Jamás, en ningún país del mundo, hubo malograciones más grandes, ni tesoros más cuantiosos fueron entregados a propósitos más infieles.
Cuando el país empezaba su vida institucional a pasos firmes, demostrando un poderoso empuje en su desenvolvimiento, una racha terriblemente oscura y cruel, lanzándose por todos los ámbitos de la República, derribó todo lo estatuido no dejando más que la estructura sarcástica de las simulaciones, y las instituciones cayeron confundidas en un abismo de declinaciones morales.
Si la esencia y la misión del Estado consiste en hacer justicia y procurar el bien de todos, si las instituciones políticas no son otra cosa que medios y garantías para la obtención de esos bienes, ¿quién puede desconocer que el “régimen” no fuera la negación de la esencia y de la misión misma del Estado?
Nunca jamás sistema alguno hizo más daño a la Nación que el “régimen” con sus desaciertos, su sensualismo, sus incapacidades y su brutal negación de las más primordiales garantías y derechos.
Poseedora la Nación de un prominente concepto y de una acrisolada reputación sin mancilla alguna y de un colosal patrimonio lleno de savia y de magnificencias, pudo haber fundado todas las obras de la civilización humana y haber poblado gran parte de su territorio con los mejores componentes de las labores múltiples conservando íntegra su riqueza nacional.
No ha sido una tempestad transitoria, sino la inundación de un torrente infernal de depravaciones que invadió todo el orden público y lo sumergió a su predominio, intensificando siempre la demolición de todo lo constituido y ahondando la regresión cada vez más franca y desaforadamente.
Lo había avasallado todo sin crear absolutamente nada porque nunca tuvo el sentimiento ni la conciencia del deber. La perversión, con el ejemplo desde arriba, infiltró en todos los medios su perniciosa influencia, arrastrando con su fatal caída conciencias y talentos, destruyendo bienes preciosos y alumbrando gérmenes fecundos en un inverosímil desconcierto, en un ruidoso desplome moral.

Así confundió y desvirtuó las relaciones y los fines del derecho público, convirtiéndolo en resorte y medio para sus exaltadas ansias de mantenimiento en el poder. En una tierra a la que plugo al Creador dotarla de todos los dones y de cuya savia surgió un espíritu y nació una vida que desde la hora inicial remontó su vuelo a las regiones más altas, ¿qué es lo que ha hecho? Consumir, desgastar y malograr todo su poderío moral y físico. ¡Cuánto más grande y poderosa habría sido la patria dejándola desenvolverse dentro de su propia naturaleza, sin ejercer sobre ella dominios tan ineptos, tan incapaces y aprovechadores! Inteligente por definición, con una actitud de adaptabilidad indiscutible, con el cielo más claro del mundo, con una extensión de territorio tan feraz como dilatado, con hermosos puertos naturales, con productos de todas las zonas como su clima, con todos los bienes de la naturaleza, en fin, el pueblo argentino no puede caer en decadencia sino por la traición mil veces infame de sus gobiernos.
¿Qué saben de bienes ideales estos menguados que están frente a la riqueza nacional con el mostrador abierto y gritando que en ellos está la malaquita humana?
¿Y qué promesa, qué esperanza, qué bien, qué grandeza, qué belleza humana puede esperarse de ellos, sino la consumación de sus logros y el alejamiento de los bienes generales?

¿Cómo podrán justificar sus desaciertos y dar el color ni trazas saludables a las diligencias de tan depravadas empresas, cuando esos escándalos y esas monstruosidades conducen siempre a la ambición sin regla alguna, cayendo en los absurdos y en las reglas más chocantes?
Tienen el valor de los hechos irresistibles, tanto más evidentes cuanto que sus comprobaciones son absolutas, a pesar de la diversidad de los disfraces, desde que no puede derivarse por soluciones distintas, y esa ha sido siempre la explicación histórica de su prevalencia, aparte de la dura necesidad que obra siempre por diferentes vías eliminando algunas veces hasta los corazones más tenaces.
Cuando se llega a un período de depravación y de decadencia, cuyas causas morales y políticas han sido ocasionadas por perversiones públicas, la corrupción como sistema no se sale de ellas, sino por una transformación de medios concordantes por los fines.
El régimen no tiene nada que invocar a su favor porque los progresos que constantemente se atribuye son los que se han realizado por el propio impulso de la vida, por la ley incontrastable del progreso mismo y por la evolución vivificante de la naturaleza, que no se detienen nunca y que precisamente revelan las proporciones colosales de su alcance si las fuentes mismas, de donde ellos han surgido, no hubieran sido perturbadas, aniquiladas, agotadas y aun destruidas en gran parte.
Esas mismas exteriorizaciones de las labores nacionales, en vez de haber sido estimuladas por el régimen, fueron combatidas y, si algo pueden presentar a la crítica histórica, son para el régimen una acusación constante, porque revelan permanentemente la índole venal de sus propensiones, que no alcanzará a borrar ni la misma acción del tiempo, y al menor análisis que se hace en cualquiera de sus obras, salta en seguida la perversión que lleva en sus entrañas.
La Nación toca a los últimos términos de las grandes crisis que perturban las sociedades; y el justo consentimiento de la patria debe levantarse por sobre todas las conculcaciones para darle la dirección que demuestre su más legítima representación de su soberanía.
La generalidad de los gobiernos se caracterizaron siempre por la indolencia y el desdén por la opinión pública y todo lo que no se avenía con el régimen, de tal manera que era ya una modalidad de su misión ser servidores de ese mismo régimen y enemigos de los pueblos, que vivieron siempre en el desamparo y en la zozobra, por las perfidias y agresiones de todo orden y, en general, sin justicia para sus intereses ni resguardo de sus personas, de las cuales fueron enemigos recalcitrantes en vez de ofrecerles seguridades y garantías.
Su propensión liberticida después de llevar a la Nación por los más divergentes senderos, abatiendo todos los principios fundamentales de su vida, rebajó los sentimientos morales de orden público demostrando en todo una desorganización general y una falta absoluta del concepto de su responsabilidad ante la historia.
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