
En ese particular silencio que se hizo dueño del recinto luego de la conmoción por los disparos, lo único que se escuchaba era la campana de orden que seguía sonando sola. Fue Ramón Columba, el director de taquígrafos, quien la desconectó. En el piso todos se arremolinaban alrededor del cuerpo agonizante de Enzo Bordabehere, el senador electo por Santa Fe. Era las cuatro y media de la tarde del 23 de julio de 1935 y en el recinto se había cometido un asesinato.
El debate por el escandaloso negociado de las carnes había llegado a su punto más caliente y Lisandro de la Torre, el principal denunciante, era el blanco de todos los ataques. Esa bala era para él, pero su amigo, discípulo y colaborador incondicional, se había interpuesto entre el tirador para protegerlo.
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De la Torre, de 66 años, había sido uno de los pocos que alertó sobre el grave costo económico y político del tratado Roca Runciman, suscripto el 1 de mayo de 1933 en Londres. En septiembre de 1934 propuso la formación de una comisión investigadora para establecer cuál era la situación del comercio de exportación de carnes argentinas y verificar si los precios que pagan los frigoríficos en el país siguen una relación con lo que obtienen de sus ventas al exterior. Fue una lucha contra viento y marea.

Con las pruebas reunidas -que incluía documentación que se había intentado sacar del país disimulada en embarques de carnes- habló durante cinco sesiones seguidas, donde dejó al descubierto prácticas fraudulentas de los frigoríficos y una evasión impositiva, que contaba con la complicidad del Estado. Durante 13 días, Luis F. Duhau, ministro de Agricultura y Ganadería y Federico Pinedo, titular de Hacienda, asistieron a las sesiones a fin de rebatir las pruebas del senador santafecino. Eran alentados por la barra, poblada de empleados públicos y gente llevada por el comité conservador. Duhau era un estanciero bonaerense, vinculado a la Sociedad Rural y que durante el gobierno de Alvear había integrado el directorio del Banco de la Nación Argentina. Pinedo había sido diputado por el Partido Socialista Independiente.
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El martes 23 de julio, cerca de las cuatro de la tarde, en el fragor de su discurso, se produjo una polémica por una palabra empleada por De la Torre, quien aceptó retirarla; sin embargo, Pinedo lo provocó, que hizo que el senador fuera resuelto hacia la mesa que los funcionarios ocupaban.
Duhau empujó a De la Torre, quien trastabilló al pisar mal un escalón, y cayó al piso. Enzo Bordabehere quien asistía a la sesión desde uno de los laterales, corrió a auxiliarlo. Esperaba que cuando finalizase la discusión por este negociado, sus pares tratasen su diploma. Era la mano derecha de De la Torre.
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A pocos pasos estaba Ramón Valdez Cora, un ex comisario de 42 años devenido en matón del partido Conservador, que minutos antes había ingresado al recinto. Tal como manifestaría después De la Torre, hacía un mes que día a día acechaba a la víctima.
Cuando Bordabehere reaccionó, Valdez Cora le disparó en la espalda en dos oportunidades. Gravemente herido, alcanzó a darse vuelta y recibió un tercer impacto en el tórax. Un cuarto proyectil fue a dar a la mano del ministro Duhau.
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El agresor corrió por los pasillos y buscó refugio en la oficina de los taquígrafos, donde fue inmovilizado por el senador Alfredo Palacios. Se le secuestró un revólver calibre 32, con dos balas y cuatro cápsulas servidas.

Fue interrogado por el juez Miguel Jantus. El asesino tenía un prontuario de estafador y extorsionador, era afiliado al Partido Demócrata y se ganaba la vida como guardaespaldas del ministro de Agricultura. Los dirigentes conservadores negaban saber quién era. Hasta Duhau, mostrando su mano herida, dijo que él también había sido víctima. Tanto ante la comisión especial que se formó y ante el juez, el funcionario juró no conocerlo. Pero los vínculos eran demasiados conocidos y debieron aceptar que el maleante trabajaba para ellos, si hasta aparecieron testigos que confirmaron que era un asiduo visitante de la mansión que el ministro tenía en Recoleta. Hubo un intento de un secretario del ministro de convencer de que Valdez Cora había disparado al ver que Bordabehere estaba armado, y se fantaseó en colocarle un arma en la mano a la víctima.
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El doctor Augusto Wiebert, en el Hospital Ramos Mejía, no pudo hacer nada. Cuando De la Torre llegó a las 17 horas, ya había fallecido. Tenía 43 años. Como diría días más tarde el senador: “Se conoce el nombre del matador, falta conocer el nombre del asesino”.

Bordabehere es un apellido numeroso en Uruguay. Enzo nació el 25 de septiembre de 1889 en Paysandú y siendo niño la familia se radicó en Rosario. Estudió en el Colegio Nacional y luego se recibió de abogado y de escribano. En Rosario compartió estudio con su hermano Raúl, primero en la calle Maipú, entre Santa Fe y San Lorenzo y luego en Roca al 700; su otro hermano, Ismael, era ingeniero. Además tenía tres hermanas mujeres.
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Estuvo en 1914 en el grupo de fundadores del Partido Demócrata Progresista, y unos años antes, siendo alumno universitario, había militado en la Liga del Sur, un partido provincial creado a fines de 1908, que luego se fusionaría en la agrupación fundada por De la Torre. En 1918 fue diputado provincial y en 1922 diputado nacional.

De fuerte personalidad, hincha de Newell’s como toda la familia, era el tío solterón que malcriaba a sus sobrinos. En 1935 la legislatura provincial lo designó como senador nacional por la muerte, en febrero de ese año, de Francisco Pancho Correa, otro de los demócratas progresistas que se contaba entre los primeros miembros del partido.
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Miles de personas escucharon las palabras de despedida de De la Torre y de Palacios en la estación del ferrocarril en Retiro, ya que sus restos fueron llevados a Rosario. Hubo que contener a la multitud ante los encendidos discursos de los senadores. Fue velado en la jefatura de policía y el 26 enterrado en el cementerio del Salvador.
De la Torre no pudo asistir a despedir a su amigo y colaborador ya que debió batirse a duelo con Pinedo, quien se había sentido insultado. Fue a las ocho de la mañana del 25 de julio en terrenos del Colegio Militar. El senador disparó al aire, aunque dicen que Pinedo le apuntó a la cabeza y erró. Los padrinos los invitaron a reconciliarse. El santafecino se negó: “Nunca hemos sido amigos, ni hemos sido presentados”.
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Luego del fatídico hecho, ambos ministros presentaron sus renuncias, las que no fueron aceptadas.
El martes 6 de agosto, el Senado retomó las sesiones. El presidente del cuerpo, Julio A. Roca (h) dijo que “la sala de sesiones del Senado ha sido profanada por la mano criminal de un insensato, que ha manchado con sangre los estrados del más alto tribunal de la República”. Ramón Columba, en su libro “El Congreso que yo he visto”, destacó que Roca pidió retornar a “la serenidad y a la mesura, la senatorial courtesy, esenciales para el acierto y el prestigio de sus sesiones”.
En la sesión del 10 de septiembre, De la Torre anunciaba que daba por terminado su cruzada sobre el negociado de las carnes. “Para terminar, diré que sería absurdo pensar en que el debate sobre la investigación del comercio de carnes pudiera continuar con mi intervención mientras subsistan en mi espíritu las dudas que mantengo acerca de que se trajo a este recinto un guardaespaldas, extraído de los bajos fondos, para gravitar sobre su resultado. Los indicios que existen son tan vehementes, que no me es posible prescindir de ellos. Si lo hiciera, faltaría al respeto y al afecto que debo a la memoria del doctor Bordabehere, y autorizaría a cualquiera a poner en duda la sinceridad de mi indignación”.
Valdez Cora fue condenado a veinte años de cárcel y fue liberado en 1953. El 5 de enero de 1937 De la Torre renunció a su banca, cansado y abrumado por el silencio de la mayoría de la clase política. Dos años después se pegaría un tiro en el corazón en su domicilio de Esmeralda 22, en la ciudad de Buenos Aires.
La misma noche del trágico hecho, el presidente Agustín P. Justo y su esposa asistieron, como si nada hubiese ocurrido, a la velada de gala en el Teatro Colón. Por años, la familia Bordabehere conservó como reliquias el saco y el pañuelo del malogrado senador, quien había dado la vida por su maestro y amigo.
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