Fue uno de los años de crisis profunda de Diego Maradona, donde una vez más, como aquel verano del 2000 cuando fue rescatado de la muerte en Punta del Este, volvía a descender a los infiernos para desconsuelo y temor de su familia. Había llegado a pesar casi cien kilos para su estatura de 166 centímetros. Tenía dificultades para hablar y no llegaba a terminar las frases.
Contra su voluntad, en mayo de 2004 su familia decidió internarlo en una clínica neuropsiquiátrica de Ituzaingó, en la provincia de Buenos Aires. La decisión había sido tomada luego de que estuviera hospitalizado dos veces con problemas respiratorios, con su corazón golpeado, otra vez al borde de la muerte.
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La situación había llegado a tal punto que las autoridades de la clínica se presentaron ante la justicia para advertir que Maradona estaba allí por decisión familiar, para evitar cualquier acusación de privación ilegal de la libertad. Pocos días después, el juez de familia Norberto García Vedia declaró que el ex futbolista ya no podría dejar la clínica neuropsiquiátrica, sin una orden de la justicia: “Él no está en condiciones por ahora de decidir. Está bajo los efectos de una crisis”, dijo el magistrado en medio de los periodistas que esperaban noticias en los tribunales de Morón.
Luego de tres meses de internación, y con signos de recuperación notorios, Maradona comenzó a pedirle al juez que le permitiera viajar a Cuba para seguir la rehabilitación. En ese marco, Diego dio la primera entrevista para mostrar sus adelantos. Durante una hora se confesó con Daniel Hadad en Canal 9. Allí el Diez aceptó hablar de todo, reconocer sus errores y exponer sus miedos.
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Maradona dejó frases que hoy toman otra dimensión, tras su viaje final del 25 de noviembre, cuando su corazón dijo basta. Locuaz, intentando convencer al juez para que lo dejara viajar a Cuba, Diego no gambeteó ninguna respuesta.
Hacia el final de la entrevista que se reproduce en esta nota, Hadad le preguntó de quién le gustaría despedirse o saludar cuando se fuera para Cuba. Sin dudar, Diego le dijo que a nadie y dio sus razones: “Nunca, nunca me gustó despedirme. Las despedidas son feísimas. Son feísimas. Pero seguramente sin que se den cuenta les voy a dar un beso”.
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A lo largo de la conversación con Hadad, Maradona habla de su problema con las drogas y trató de aconsejar para evitar su sufrimiento: “El tema es no entrar”.
— ¿Porque una vez que entras no se puede salir?
— No se puede salir.
— Así de simple.
— Así de simple. Por eso hay que insistir con no probar. Decir directamente no. Decir directamente no. No, porque después es una lucha permanente. Es una lucha de toda la vida.
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En una parte de la entrevista, Diego comparó la educación que recibió él y la que pretendía para sus hijas. Y contó, con ternura, cómo comprendía actitudes de sus padres cuando todo escaseaba en Villa Fiorito: “Mi viejo no tenía tiempo para ser amigo mío. Mi viejo se acostaba a las 9 de la noche para despertarse a las 4 de la mañana e irse a la fábrica... ¿entendés? Y no tenía tiempo. Venía a las 6 de la tarde, comía y se volvía a acostar para así seguir la cadena. Y claro, yo rompía las zapatillas y era lo único que tenía, mi viejo no tenía para… Yo rompía las zapatillas y mi viejo me daba... Mi vieja me decía ‘mirá, ahora cuando venga tu papá vas a ver’. Cuando yo veía a mi viejo, veía... ¿Sabés qué? A Freddy Krueger...”
Así como se mostraba comprensivo con la época que le tocó a sus padres para educarlo, Maradona contó las ventajas que tuvo él para dedicarle tiempo a Dalma y Gianinna: “Nunca, pero nunca les levanté la mano, jamás. Yo sí tuve el tiempo para ser amigo de mis hijas que no tuvo mi viejo y no les levanté jamás la mano a mis hijas. Tuve todo el tiempo para hablarles, para estar con ellas”.
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Aunque ya estaba separado de la madres de sus hijas, Maradona no dejó de nombrarla: “Yo creo que mi único amor va a ser Claudia. Porque hoy por hoy mi amor pasa por mis dos hijas. No tengo otro amor”.
Aunque ya había estado varias veces al borde de la muerte y había salido adelante, Diego admitía temer que “el Barba” (como lo llamaba a Dios) lo señalara: “Sí, tengo miedo. Tengo miedo como todo el mundo. O sea, que el Barba diga te tocó. Y bueno, será porque me tengo que ir. Yo creo que hay un Barba y que es justo y que cuando te toca, te toca”.
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La entrevista completa
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