
Se llama Ariel pero no hay forma de corroborarlo. Tiene 40 años pero tampoco hay registros fidedignos que acrediten su edad. No sabe qué día nació pero se acuerda que en sus primeros cumpleaños estaba abrigado y que hacía mucho frío. Le dicen “Tapita” porque de chico se tragaba las tapitas de las gaseosas. Es cuidacoches en la zona de la terminal y la feria de la localidad Trinidad, en la capital sanjuanina. No tiene identidad: se crió en la calle. Vivió el hambre, el frío, la miseria, el abandono. Pero Tapita dice ser una persona feliz.
Hace un año y medio que duerme en el garage de la casa de Viviana Fornés, fundadora y responsable del Proyecto Águila. Y hace dos años que acude a la Escuela Nocturna Tambor de Tacuarí, donde le da clases Carina Ortiz, su maestra de segundo ciclo. Viviana dice que la historia de Tapita es una novela con suficiente contenido para escribir un relato conmovedor. Carina lo describe como una persona emocional, genuina, pura. A veces, cuando cuenta quién es, comete el pecado de confundirlo con un niño, tal vez por vicios de docencia o por el perfil maternal que intenta esconder.
Pero, ¿quién es Tapita para Tapita? “Me siento mal porque no tengo identidad. Me hace falta mi documento para hacer trámites. Me siento aislado. Me gustaría tener mi identidad, me hace falta tenerla para ser igual que todos. Para que cuando me pare la policía, pueda mostrar qué persona soy. Soy una persona buena yo, no soy una persona mala”.
La historia de Tapita está teñida de incertidumbre y desamparo. Su cronología es incierta y los verbos que repasan los hechos deberían ir en potencial. Nació en una villa que se llama “la Cueva del Chancho”, en el departamento de Chimbas. No fue reconocido por sus padres: desconoce quiénes eran. “Fue criado por varias familias en la época en que las villas eran piecitas una al lado de la otra”, narró Viviana, quien lo conoció hace seis años mientras colaboraba en campañas solidarias: “Fue uno de los primeros anotados para ocupar una cama cuando pensé en armar mi refugio”.
Tapita la abraza siempre, le agradece todo y a veces le dice “mamá”. Ella reconvirtió su garage en un refugio con cuatro cuchetas para albergar a ocho personas en situación de calle. Allí duermen, desayunan, meriendan y cenan: conviven.
Es la primera vez que Tapita experimenta la sensación de pertenecer a algo: “La comida es muy rica, oramos, reímos, tomamos unos mates, compartimos muchas cosas con los chicos. Acá tengo una familia que es hermosa. En el Proyecto Águila tengo muchos amigos, mucha compañía. No es como la calle. Es un lugar hermoso donde estamos. A mí me gusta, estoy contento, feliz”.
Su condición de indocumentado es lo único confirmado. “Dice que tuvo un accidente muy grande y que perdió un poco la memoria, pero igual entendemos que tiene un retraso madurativo. Él cuenta muchísimas historias y siempre son diferentes, no sabemos cuál es la verdad”, contó Viviana.
Los recuerdos de su infancia invitan a pensar quién era Tapita. “Cuando era pequeño jugaba a las canicas, a la pelota, a las figuritas. Tenía muchos amigos y jugábamos al fútbol. La calle era muy dura cuando me crié. Empecé a vivir ahí de chico. Después, más grande, tuve un accidente y no recuerdo muchas cosas porque perdí la memoria. No me acordaba cómo me llamaba. Es una historia muy larga para recordar”, reconoció.

Contó que en sus años en la calle abusaban de él, se reían, se burlaban, lo golpeaban, le decían cosas feas, le dieron una puñalada y tuvieron que internarlo en el hospital. “No tenía con qué taparme en invierno. Pasaba mucho frío y pasaba mucho hambre, no tenía qué comer, encontraba comida en los tachos de basura y me quedaba a dormir en cualquier lado”, recordó.
Viviana ensayó una reflexión de su tránsito por la vida: “Lo único que lo ha sostenido con vida durante tantos años fue su esencia, su estado de ánimo, su alegría por vivir. Siempre lo vas a ver sonriendo, agradecido. Todo el mundo lo quiere acá en San Juan y siempre tiene palabras lindas hacia las personas”.
Tapita, a sus inciertos 40 años, está haciendo cosas por primera vez en su vida. Lo precisó Viviana: ahora, Tapita, se corta las uñas, se baña de manera periódica, se perfuma. Ahora, Tapita, va a la escuela. “Estoy aprendiendo a leer, a escribir, los números, las letras. Para mí es una alegría estar en la escuela. Estoy re contento”, aseguró.
La Escuela Nocturna Tambor de Tacuarí durante el día se llama Escuela Miguel de Azcuénaga con escolarización primaria y secundaria. Tapita ingresa a las seis de la tarde y se va cerca de las nueve de la noche, después del turno de clases y de un tiempo de ocio con compañeros y personal docente. Es su segundo grado o su segundo ciclo en virtud de un aprendizaje acelerado. Viviana, quien lo incentivó a que empezara el colegio, graficó su transformación: “Su seño del año pasado decía que lo veía como si estuviese en un jardín. La escuela le cambió la vida. Es la primera vez que se siente incluido: ahora tiene su mochila, su cuaderno, su pizarrón, sus lápices, su señorita. Al ser la primera vez que se siente parte de algo, todo parece mágico. Su cuaderno es sagrado, lo lleva para todos lados, se lo muestra a todo el mundo. No falta nunca, no quieren tener vacaciones”.

“Es verdad: nunca falta y el cuaderno es un estandarte. Tanto él como sus compañeros quieren aprender todo el tiempo y estar contenidos. Les cuesta pero le ponen mucho entusiasmo”, relató Carina, su maestra. En mayo de 2019, conoció a Tapita. “Me encontré con este niño, con este hombre -se corrige- que no tiene identidad, que no tiene DNI y que básicamente es una persona sufrida pero muy emocional, muy buena persona, muy buen compañero. Es el que menos agresión tiene, con todo lo que ha tenido, es súper noble. Él llega a la escuela, abre su cuaderno y da lo mejor de sí”.
Quienes lo conocen confiesan que Tapita ya se siente otra persona. Cuando llegó ya sabía escribir las cinco letras de su nombre, ahora está trabajando en conocer el abecedario, aprender a leer, deletrear, escribir. También aprendió a contar pero no es una persona alfabetizada.
Carina trata con adultos en situación de vulnerabilidad, la mayoría vive en el refugio con Tapita y Viviana, pero no todos. “Muchos días vienen mal de la calle y yo tengo que parar la currícula. Si viene con un poquito de alcohol o sucios ya saben que no pueden entrar. Tienen que conocer que existen reglas. A veces usamos boletas de luz, de gas para que aprendan a leer y a contar porque deben saber que eso existe, tienen que conocer la realidad, tienen que saber leer un cartel en la calle”.
Él se lava antes de entrar, se cambia la remera, se pone perfume. Pero, a veces, por los vicios de la calle, Carina se suele enojar con Tapita. Él llora pidiéndole disculpas y prometiéndole cosas. Le lleva regalos que encuentra en la calle: vestidos, cremas, rímel. Le canta y le confiesa su amor: es como un niño idealizando a sus maestros. “Me pregunta: ¿seño, te puedo cantar? Son temas larguísimos, generalmente melódicos. Él es un enamorado del amor”, contó la docente con una sonrisa.

La escuela funciona como un antídoto para neutralizar las esquirlas de la calle. Carina se ocupa de ser la autoridad docente, no una figura maternal. “Todos los días les hago poner el nombre completo, la fecha y el número de DNI, porque aunque no lo creas y aunque parezca absurdo, a veces no lo saben. Mi prioridad es darle una enseñanza de la cotidianeidad”.
Tapita nunca tuvo DNI, ni familia, ni hogar. La Dirección de Desarrollo Humano de la Municipalidad de San Juan inició la gestión para establecer su identidad. El caso lo está investigando el Juzgado de Familia hace dos años. Viviana cree que pronto se conocerá su origen y prefiere resguardar sus presunciones que tienen relación con habitantes de la villa “la Cueva del Chancho”. Tapita quiere su DNI para hacer trámites, para viajar, para conseguir trabajo.
“Me gustaría terminar el colegio, aprender algún instrumento. Ser profesional cantando. Ser como un cantautor. Me gustaría ser un fabuloso cantor”, reveló. Y avisó que cuando tenga el documento en su mano, organizará una fiesta.
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