
La primera reacción de los efectivos fue no creerle, pensaron que estaba borracho. Sin embargo, Sergio Hilario Catalán Martínez, un chileno de 43 años, arriero de toda la vida, casado con Virginia Toro, nueve hijos, que nació y que vivía en la zona, fanático del Colo Colo, decía la verdad. Se había encontrado con sobrevivientes del avión que dos meses atrás se había caído en la cordillera y, que por el tiempo que ya había pasado, ya nadie buscaba. Esperarían al verano, cuando se derritiese la nieve, y los cuerpos quedasen al descubierto.
El arriero había llegado a Puente Negro, un pueblo chileno enclavado en plena precordillera. Distante unos 155 kilómetros al sur de Santiago, debe su nombre al puente de hierro y madera, pintado de ese color, que desde mucho tiempo atrás fue la puerta de entrada y salida de sus pocos centenares de pobladores. Esa localidad, contaba con aduana, iglesia, una panadería, un micro que dos veces por día hacía el trayecto a la comuna de San Fernando y ese retén de Carabineros al que había llegado el arriero.
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El 13 de octubre de 1972 el avión Fairchild F-227 que llevaba al equipo de rugby amateur Old Christians Club de la ciudad de Montevideo, que iban a jugar un partido en Santiago de Chile contra el Old Boys Club, se había accidentado en plena cordillera. Luego de un viaje con mal tiempo el piloto, creyendo que estaban cerca de un aeropuerto, comenzó a descender, y un ala impactó contra una montaña, luego la otra y además se desprendió su cola. El fuselaje se deslizó por la nieve y quedó en medio de la cordillera. Llevaba 40 pasajeros, entre los jugadores, familiares, amigos, y cinco tripulantes. Como resultado del impacto, 11 murieron. Otros fallecerían en los días siguientes debido a sus heridas y como consecuencia de una avalancha de nieve.

A la hora, en Chile ya se sabía que el vuelo estaba perdido y por la tarde la noticia se supo en Uruguay. Luego de ocho días de intensa búsqueda, con aeronaves chilenas y argentinas, las operaciones se suspendieron. Dieron a la nave por perdida.
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Abandonados en la inmensidad de la cordillera, refugiados en lo que quedaba del fuselaje del avión, a la semana se les había acabado lo poco que tenían comestible. Cuando por una radio a transistores que encontraron se enteraron que ya no los buscaban, tomaron conciencia que todo dependía de ellos.
Ante la falta de alimentos, debieron tomar la drástica y traumática determinación de recurrir a la antropofagia.

Luego de varios intentos de exploración en la inmensidad de la cordillera en la búsqueda de encontrar ayuda, el 12 de diciembre Fernando Parrado, Roberto Canessa y Antonio Vizintín emprendieron una caminata hacia el oeste. Abrigados con varias prendas superpuestas y con sacos de dormir que improvisaron con el revestimiento del aire acondicionado del avión, lograron pasar las gélidas noches. Luego de tres días sin resultados, Vizintín resolvió regresar con el grupo y continuaron Canessa y Parrado.
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Caminaron durante varios días y en un valle encontraron un río. Lo siguieron y al anochecer del 22 de diciembre, cuando recogían leña, vieron a tres hombres en la otra margen del río llamado El Barroso. Cuidaban a unas ovejas que pastaban en el lugar. El ruido que provocaba el potente caudal del agua les hizo imposible hacerse escuchar. Estaban tan débiles que hasta les costaba gritar.
Fue Catalán que tomó una botella, introdujo un papel y un lápiz y se los arrojó para saber quiénes eran.

Con las escasas fuerzas que le quedaba, luego de agotadoras jornadas de caminata, Parrado escribió: “Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Hace 10 días que estamos caminando. Tengo un amigo herido arriba. En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí y no sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles. ¿Cuándo nos van a buscar arriba? Por favor, no podemos ni caminar. ¿Dónde estamos?
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Ató la nota a una piedra y la arrojó a la otra orilla. El arriero la leyó e hizo señas de que había comprendido. “En un principio pensé que era gente que estaba turisteando, o que eran cazadores…” Pero al leer el papel, al par de hombres que vestían como andrajosos les lanzó cuatro panes y les hizo señas de que volvería. “Ver al arriero fue una sensación muy especial”, recordó años después Parrado. “Fue un ángel que apareció de la nada”.
Junto a su hijo Juan de la Cruz, cabalgaron cerca de 100 kilómetros hasta llegar al retén de Carabineros en Puente Negro. Los efectivos no le creyeron hasta que les mostró la nota.
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El sábado 23 de diciembre, 72 días después del accidente, los sobrevivientes fueron rescatados.
El arriero, con el típico sombrero de copa aplanada y ala recta, el mismo tipo de sombrero que luciría hasta su ancianidad, fue objeto de todas las muestras posibles e imaginables de gratitud y cariño.
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En su fuero íntimo, creía que al día siguiente, esos muchachos terriblemente flacos, con mal olor y con sus labios sangrando, se olvidarían de él. Pero para los jóvenes rugbiers sería, por siempre, “el papá” de todos.
A partir de ese momento, la relación con Catalán nunca se interrumpió. Todos los años viajaban a visitarlo. A tal punto, cuando en julio del 2007 su artrosis de su cadera derecha le impidió montar o aún caminar, fueron ellos los que financiaron la operación y la compra de una prótesis. También lo ayudaron cuando debió operarse nuevamente en el 2012.
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En el 2008 fue declarado ciudadano ilustre de la comuna de San Fernando. En octubre del 2013 abrió el Museo Andes 1972, en Rincón 619 de la Ciudad Vieja de Montevideo, en homenaje a las 29 personas que murieron en la cordillera y a los que arriesgaron sus vidas para salvar las del resto. En el subsuelo, hay un espacio cultural llamado “El arriero”, dedicada a él. Tuvo oportunidad de visitarlo, junto a sus familiares, el 15 de agosto de 2016 cuando se descubrió una estatua que lo representa, obra del escultor Iván Hansen.
Falleció el 11 de febrero de 2020, a los 91 años. Fue velado en la capilla San Rafael del Isla de Briones y una multitud desafió las altas temperaturas para ir a despedirlo. A su funeral asistió Gustavo Zerbino, uno de los sobrevivientes, en representación del grupo.
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Desde el día mismo en que se produjo el rescate de los sobrevivientes, para Catalán fueron años de cariño y de reconocimiento, de homenajes y de notas periodísticas. Para entonces ya había entendido que sería recordado como un héroe y que nunca sería olvidado. Como bien se merece.
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