Embarazadas, abuelas, madres e hijas se unieron frente al Congreso a favor del aborto legal

Generaciones entrelazadas en una lucha histórica, que esperan dar un paso más en la conquista de derechos. “Estoy podrida de ver cómo se mueren las pibas en las villas”, dice una. “Que yo sea madre no significa que todas quieran ser madres”, explica otra

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A la larga espera fueron embarazadas y mujeres con sus madres, abuelas e hijos (Maximiliano Luna)
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“Somos las sobrevivientes del Estado ausente”, “- misa, + miso(prostol)”, “aborto ilegal / femicidio estatal”, “la maternidad será deseada o no será”… gritan los carteles, los pasacalles, los asfaltos grafiteados de Callao y Rivadavia. Pero también gritan los cuerpos. Cuerpos pintados de consignas, de frases que inscriben la lucha por el derecho al deseo, por el poder de ser autónomas de nuestras vidas, por la injusticia de morir en el intento.

“No nos obliguen a ser lo que no queremos ser”. Y ahí parece estar uno de los quid de la cuestión: legalizar el aborto no obliga a nadie a interrumpir sus deseos de maternar. En cambio, habilita una práctica que ocurre, por infinitas razones, cuando las mujeres deciden, a como dé lugar, no avanzar con sus embarazos.

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"Soy mamá de tres, pero estoy acá porque apoyo el derecho al aborto", contó Elizabeth (Maximiliano Luna)

A Elizabeth la brillantina se le corre por el calor, mientras empuja un cochecito que parece despensa móvil: agua, galletitas, gorro, comida, más agua. Acurrucado en el fular y prendido a la teta, asoma la cabeza su hijo más chiquito.

“Tengo una niña de seis años, un niño de cuatro y al bebé de 10 meses. Soy mamá de tres, pero estoy acá porque apoyo el derecho al aborto, apoyo poder decidir sobre nuestros cuerpos. El hecho de que yo sea madre no significa que todas queramos ser madres y siento que es una necesidad que nos robaron”.

Tiene 24 años pero cuando mira para atrás dice que su lucha comenzó hace mucho tiempo. Aún antes de su nacimiento. Una genealogía de lucha feminista.

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Lo tienen claro: legalizar el aborto no obliga a nadie a interrumpir sus deseos de maternar (Julieta Bucacof)

“Estoy acá por mi hija, pero también por todas. Por mi mamá, por mi abuela. Mi abuela luchó por el voto de las mujeres. Y por eso siento que es algo que les debo también a ellas. Ellas lucharon para que yo pudiera votar y yo lucho para que mi hija y las que vienen tengan la posibilidad de decidir si no quieren ser madres”.

Elizabeth vive en los monoblocks de Llavallol en Lomas de Zamora, y dice que desde que el Senado arrebató la aprobación del aborto legal, seguro y gratuito hace dos años las cosas también cambiaron en los barrios: “Creo que esta vez sale la ley. Lo espero. De 2018 para acá hubo más concientización. En mi barrio en este tiempo circuló mucha más información. Yo soy mujer, soy pobre y madre, y me preocupa y me ocupa este tema porque lo necesitamos. Las pibas lo necesitamos”.

Discurso de la diputada Adriana Cáceres

La marea

La alusión a la marea verde siempre está presente cuando se habla de despenalizar y legalizar el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos. Una marea de intersecciones, en las que se rastrean las huellas de las aguas que precedieron y posibilitaron el momento histórico actual. Generaciones entrelazadas, compartiendo la memoria de antiguas resistencias, convencidas de la importancia de transformar lo individual en colectivo para seguir amorosamente, juntas. Por las de ahora. Por las que vendrán.

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Tres generaciones, abuela, hija y nieta, y una misma lucha (Maximiliano Luna)

Mónica tiene 59 años y desde temprano se instaló con una manta en Rivadavia al 1700 a vender moños violetas y verdes que cose en su casa en Ingeniero Pablo Nogués, en Malvinas Argentinas, después de que se quedó sin trabajo hace demasiado tiempo ya. La acompañan su hija Carla y su nieta Milena, de 11 años, especialmente a cargo del glitter que embadurna con un preciso protocolo de cuidados. Tres generaciones vendiendo el trabajo de sus manos, cuartadas de lucha.

“Quedé embarazada a los 25 años, estando de novia y me casé, porque así se hacía. Por eso cuando mi hija quedó embarazada le pregunté qué quería hacer y le dije que la iba a acompañar en cualquier opción que tomara, porque era su decisión. Y estamos hoy las tres porque somos de la idea de que tenemos que tener libertad. No me parece bien que alguien nos diga qué hacer con nuestras vidas”.

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Niñas en la marcha de hoy con la consigna "niñas, no madres" (Julieta Bucacof)

Mónica comparte su historia. La completa. La que contó siempre y todos conocen, pero también la que recién ahora dice en voz alta. El momento en el que se animó a decidir lo que quería para su vida y la de su familia. “Estando casada me hice un aborto, después de tener dos hijos. Así estábamos bien. Ya era mucho esfuerzo mantener a dos, con más chicos no íbamos a poder. Tuve que pagar mucho dinero para hacerme el aborto en una clínica de una obstetra. Fue seguro pero tuve que pagar mucha plata. Y además se hizo todo en secreto, solo supimos mi marido y yo. Por eso tiene que salir la ley. Esto pasó hace 20 años y sigue igual. No da para más”.

Sororidad

Una frase que repiten entre los sectores que se oponen a la legalización es que “El aborto no es un tema que les preocupe a las mujeres pobres”.

Ainoa tiene 19 años y pasea su panza de 35 semanas a paso firme. Camina segura y decidida con el ombligo al aire. Llegó a la plaza de los dos Congresos con sus amigas en tren desde la villa 21, en Barracas.

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Ainoa tiene 19 años y fue a la vigilia con su panza de 35 semanas (Catalina Calvo)

“Estoy acá porque estoy re podrida de ver cómo se mueren las pibas. A tres casillas de mi casa se murió una piba por intentar abortar, y a otra que conozco no la quisieron atender en un hospital después de querer abortar. La verdad es que no me parece algo lindo hablar del aborto, pero pasa. Y yo prefiero seguir viendo a las pibas de mi barrio caminando por los pasillos de la villa a que no estén. Es doloroso que se mueran chicas que viste crecer porque les meten cualquier cosa. No puede seguir pasando y no pueden dejar que siga pasando como si nada, como si no existieran nuestras muertes por aborto”.

Ainoa planeó su embarazo, lo buscó con su compañero y se la nota extasiada: “Deseé mi embarazo, amo a mi hija, pero también sé que hay muchas mujeres que no. Y como estoy embarazada y sufro todas las cosas del embarazo pienso que si no lo querés lo debés sufrir horrible. Me da pánico parir, ¿imaginate alguien que no quiere parir?” A contrapelo de la remanida pica femenina, Ainoa se pregunta y piensa en otras, en las que no decidieron, en las que no desearon como ella. “Sororidad”, repite, “sororidad”.

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