
Cuando un asalto en un museo de arte es tan perfecto como una obra en sí misma, los únicos testigos son los rostros y los paisajes de los cuadros robados. Como si la mirada de una víctima de un crimen quedara oculta y eternizada.
El 25 de noviembre de 1980 quedó en la historia como el día que se cometió uno de los robos más importantes de la historia criminal argentina.
Durante la Navidad, cuatro ladrones expertos en robar cuadros entraron al Museo Nacional de Bellas Artes, en Recoleta, después de entrar por los techos a través de andamios y estructuras metálicas que estaban en el lugar porque el lugar estaba en reforma.
Los pesquisas estimaron que la banda estuvo en el museo entre la 1 y las cinco de la madrugada, mientras miles de argentinos celebraban en sus casas.

“No había alarmas activas y en el museo había sólo dos serenos. El grupo criminal se dividió en dos: unos fueron al primer piso y los otros a planta baja”, dijo en aquel entonces una fuente policial. Sabían qué obras buscaban: las de las colecciones de Mercedes y Antonio Santamarina, que no estaban aseguradas.
Se llevaron siete objetos de porcelana y jade y 16 pinturas impresionistas: El abanico, un dibujo a lápiz de Henri Matisse; Retrato de mujer, Gabrielle et Coco y Coco dibujando, de Auguste Renoir; Recodo de un camino y Duraznos sobre un plato, de Paul Cézanne; El llamado, de Paul Gauguin; Ruta por la nieve al puerto de Chateau, de Charles Lebourg; El vendedor de diarios, de Thibon de Libian; Fiebre amarilla, de Juan Blanes; Feydeau y su hijo Jorge, de Honoré Daumier; dos dibujos de Edouard Degas; dos desnudos en acuarela de Auguste Rodin, y un óleo de Eugene Boudin.
El botín estuvo valuado en 20 millones de dólares.

“Este tipo de robos es por encargo y acá hubo gente poderosa. Nuestra camada no se dedicó a este delito porque es muy difícil de robar un cuadro y mantenerlo sin que sea descubierto. Tiene que ser un pasamanos. Además cada cuadro tiene una especie de ADN”, dice Rubén de la Torre, uno de los ladrones del robo del siglo al banco Río de Acassuso, cometido el 13 de enero de 2006.
La primera jueza del caso, Laura Damianovich de Cerredo, consideró que los ladrones fueron “profesionales que operaban a nivel internacional”, aunque resaltó que las medidas de seguridad del museo eran precarias y ninguno de los accesos había sido violentado. Nunca se supo quiénes fueron los ladrones.
El increíble robo inspiró al libro “Pasaporte al olvido”, de Patricia Martín García. La autora plantea una hipótesis de película: la dictadura militar había estado detrás del millonario robo para intercambiar el botín por armas de guerra en Taiwán. Cientos de esas armas habrían terminado en manos de los soldados que combatieron en Malvinas.
Una de las pruebas en las que se basó tiene que ver con la muestra “El oro en Colombia”, inaugurada en el museo pocos días antes del gran golpe. Detrás de ese catálogo estaba el general retirado Otto Paladino, ex jefe de la SIDE nombrado por el dictador Jorge Rafael Videla.

Paladino, según la investigación de García, llegó a tener los planos del museo.
También se siguió la pista de unos traficantes de armas y de la banda parapolicial de Aníbal Gordon.
Sin embargo, al menos cinco empleados del museo que no tuvieron nada que ver con el robo fueron torturados. Y el curador del museo, Samuel Paz, quien había logrado que los Santamarina donaran ese patrimonio cultural al Estado, fue secuestrado
No es todo: los dos serenos fueron detenidos durante tres semanas.
Parte de ese material formó parte de la muestra “Lo que pasó en la Navidad de 1980”, a cargo de los curadores Santiago Villanueva y Paula Castro en la galería Isla Flotante. Es una especie de exposición muy bien documentada de la ausencia.
El 23 de noviembre de 2005, hace poco más de 15 años, ocurrió lo inesperado: tres de las obras que habían sido robadas, “Retrato de mujer”, de Renoir; “El llamado”, de Gaugin, y “Recodo del camino”, de Cézanne, fueron halladas en París y repatriadas por Interpol en un vuelo en el que estuvo el juez federal Norberto Oyarbide, a cargo de la causa.
“El caso no se cerró, nunca hay que descartar que aparezcan más cuadros”, dice a Infobae una fuente de Interpol que participó del operativo.

Los tres cuadros habían sido puestos a la venta por el empresario maderero Arthur Lung en una galería parisina y fueron localizadas por un espía británico, el especialista en recuperar obras de arte Julian Radcliffe.
Del resto de las obras no se sabe nada. Podrían estar en paredes en lugares inhallables, en distintos países, en depósitos o en un destino incierto. Nadie quiere pensar en la peor hipótesis: que esas obras hayan sido consumidas por el fuego o arruinadas por el agua.
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