes llegaron hasta los ojos de la oficina de turismo de Malagüe, que visitó el lugar, ubicado a 5 kilómetros de la ciudad, a los pies de la Cordillera de los Andes. “Nos ofrecieron inaugurarlo lo antes posible, para que los residentes y turistas pudieran recorrerlos, pero todavía nos faltaban instalaciones de luz, y trámites de papeles para que se hiciera realidad el sueño, y finalmente sucedió”, revela. Al darse cuenta de la importancia de ver el paisaje desde una perspectiva aérea, construyeron también un mirador a 10 metros de altura, con acceso de rampas, y desde allí se aprecian ambos laberintos desde una vista privilegiada.

En cuanto al tiempo promedio que les lleva a los visitantes encontrar el camino correcto, asegura que la mayoría lo hace en media hora, mientras que a algunos les cuesta un poco más y tardan hasta una hora. En la versión circular no hay posibilidad de equivocarse, simplemente se debe avanzar hasta “la fuente de los deseos”, la pieza central que Jorge construyó a modo de agradecimiento al destino por haberle cumplido su sueño.
Después de descifrar el desafío, quienes visiten el lugar también pueden disfrutar de una tarde al aire libre, ya que cuentan con un amplio sector de mesas con bancos, y churrasqueras para que las familias puedan cocinar un asado o hacer picnics rodeados del gran predio de árboles con más de 15 variedades entre álamos y sauces. En este sentido, aquellos que deseen pasar la noche también pueden acceder al camping, que incluye los baños equipados para los visitantes.
La opción de pasear en carritos de cuatro ruedas donde dos pedalean es de las más elegidas por los más chicos, que suben a bordo mientras sus padres pedalean y proponen carreras para ver qué equipo llega primero. Para completar la vivencia, también hay una exposición de autos y carretas antiguas, un sector de juegos infantiles y un carrousel restaurado por el propio matrimonio, que mantiene el mismo compañerismo desde hace 38 años, cuando dieron el “sí, quiero”. “Cada vez sumamos más atracciones, y vamos a ir poniendo más cosas a medida que podamos; porque nos encanta cuando vienen las escuelas, y los chicos llegan contentos, con ganas de jugar”, celebra.

El 11 de enero Jorge cumplió 64 años, y hubo muchos motivos para festejar. Después de las restricciones en torno a la pandemia de coronavirus y la abrupta baja en el rubro del turismo, los viajes se reactivaron y quienes visiten Mendoza tienen la oportunidad de conocer a la familia que creó los dos laberintos de Malargüe -de los ocho que existen en nuestro país-, y se encontrarán con una gentil bienvenida.

“Los laberintos siempre me gustaron por lo simbólico, porque soy un convencido de que si uno persevera a pesar de las dificultades, el resultado de la cosecha llega y siempre se encuentra una salida; hay que perseverar”, recomienda el creador. Y para ayudar un poco al destino, o destrabar malas rachas, los visitantes pueden lanzar una moneda a la fuente de los deseos, y dejar asentada allí su intención.
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