
Dieciséis mujeres tomaron parte en la guerra de Malvinas. Dieciséis mujeres de las que no se sabe nada o casi nada, invisibilizadas durante años por partida doble: por el estigma que soportaron todos los soldados de haber sido vinculados con la derrota y por ser mujeres. A cuatro décadas del conflicto, ha comenzado una serie de reparaciones simbólicas, y una de ellas es la de haber empezado a darles la voz.
En un encuentro que se realizó en la ciudad de Neuquén y que convocó a casi 200 veteranos llegados de todo el país, se realizó el panel “Vivencias profundas: una impronta de mujer”, en el que participaron Liliana Colino (Fuerza Aérea), Silvia Barrera (Ejército) y Marta Giménez (marina mercante). La charla fue en el Auditorio Finzi del Museo Nacional de Bellas Artes —a sala llena— y estuvo moderada por la periodista Sofía Sandoval.
Hay que decir que el encuentro fue muy emotivo y que es probable que todos hayan terminado con lágrimas. De hecho, comenzó con esa emoción: un hombre que estaba tan conmovido que se olvidó de decir su nombre se reencontraba, cuarenta años después, con Colino. Había sido el jefe de un grupo de médicos durante el conflicto y ahora, con la cara arrasada por el llanto y el poco pelo canoso despeinado, la abrazaba como si fuera una santa. “Yo siempre digo que nosotros no somos héroes”, dijo robando un micrófono, “porque los héroes son nuestros muertos, pero esta mujer… esta mujer sí es una heroína”.

La voluntad
“Siempre se habló del coraje y de la valentía de los héroes”, dijo Barrera, “y el heroísmo no tiene sólo cara de hombre”. Barrera y sus compañeras fueron como voluntarias al conflicto. Ella era una civil de 23 años que trabajaba como instrumentadora quirúrgica en el Ejército cuando se hizo evidente la necesidad de profesionales en las islas. “Estábamos en clase y ahí mismo les dije a mis compañeras que me iba, había que tomar la decisión en el momento”, recordaba. Barrera atendió a los soldados que llegaban al Buque Almirante Irízar. Los últimos diez días de la guerra el barco, que estaba anclado en Puerto Argentino, recibió el bombardeo continuo todas las noches.
Marta Giménez también era civil, estaba empleada por la marina mercante y trabajaba como Primer Oficial Comisario del buque Canal de Beagle. En el momento en que se desata el conflicto, el buque fue destinado a tareas de apoyo logístico: llevaba tropas, material bélico, alimentos y medicinas a las islas. Giménez, que participó activamente en 60 de los 72 días de la guerra, contaba que la primera sensación que recuerda era la sorpresa. La mañana del 2 de abril la llamaron a su camarote: “Señorita”, le decía exaltado uno de los marineros, “¡despiértese! ¡Recuperamos las Malvinas!”. El buque fue enviado inmediatamente a Buenos Aires y a partir de ahí, se convirtió en una pieza clave para la Marina y, por lo tanto, pasó a ser también un objetivo crítico para el enemigo. “Yo no hablo de héroes porque no entramos en combate, pero sí de mártires porque los ingleses atacaron otros barcos como el mío y hubo muertos”.
Liliana Colino era la única de las tres con formación militar. Había ingresado en como enfermera en 1980. Fue una de las primeras mujeres en entrar en las Fuerzas Armadas. Luego de que la Administración Nacional de Parques Nacionales le negara la posibilidad de ser guardaparques, un aviso de la Fuerza Aérea con la búsqueda de personal la llevo a presentarse. “Para el 82 ya estaban acostumbrados a vernos”, dijo, “y vivíamos en un gran compañerismo que ayudaba a sobreponernos a la angustia”. Colino estaba destinada en un hospital reubicable de Comodoro Rivadavia, pero, durante la parte más crítica de los combates tomó parte en las evacuaciones médicas de Puerto Argentino. “Tuve el privilegio”, dijo y se le quebró la voz con esa palabra, “de pisar la tundra de Malvinas mientras flameaba la bandera argentina”.

Héroes del silencio
El espíritu de la charla alternó entre la fraternidad y el sinsabor. Barrera contó que al regresar a Buenos Aires la forzaron a firmar un acuerdo de confidencialidad para no revelar qué había sucedido en la guerra. Un silencio que se extendió como un manto sobre los soldados y que reforzó la carga que ya llevaban con la mirada de una sociedad que necesitaba encontrar un chivo expiatorio. “En aquel momento la gente nos consideraba la cara de la derrota, los loquitos de la guerra”, dijo.
Ni Colino ni Giménez tuvieron que firmar un acuerdo, pero Colino recuerda que “nadie nos hablaba, nadie nos preguntaba: pasaron muchos años hasta que me hicieron una entrevista en un medio”. Ella había regresado al continente en junio y la habían mandado a hacer un curso en Córdoba cuando se enteró de la rendición. “Todavía teníamos esperanza, por eso fue tan difícil en ese momento”. Giménez también habló del silencio. “Parecería que la guerra la perdieron los soldados y el honor es del país”, expresó y agregó: “pero yo les digo a todos acá: la cabeza en alto y mucho orgullo”.
Casi al final, Colino y Barrera compartieron sus experiencias en el trato con los heridos. Ambas recordaban que los soldados encontraban en ella una contención casi familiar: “Te parecés a mi hermana”, “te parecés a mi prima”, les decían. Y que la pregunta que con más insistencia les hacían era cuándo podían regresar al frente. Eran soldados de veinte años, algunos muy malheridos, y sólo pensaban en volver: eran héroes. Son héroes.
Después de la charla, las actividades continuaron con un gran desfile que se hizo en la avenida Mitre. Allí, con sus compañeros de gesta y entre los demás jóvenes soldados, caminaron ellas. Y recibieron el aplauso de toda la ciudad.
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