
El poeta Carlos Guido Spano era uno de los miembros de la Comisión Popular de Salud Pública, creada en la Plaza de la Victoria el 13 de marzo de 1871 en las urgencias que exigía la implacable epidemia de fiebre amarilla, que azotaba a la ciudad desde fines de enero. Esa comisión tuvo la desagradable misión de desalojar a las personas que vivieran en lugares afectados, quemar sus pertenencias y clausurar las viviendas.
Grande fue el impacto de Guido Spano cuando en la noche del 12 de abril, en las interminables recorridas que hacía por la ciudad encontró en una casa el cuerpo sin vida de María Luisa Díaz Vélez, 69 años, viuda del general Gregorio Aráoz de La Madrid, héroe de las guerras de la independencia y protagonista de las guerras civiles de nuestro país.
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La colocó en un féretro y esa misma noche la llevó al Cementerio del Sud, situado en lo que hoy es el Parque Florentino Ameghino, en el barrio de Parque Patricios. En esas tierras, que en otro tiempo pertenecieron a los Escalada, en 1867 se había abierto un cementerio provisorio para enterrar a las víctimas de la epidemia del cólera que sufrió Buenos Aires entre 1867 y 1868 y los que fallecieron a causa de la fiebre tifoidea en 1869. Allí la inhumó, con la ayuda de Carlos Munilla, el administrador del cementerio.
Durante la fiebre amarilla, se llegó a enterrar a 700 personas por día. Cuando se pasaron los 18 mil cuerpos, se lo cerró y se buscó otro lugar. De esta manera se cumplía lo dispuesto por el gobernador Emilio Mitre que creaba el “Enterratorio General de Buenos Aires”. Había elegido terrenos en la Chacarita de los Colegiales. En quechua, “chácara” significa “tierra de cultivo”. Y Colegiales hacía referencia a los alumnos del que sería el Colegio Nacional de Buenos Aires que, desde mediados del siglo XVIII hasta 1870 pasaban sus vacaciones de verano en esas 2700 hectáreas.
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Hoy es el Parque Los Andes, en el barrio de Chacarita. Allí, en el sector noroeste, se eligió una extensión de unas cinco hectáreas, en donde ya funcionaba un antiguo enterratorio que pertenecía a los jesuitas desde los tiempos en que Hernando Arias de Saavedra se los había otorgado.
Se expropiaron tierras pertenecientes entonces al partido de Belgrano (aún no existía la Ciudad de Buenos Aires) y se sumaron tierras del italiano Agustín Comastri. El aspecto del lugar es inimaginable para el porteño actual: huertas, montes de frutales, tierras sembradas con trigo y cada tanto un rancho.
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El gobernador también ordenaba la construcción de un camino para acceder al cementerio y una vía férrea.
Abrió el 14 de abril de 1871 y ocupaba un área delimitada por la avenida Dorrego, Jorge Newbery, Corrientes y Guzmán. Estaba rodeado por un modesto cerco de troncos, alambre y arbustos y su entrada, de ladrillos y portón, se encontraba sobre Corrientes.
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Los primeros en ser enterrados fueron el albañil Manuel Rodríguez, de 50 años y Concepción Ferreira, de 30. A medida que pasaban los días y la epidemia castigaba a la población, los féretros se acumularon en la puerta del cementerio, esperando su turno. Esa espera podía durar hasta una semana. Porque también morían los enterradores.
El tren de la muerte
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Le encomendaron al Ferrocarril del Oeste tender una vía que, desde el centro de la ciudad recorriese los seis kilómetros por la calle Corrientes hasta el cementerio. Así nació el “tranvía fúnebre” o el “tren fúnebre”, que partía de Corrientes y Ecuador, en la Estación Bermejo, donde se había construido un enorme galpón en el que se cargaban los féretros.
Tenía dos paradas, la primera en Medrano y la otra en Ministro Inglés, hoy Scalabrini Ortiz, donde estaba la quinta de Alsina. En cada una de ellas, levantaba una carga de cadáveres.
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El tendido de las vías estuvo a cargo del ingeniero francés Augusto Ringuelet quien, en tiempo récord, al mando de 700 obreros, finalizó la obra el martes 11 de abril, dos días después de Pascua, en los que hubo 72 muertos. La inversión fue de dos millones de pesos. Ringuelet llegaría a ser gerente de ferrocarriles desde 1872 a 1882.
La locomotora usada fue La Porteña que, cuando los féretros escaseaban, arrastraba vagones con cuerpos apilados y tapados por una gruesa lona negra. Cerraba la formación un vagón de pasajeros, donde iban los familiares de los muertos, para darles el último adiós. Hacía dos viajes diarios a Chacarita, solo de ida.
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El maquinista se llamaba John Allan, un inglés nacido en Liverpool quien, junto a su hermano Thomas, había sido el primero en conducir La Porteña en su viaje inaugural en 1857. Al tercer día como conductor pasó a engrosar la lista de víctimas de la fiebre amarilla. Tenía 36 años.
A fin de abril Munilla alertó que no daban abasto en las inhumaciones. Tenía más de 600 cuerpos aún sin enterrar. Varios integrantes de esa Comisión Popular de Salud Pública decidieron llevar adelante esa tarea, auxiliados por algunos policías.
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En ese primer cementerio de la Chacarita -que se dejaría de enterrar en 1886- fue el destino final de 3423 personas.
Se lo conoció popularmente como Cementerio Viejo, colmó rápidamente su capacidad y fue clausurado. A partir de 1887, las inhumaciones comenzaron a realizarse en el cementerio que hoy conocemos. En 1884 bajo la gestión del intendente Torcuato de Alvear fue aprobado el proyecto diseñado por el ingeniero francés Enrique Clement y sería fundado el 9 de diciembre de 1886. El 30 de diciembre de 1896 se lo bautizó Cementerio del Oeste, pero como todavía era llamado “De la Chacarita”, una ordenanza del 5 de marzo de 1949 lo renombró de esa forma.
En 1880 el Cementerio Viejo reabrió provisionalmente para enterrar a los muertos del combate de los Corrales, ocurrido el 22 de junio de ese año en el marco de la disputa por la federalización de Buenos Aires. En 1897 los restos que descansaban allí fueron depositados en el osario común del de la Chacarita y el lugar se transformó en el Parque Bernardino Rivadavia; posteriormente le cambiaron el nombre por el de Florentino Ameghino.
En el día de los santos inocentes de ese año fatídico para nuestro país, murió Sofía Hynes González, la esposa de Guido Spano. Su cuerpo fue depositado en la bóveda familiar en la necrópolis de Recoleta. Distinto destino corrió los despojos de la viuda de La Madrid, los que no habrían sido trasladados al nuevo cementerio de la Chacarita, y que aún descansarían, olvidados, en algún rincón del Parque Ameghino.
Fuentes: “La antigua Chacarita de los Colegiales”, de Diego Pino. Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires, Cuaderno 5, año 2004; revista Caras y Caretas
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