
Rubén Luis Mateo tiene 53 años, es un humilde panadero que vive en Lima y, desde hace dos semanas, sufre en carne propia la pesadilla del COVID-19. Por esa enfermedad, el 13 de abril pasado falleció su hermana, de 57 años. A la semana, Rubén comenzó a padecer los síntomas que aún hoy continúan atormentándolo después de más de 15 días: fiebre persistente, tos contínua, cefalea y severos dolores musculares. Tras el hisopado positivo, los médicos le dijeron que se encontraba cursando una neumonía bilateral que, con el correr de los días, se fue agravando ya que necesita el suministro de oxígeno de manera permanente.
Su hija, María Elena Luis Becerra (32), vive en Buenos Aires y trabaja como empleada doméstica. Publicó la situación crítica de su padre en su cuenta de Twitter @mary_xto y le contó a Infobae que -por la gravedad de su cuadro- debería estar internado en la Unidad de Terapia Intensiva, pero los médicos lo mandaron a la casa porque ya no hay cama disponible en Perú y, además, porque su familia no tiene el dinero para afrontar los altos costos médicos de la internación.
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El año pasado, Perú ya había sufrido los dramáticos embates de la pandemia de COVID-19, cuando se conocieron las imágenes de las largas filas de familiares de enfermos, esperando durante horas para comprar un tubo de oxígeno o una recarga a precios siderales.

Algunos meses antes de que comenzara la pandemia, Rubén había dejado su trabajo como empleado en una panadería y puso los escasos ahorros de toda su vida en un pequeño local, que atendía con su mujer Yola (53) hasta que se enfermó. Hoy, la tienda está cerrada y el matrimonio se quedó sin recursos económicos no solo para vivir, sino para pagar los gastos del negocio, el alquiler, los impuestos y la cuota del crédito bancario que pidieron para poder comenzar a trabajar.
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Día a día, el hombre se agrava y los síntomas empeoran. En su casa, lo único que Rubén puede hacer es permanecer acostado boca abajo -lo que los médicos denominan posición prono- para que sus pulmones puedan expandirse un poco más y así respirar mejor. Necesita el suministro de oxígeno de manera permanente y, aún con el mismo, su capacidad de saturación está al límite. La tos lo ahoga, la fiebre no baja y el cuerpo no deja de martirizarlo de dolor.

“Comprar un tubo cuesta mil dólares y, como no tenemos ese dinero, lo tenemos que alquilar. Necesita una carga para el día y otra para la noche. Tiene muchísima tos y no lo deja respirar: se ahoga y se agita. Como ya no tenemos dinero, mi mamá consiguió que le presten un tubo, pero hay que recargarlo dos veces al día y cuesta USD 200. Además, el alquiler del aparato cuesta USD 70 por semana y mi familia es muy pobre. Desde acá, los ayudo con todo lo que puedo y mis parientes de Perú le están pagando los medicamentos, pero ya no tenemos de dónde sacar dinero para el oxígeno. Todos estamos juntando de donde sea, pero ya no hay más nada. El oxígeno es lo único que lo mantiene vivo y ya no tenemos plata”, le dijo la hija mayor de Rubén a Infobae.
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Hace más de una década que María Elena vive en la Argentina. Cuenta que llegó hasta aquí porque la situación económica de su familia era muy mala y, como es la hija mayor -tiene dos hermanas de 23 y 19 años- vino a Buenos Aires para poder trabajar como empleada doméstica con cama y enviarle dinero a sus padres. “Quería ayudarlos con los gastos. Quería que no les faltara la comida y que tuvieran el dinero necesario para vivir dignamente”, afirmó.

María Elena está casada con Carlos, un argentino que trabaja como encargado de un edificio en Recoleta, con quien tuvo a su hija Alondra (5). Estudia enfermería y hace unos meses se quedó sin su empleo de cuidadora. Por las noches, acompañaba a una anciana, pero su obra social empezó a cubrirle el gasto y en febrero la familia prescindió de sus servicios. Desde entonces, trabaja como empleada doméstica en el mismo edificio que su esposo. Pero, a pesar de todo su esfuerzo, no logra recaudar la totalidad del dinero que necesita para ayudar a su padre.
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A través de Twitter, pide ayuda económica para poder cubrir la recarga diaria del tubo de oxígeno. Además, ofrece su trabajo como empleada doméstica, cocinera, acompañante de adultos mayores o niñera a quienes puedan colaborar.

“Es una angustia terrible, es una pesadilla, es una desesperación constante... Siento una impotencia tan grande porque, no solo no lo puedo ayudar económicamente para que siga respirando, ni siquiera puedo estar con él por la enfermedad y, además, vivo en otro país. No puedo hacer nada, ni siquiera llamarlo por teléfono porque los médicos dijeron que no es recomendable que converse, ni que se emocione, porque se agita muchísimo y se queda sin aire”, dice mientras llora desconsoladamente.
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“Mi prima trabaja como enfermera en Lima y me cuenta que la situación en los hospitales es terrible. Los familiares de los pacientes, que logran conseguir una cama en Terapia Intensiva y tienen el dinero para hacerlo, deben pagar aparte el tubo de oxígeno. La gente está desesperada porque no hay lugar para internarse. Por eso, los enfermos tienen que quedarse en sus casas, gastando una fortuna en medicamentos y en oxígeno”, cuenta.

El año pasado, María Elena fue protagonista de una nota de Infobae, cuando publicó en su cuenta de Twitter la historia de un hombre desempleado, que se había quedado en la calle y que buscaba trabajo. Ella misma -a pesar de sus escasos recursos económicos- lo ayudó con el dinero que le faltaba, para que pudiera pagar una modesta habitación compartida en un hotel y, además, pedía que le dieran un empleo. Lo conoció junto a su marido, en una de esas noches en las que la pareja y su pequeña hija recorren las calles de Palermo y Recoleta, para darles un plato de comida caliente y ropa a quienes no tienen un hogar. En sus redes sociales, pide que le donen platos y cubiertos descartables para que su comida -hecha exclusivamente con el dinero que junta con su esposo- pueda llegar a más bocas con hambre.
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Además, desde que empezó la pandemia, el matrimonio hace las compras de los propietarios mayores del edificio donde Carlos trabaja como encargado. Así, evitan que se contagien en la calle y corran riesgos en su salud.

Ahora, la rueda solidaria empezó a girar y hoy es María Elena quien necesita que la ayuden para poder salvarle la vida a su padre.
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“Les pido que colaboren con lo que puedan, aunque sea algo mínimo. Pongo a su disposición mi trabajo cuidando ancianos o niños, haciendo limpieza, cocinando... Lo que se necesite hacer. Puedo trabajar y devolver el dinero. Hago lo que sea, con tal que mi papá tenga el oxígeno y se pueda curar”, finalizó esperanzada.
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