
Aquel Carlomagno de la leyenda y de la hagiografía, ese coloso de los cantares de gesta y la crónica palatina, no coincide físicamente con el hombre de carne y hueso. Por empezar, dudosamente tuviera barba. Y su estatura no pasaría de la talla media, en canje de esa altura gigantesca que le atribuyó algún poeta. Era robusto y fuerte, sin duda, pero tal vez más rechoncho que atlético, ya que el biógrafo medieval Eginardo (Einhard) habla de su barriga “algo saliente” (emulando la frase de Suetonio, a propósito de Nerón). El mentón lo exhibía rasurado y usaba bigote. Al menos así lo vemos en el registro iconográfico más fiable, que es la estatuilla ecuestre proveniente de Aquisgrán (Aachem, hoy Alemania) y datada en el siglo IX.
El tema de la barba es curioso y lo recalcó el historiador francés Joseph Calmette ¿por qué se la ha impostado con tanta porfía? Los francos del siglo IXº (a diferencia de los barbados lombardos) sólo usaban moustache (bigote) Quizá al autor de la “Chanson de Roland” le haya parecido de mejor galanura poética el asignarle una “barba florida”, lo cual, ya para esa época, es un anacronismo, pues los caballeros occidentales habían adoptado la moda de la barba entera.
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Pero, espigando en los textos de Eginardo, pueden rescatarse algunos rasgos auténticos del Emperador, como su solidez física, sus buenas proporciones, su aspecto varonil, su paso firme, su voz fuerte y su dicción clara. “Todo su exterior daba la impresión de autoridad y dignidad”, concluye el biógrafo. En cualquier caso, son cualidades que convienen a la majestad del personaje y a la construcción de un relato mítico.

En cuanto a su salud, si fue buena en la juventud, parece haberse resentido al final de su vida agitada y movediza, en especial durante los últimos cuatro años.
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Eginardo revela que Carlos era refractario a los médicos (lo mismo que Tiberio y otros reyes) hasta el extremo, casi, del odio. La razón suena algo pueril: porque le prohibían comer carnes asadas, que le encantaban, y, en cambio, le prescribían verduras hervidas, que aborrecía. Vale decir que quizá no desconfiaba tanto de su ciencia, sino que más bien deploraba los menús terapéuticos vegetarianos.
Esa buena salud juvenil pudo tener relación además con su talante deportivo: era un buen jinete, un excelente nadador y le encantaba la hidroterapia.
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Su preferencia carnívora y su buen apetito no parece haber llegado a los excesos que siglos más tarde exhibió Enrique VIII de Inglaterra, ya que el biógrafo citado recalca su sobriedad, especialmente en materia de bebidas. Pero su mesa siempre estaba servida en abundancia, con, por lo menos, cuatro platos además de la carne principal.

LOS PRESAGIOS DEL FINAL Y LA SEPULTURA
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En línea con la narrativa hagiográfica, que descubre prodigios del favor celestial en cada acción del personaje, Eginardo llamó la atención acerca de ciertos fenómenos naturales que debieron interpretarse como presagios del fin de la vida del monarca. Por ejemplo, ya tres años antes, los frecuentes eclipses de sol y de luna, y la persistencia durante siete días de una mancha negra sobre la superficie solar.
Pero hay bastante más: un pórtico mandado a construir entre la basílica y el palacio que era residencia imperial cayó súbitamente en la fiesta de la Ascensión. Un incendio arrasó en tres horas un puente de madera sobre el Rhin, cuya ingeniería hacía suponer que iba a durar para siempre. Un accidente que sufrió el Emperador en la incursión contra el rey Godfried, cuando una antorcha ardiente cruzó el cielo de derecha a izquierda y provocó la caída del caballo y el despojamiento de sus armas. También se oyó crepitar los techos de los aposentos reales en Aquisgrán. Un rayo cayó sobre la basílica y arrancó la manzana de oro del remate, arrojándola a la casa del obispo. Y más todavía: la inscripción sobre las arquerías de la misma basílica que concluía con el epígrafe …Karolus Princeps, comenzó a desdibujarse hasta volverse ilegible.
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Pese a estas señales ominosas, el monarca no mostró especial inquietud, aunque la corte entera, que debía ser supersticiosa, tomó nota de ellas. En cualquier caso, la rápida coronación de su hijo, el rey de Aquitania, como colega en el Imperio, pudo anticipar la previsión del desenlace.

Tanto Eginardo como el posterior cronista Thegan señalaron que, desde cuatro años antes de morir, ya estaba sometido a una dieta rigurosa. No sabemos muy bien qué enfermedad padecía, pero la mención de una renguera acentuada indicaría los síntomas de la gota, explicable por los menús sobrecargados de carnes grasas.
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Sea cual fuera su dolencia, no fue ésa la que causó directamente su muerte, sino una complicación, producto de un debilitamiento general y un descenso en las defensas. Desde comienzos de noviembre de 813 d.C. comenzaron los ataques de fiebre y la estricta pobreza de la dieta lo condujo a un cuadro de anemia. Aunque su aposento era calentado permanentemente con enormes braseros, contrajo un enfriamiento que el 22 de enero de 814 d.C. derivó en una pleuresía. Siete días después recibió el sacramento de la Extremaunción de manos del archicapellán Hildebrando. El 28 del mismo mes, bien temprano, quiso hacerse la señal de la cruz y apenas pudo. A las nueve de la mañana ya había muerto.
Como narra Eginardo, el cuerpo fue lavado y preparado ritualmente, y luego fue llevado a la iglesia, en medio de la pena del pueblo. Hubo dudas acerca del lugar de la sepultura, porque nada había dispuesto el difunto, pero se acordó enseguida que el mejor sitio era la bella basílica que él había mandado edificar. Se lo enterró ese mismo día en un sarcófago antiguo.
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Luego se levantó su estatua bajo una suerte de palio o dosel, por orden de su hijo y sucesor Luis el Piadoso (Ludovicus Pius), y se escribió su epitafio:
BAJO ESTA EDÍCULA REPOSA EL CUERPO DE CARLOS, GRANDE Y ORTODOXO EMPERADOR, QUE EXTENDIÓ NOTABLEMENTE EL REINO DE LOS FRANCOS, Y GOBERNÓ CON FELICIDAD DURANTE CUARENTA Y SIETE AÑOS. MURIÓ SEPTUAGENARIO EN EL AÑO DEL SEÑOR 814, SÉPTIMA INDICCIÓN, EL 5º DE LAS CALENDAS DE FEBRERO
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Antes de que pasara un siglo los normandos destruyeron la tumba y su monumento. Otón IIIº ordenó una búsqueda que fue exitosa. Luego, el emperador Federico Barbarroja, en pugna con el Papado, hizo canonizar a Carlos por el antipapa Pascual II, el 29 de diciembre de 1165. Entonces, los huesos transformados en reliquias venerandas fueron depositados en un cofre de oro. Sus gestas y sus guerras fueron enriquecidas y aureoladas con relatos milagrosos: como dije antes, la interferencia hagiográfica introducía de este modo al Aureus Karolus, el Carlos nimbado de oro refulgente, como una aureola de santidad.
Pero aquella canonización no fue ratificada por la Iglesia y el nombre de Carlomagno no figura en el “Martirologio Romano”.

Sin embargo, como observó Baronius (el historiador y cardenal italiano César Baronio), la Sede Apostólica toleró el culto al Emperador en algunas iglesias particulares, porque, al fin y al cabo, “San Carlomagno” seguía siendo tenido como un patrono para tantísimos universitarios, que reconocían en él al fundador de la institución escolar, en la noche oscura de la cultura de Occidente.
Porque, como escribió Harold Lamb, a diferencia de otros reyes medievales, sólo él se ganó el título de “Grande” porque no perteneció a una sola sino a todas las naciones cristianas de esa Europa que comenzó a inventar y cuya civilización reconstruyó y unificó, sobre las ruinas de las mentes, la barbarie de las costumbres y el pavor de las supersticiones.
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