
Alzaga era uno de los apellidos que más se repetía en los libros de historia. El padre de Felicitas Guerrero -Carlos José-, lo sabía bien. Su amigo Martín Gregorio de Álzaga era nieto de un homónimo que había descollado en la defensa de la ciudad de Buenos Aires durante las invasiones inglesas. Y si bien en julio de 1812 fue fusilado por Bernardino Rivadavia -por entonces secretario del Primer Triunvirato-, que lo involucró en una conspiración para derrocar al gobierno patrio, nunca existieron pruebas de aquello. El nieto, además, poseía una cuantiosa fortuna. No estaría mal, entonces, unir a Felicitas con Martín. Había dos inconvenientes: por un lado, ella tenía 18 años (había nacido en Buenos Aires el 26 de febrero de 1846), y él 50; por otro, la joven no quería saber nada con ese matrimonio arreglado.
Pero nada pudo hacer para evitarlo.
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El 2 de junio de 1864 hubo boda. La pareja duró casi seis años junta. Los separó la muerte. Primero, la de Félix Francisco, el primer hijo del matrimonio, a los 3 años y víctima de la epidemia de fiebre amarilla. El 1 de marzo de 1870, por dos veces el luto cubrió a la familia en 48 horas. El pequeño Martín murió al nacer. Y su padre también sucumbió ante tanta desgracia.
Felicitas, a los 24 años, se convirtió en una viuda joven, hermosa y millonaria. Una terrateniente dueña de miles de hectáreas en la llanura pampeana. Por supuesto, los pretendientes no escasearon. Ya el poeta Carlos Guido Spano había sentenciado que era “la mujer más hermosa de la República”.
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Uno de los que estaba atraído por ella se llamaba Enrique Ocampo, también de una familia porteña de renombre. Sería el tío abuelo de la escritora Victoria Ocampo. Enrique la visitaba con la esperanza de poder llegar a formalizar una relación, aunque Felicitas mantenía una distancia amistosa.

Un encuentro de película
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Felicitas amaba el campo. Solía pasar temporadas en su estancia La Postrera, en el partido de Castelli, donde se criaban ovejas. Tenía además miles de hectáreas, que iban desde el río Salado hasta el actual partido de General Madariaga.
Pero La Postrera era su favorita. Esos campos habían pertenecido a Ambrosio Crámer, quien había sido muerto en la revolución de los Libres del Sud, en 1837. Su nombre Postrera obedece que cuando se estableció, estaba en los confines de la civilización y era el último mojón frente a las tierras dominada por el indígena.
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También, para el que transita la ruta 2 camino a Mar del Plata, a la altura del kilómetro 168, a mano derecha verá un castillo que, si bien fue construido años después de la muerte de Felicitas, se encuentra dentro de la estancia La Raquel, otra de sus posesiones que heredaría de su marido.
Una tarde, paseando con su carruaje por tierras alejadas de su estancia, la sorprendió una tormenta y se perdió. De pronto, se cruzó con un jinete que la tranquilizó y la acompañó en el regreso. Se llamaba Samuel Sáenz Valiente, era joven y estanciero.
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Y el flechazo fue mutuo.

Un final trágico
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La pareja anunció su compromiso para el 29 de enero de 1872. La fiesta se haría en la casa de descanso que los Guerrero poseían en Barracas, junto a la Calle Larga, que era el antiguo nombre de la avenida Montes de Oca.
Tenía días agitados por delante. Estaba organizando la inauguración de un puente de hierro sobre el Río Salado, cercano a La Postrera, lo que permitiría transitar aún con crecidas. Sería un acto importante, en el mismo campo, al que concurriría el gobernador bonaerense, Emilio Castro.
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Ese día, Felicitas había ido al centro a realizar unas compras. Cuando regresó, ya estaban los invitados, a los que le anunciaría su casamiento. Antes de subir a sus habitaciones a cambiarse, le avisaron que la esperaba Enrique Ocampo, para hablarle en privado. Pensó en darle cualquier excusa para evitarlo, pero finalmente asintió en verlo.
Luego de saludar a su prometido y a los invitados, se dirigió a la sala donde un atribulado Ocampo la esperaba. Felicitas no quiso que su amiga Albina la acompañase, aunque uno de sus hermanos y un primo, Demaría, aguardarían atentos detrás de una ventana.
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Ambos discutieron. Escucharon que Ocampo le preguntaba a Felicitas si se iba a casar con él o con Samuel y ante la respuesta evidente, sacó un revólver y amenazó que, si no se casaba con él, no lo haría con nadie.
Felicitas intentó escapar de la sala, pero recibió un tiro en la espalda y cayó desplomada. Su hermano y su primo entraron y las versiones de lo que ocurrió difieren. Una, que Ocampo se suicidó, otra que los dos hombres lo mataron. Aparentemente, el cuerpo de Ocampo presentaba más de un orificio de bala. El juez Ángel Carranza dictaminó que el hombre se había suicidado, y el caso fue cerrado.
El proyectil que había herido mortalmente a la muchacha había ingresado por arriba de su omóplato derecho y había afectado la columna y el pulmón. Felicitas agonizó unas horas y falleció en la madrugada del día siguiente, 30 de enero. Fue velada en la casa familiar de México 524, en el barrio de San Telmo y enterrada en el Cementerio de la Recoleta.
La ironía del destino quiso que su cortejo fúnebre coincidiera, en la entrada de la necrópolis, con el de su asesino, Ocampo.

La iglesia que la recuerda
Carlos José Guerrero y Reissig Felicitas Cueto y Montes de Oca, los padres de Felicitas, quedaron desconsolados y ordenaron la construcción de una iglesia en el lugar donde la habían matado. Tardaron siete años en erigirla. El 30 de enero de 1879 frente a la Plaza Colombia, en Barracas, abrió sus puertas la iglesia de Santa Felicitas.
El templo tiene una estatua de Felicitas y de su esposo Martín. Y una costumbre que aún se ve de tanto en tanto es que aquellas jóvenes que quieren casarse atan un pañuelo a las rejas de la Iglesia y lo vuelven a buscar al día siguiente. Si están húmedos, significa que Felicitas ha llorado.
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