
En el año 63 antes de Cristo, el general romano Pompeyo conquistó Samaria y Judea, aprovechando las divisiones entre los judíos. Como solían hacerlo en los territorios conquistados, aquí también los romanos instalaron un gobernante local pero sometido a sus intereses: se trató de Herodes que, fortalecido por el respaldo de los romanos, liquidó a sus enemigos internos para erigirse como rey de Judea en el 37 antes de Cristo.
Esa estrategia daba buenos resultados: con frecuencia los gobernantes locales eran más crueles que los mismos romanos. Tal fue el caso de Herodes, famoso por su crueldad e inescrupulosidad.
En el año 4 antes de Cristo, Herodes divide su reino entre tres de sus hijos. Pero este statu quo duró poco, porque en el 6 de nuestra era, el emperador Augusto convirtió Judea en una provincia romana gobernada por un procurador.
Aunque los ocupantes permitieron la continuidad del Sanedrín, la autoridad religiosa de los judíos, las divisiones internas no lograban ser superadas. Uno de los motivos de querella era precisamente la actitud a tener hacia el ocupante imperial.

El alto clero judío, explica el historiador Paul Johnson en La historia del cristianismo, “estaba en manos de los aristócratas saduceos, que apoyaban y defendían la ocupación romana”. Familias ricas y conservadoras, que confiaban más en las autoridades imperiales para la protección de sus propiedades. Eran la elite judía que colaboraba con el ocupante a través del Supremo Consejo de Jerusalén o Sanedrín.
Luego estaban los fariseos, una de las facciones más numerosas, descritos por el historiador judío Flavio Josefo (37-100) como “un partido de judíos que al parecer son más religiosos que los restantes y explican las leyes con más minucioso cuidado”. La casuística judía requería de mucha interpretación. Menos literales que los saduceos, apelaban a la tradición “para interpretar razonablemente la escritura”. Pero su legalismo era extremo. “Al parecer, ni siquiera Dios podría derogar la ley”, ironiza Johnson. Eran nacionalistas y en su mayoría no apoyaban a los romanos, pero se acomodaban a la situación.
Los samaritanos eran un grupo que había roto con el Templo de Jerusalén y tenía su propio santuario. Algunos les negaban la condición de judíos y eludían tener trato con ellos.
Los zelotes, por último, eran un movimiento que se oponía activamente a la ocupación romana, en especial al pago de impuestos. Una de las misiones de los procuradores romanos era contener esa amenaza.

Saduceos y fariseos convivían sin gran conflicto con la ocupación extranjera pero, en las franjas más populares, la secta de los zelotes encontraba terreno fértil para su llamado a una resistencia activa.
En agosto del 66 d.C. los zelotes lograron desatar una rebelión violenta. Se apoderaron de Jerusalén y ultimaron a los grandes sacerdotes.
El general Vespasiano fue el encargado de conducir las fuerzas romanas durante la represión. Jerusalén fue sitiada. Cuando Vespasiano fue nombrado emperador, su hijo Tito tomó el relevo en el aplastamiento de la rebelión judía. Por ese entonces, Jerusalén tenía 80.000 habitantes. Derrotada la rebelión, éstos serán deportados como esclavos, y el Templo, emblema mayor de la religión judía, destruido.
Sólo permaneció una parte de la explanada y un tramo del muro que rodeaba al conjunto edilicio. Se trata del muro Oeste, hoy Muro de los Lamentos.

La derrota de Jerusalén y la destrucción del Templo no representaron el fin de la llamada primera guerra judía. A orillas del Mar Muerto, la fortaleza de Massada seguirá resistiendo bajo las órdenes de Eleazar, un jefe zelote, hasta el año 74, cuando, al verse derrotados, sus habitantes prefirieron suicidarse antes de caer en manos enemigas.
La destrucción del Templo de Salomón
El 30 de agosto del 70, las legiones romanas conducidas por Tito, penetraron en el monte donde se encontraba el Templo de Salomón e incendiaron su imponente santuario.
La rebelión judía había estallado cuatro años antes, en el 66. Entre los factores que la desencadenaron, estaba no sólo el peso de la ocupación, sino también las promesas milenaristas. En la región se vivía un clima apocalíptico. Jesús fue el más célebre pero no el único predicador que desafiaba el orden imperante y anunciaba el advenimiento de un tiempo nuevo. Esa esperanza llevaba a pensar que las profecías de los antiguos se cumplirían de modo inminente, que Roma era ese último reino del que hablaba el profeta Daniel, y que sería destruido por un mesías.
También pesaba, lógicamente, la carga fiscal que los romanos imponían a los pueblos sojuzgados, y la mano dura que aplicaban a todo el que desafiara la ley. Otra causal fue el resentimiento interno hacia el alto clero judío, visto como cómplice de la ocupación.

De esta mezcla de motivaciones de orden mítico con razones más prácticas y cotidianas nació la gran revuelta judía del 66.
Las diferencias internas fueron un factor de debilidad en la revuelta. Frenado un primer intento de recuperación de Jerusalén por los romanos, los judíos no lograron ponerse de acuerdo en el rumbo a seguir, lo que obviamente favoreció la estrategia imperial.
Vespasiano se limitó a sitiar la ciudad y a esperar a que los cercados agotasen sus recursos y sus fuerzas. La estrategia funcionará y, pese a la encarnizada resistencia judía, la ciudad sitiada caerá finalmente.
Flavio Josefo asegura que el general Tito no deseaba la destrucción del templo y que el incendio fue accidental, producto de la misma lucha. Pero este historiador, pese a ser judío, no siente simpatía por los rebeldes. Y en su sesgado relato los zelotes son presentados bajo un cariz muy negativo; además atribuye la resistencia a una minoría poco representativa.
Según Michaël Girardin, especialista en Historia Antigua de la Universidad de Lorena, actualmente la mayoría de los historiadores cree que la destrucción del Templo fue una decisión de los romanos, conscientes de que el sitio era el corazón de la resistencia judía. Las monedas que emitió el efímero Estado judío (del 66 al 70) llevan el Templo como símbolo de la alianza de Dios con el pueblo judío y la leyenda “Jerusalén, la santa”.

Tito volvió a Roma triunfante y en el foro romano se construyó un arco para dejar testimonio de su hazaña. Sus bajo relieves conforman un relato de los logros romanos en Judea, incluyendo el saqueo de los tesoros del Templo de Jerusalén, en particular, la Menorah, el célebre candelabro de siete brazos. Este tesoro desapareció unos siglos más tarde, cuando los vándalos de Genserico saquearon a su vez Roma, en el año 455.

Uno de los fines de la rebelión era justamente la protección del santuario, amenazado por un poder extranjero. El Templo de Salomón era un sitio de gran significación religiosa y también política para los judíos. Por eso fue destruido.
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