Cargó una cucharada de borsch y la llevó a la boca; la sopa de remolachas estaba deliciosa. En la TV, la presentadora del noticiero informaba de un accidente menor en la central nuclear de Chernobyl. A 800 kilómetros al sur, en Zaporizhia, el hombre ya raspaba el fondo del plato cuando, a cámara, la periodista dijo que el Gobierno había formado una comisión y que todo estaba bajo control. Era abril de 1986, Oleksandr Zahorodnyuk tenía 30 años, una hija de 7 y plena salud solo por cuatro meses más: en septiembre el gobierno ruso lo obligaría a dejar su casa para ir a limpiar los escombros del mayor desastre nuclear de la historia.

Treinta y tres años después recibe a Infobae en su casa de la localidad de Mariano Acosta, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Cuando ríe, y lo hace seguido porque asegura que Argentina le salvó la vida, sus dientes de metal devuelven la poca luz que hay en un día de otoño lluvioso. Al país, donde trabajó de mecánico, colectivero y ahora hace changas de remís y carpintería, llegó en 1998. Fue uno de los más de 15 mil ucranianos que emigraron durante la presidencia de Carlos Menem: al disolverse la URSS Argentina firmó un convenio de acogida a ciudadanos de Europa Central y del Este.

Para cuando dejó su trabajo de camionero en la central atómica de Zaporizhia para ser en Chernobyl el chofer de los dosimetristas, los medidores del horror, ya habían evacuado a 116 mil personas y habían muerto al menos 30: los trabajadores de la planta y los bomberos que llegaron aquella madrugada del 26 de abril de 1986. De leucemia, problemas de corazón y la epidemia de cáncer de tiroides infantil aún no se sabía.

En abril de 1986 Oleksandr Zahorodnyuk tenía 30 años, una hija de 7 y plena salud solo por cuatro meses más: en septiembre el gobierno ruso lo obligaría a dejar su casa para ir limpiar los escombros del mayor desastre nuclear de la historia
En abril de 1986 Oleksandr Zahorodnyuk tenía 30 años, una hija de 7 y plena salud solo por cuatro meses más: en septiembre el gobierno ruso lo obligaría a dejar su casa para ir limpiar los escombros del mayor desastre nuclear de la historia

Faltaba muchísimo para que el Foro de Chernobyl de la Organización Mundial de la Salud diera el dato: en el desayuno, los chicos tomaban veneno. Por beber leche contaminada con yodo radiactivo, el riesgo de padecer la enfermedad subió entre 3 y 8 veces. Algo de esa leche (en polvo) llegó a la Argentina en 1991 y fue popularmente conocida como "la leche de (Miguel Ángel) Vicco". El Plan Nacional de Salud Materno Infantil del gobierno menemista repartió leche no apta para el consumo humano. Según Conicet, algunas partidas tenían Escherichia coli y otras, presentaban "sustancia radiactiva no natural, compatible con la medida en leche contaminada por el accidente de Chernobyl".

En el aire, en la tierra, en el agua, el veneno se esparció con democracia. El reactor ucraniano que ardió durante 10 días contaminó 142.000 kilómetros cuadrados con una radiación 400 veces superior a la de la bomba de Hiroshima.

Aunque Rusia pretendía mantener el secreto, tan solo tres días después de la explosión el New York Times publicaba que se había detectado radiactividad en Suecia, a 1200 kilómetros. El silencio de Moscú acrecentó la paranoia: la crónica habla de daneses que compraban pastillas de yodo, puestos fronterizos con contadores Geiger y del Servicio Meteorológico de Alemania Occidental que no daba abasto. De los 1200 llamados por día que recibían solo dos preguntaban por el clima: 1198 querían saber qué tan altos eran los niveles de radiactividad.

El reactor ucraniano que ardió durante 10 días contaminó 142.000 kilómetros cuadrados con una radiación 400 veces superior a la de la bomba de Hiroshima
El reactor ucraniano que ardió durante 10 días contaminó 142.000 kilómetros cuadrados con una radiación 400 veces superior a la de la bomba de Hiroshima

Los dosimetristas que Oleksandr acercaba al reactor y a las viviendas "revisaban la radiación de las cosas, las que podían llevar y las que no. Cosas de electrónica no se podía. Autos tampoco. Chupan mucha radiación". Un barbijo blanco y guantes "de peón" era todo lo que tenían. "A veces algunos nos lo sacábamos. El calor molestaba para respirar", recuerda.

— ¿Esa era toda la protección que llevaba?

— Y un medidor de radiación. ¿Viste como tienen los médicos que sacan placas? Bueno, así. Como un pendrive.

— ¿Usted miraba la radiación que tenía?

— No veías nada. Cuando terminamos de trabajar vino un hombre, me lo sacó y lo tiró. Por curiosidad preguntamos qué decía. "Están bien, están perfectos, no tienen nada". Hace cuatro años me comuniqué con una ex compañera de trabajo y me dijo: "¿Recuerdas a este, al otro? Ya fallecieron". Eran más jóvenes que yo.

Entre 1986 y 1987, 240 mil hombres, entre soldados y civiles, trabajaron en la limpieza. Por su labor recibieron un certificado que confirma su estatus de "liquidadores". De acuerdo a la cercanía al reactor tienen un nivel, 3,2,1. Uno es el más peligroso, los que trabajaron en el reactor. Oleksandr es 2. Durante los 28 días que permaneció en Chernobyl durmió en una cama a 15 kilómetros. Posiblemente haya descansado en una donde meses antes lo hizo alguno de los hombres que llevaron adelante la tarea más peligrosa: la limpieza del techo de la central nuclear. Como lo muestra la serie de TV Chernobyl, los soldados hacían incursiones muy breves y cronometradas para, con sus manos, tomar los cascotes de grafito que había volado y devolverlos al interior del reactor. Se los llamó biorobots, pero no eran otra cosa que un comando suicida.

— ¿Cuántas horas por día trabajaba usted cerca del reactor?

— Hacíamos turnos de 8 horas. Llevaba a los albañiles a limpiar y construir el sarcófago. Estuve a 150 metros del hueco.

— ¿No se quería ir?

— No podía.

— ¿Por qué?

— Porque nos dijeron: "O va voluntario o va por militar". Nosotros teníamos la obligación de estar en el Ejército de los 18 a los 20 años. Después, hasta los 60, quedás como reservista. Como militar podían ser seis meses. Como voluntario civil iba una quincena.

— Pero estuvo 28 días.

— Es que no vino el reemplazo de grupo. No podíamos dejar el puesto. No podíamos dejar el camión sin nada. El camión tenía que trabajar.

“Hacíamos turnos de 8 horas. Llevaba a los albañiles a limpiar y construir el sarcófago. Estuve a 150 metros del hueco”, recuerda Oleksandr
“Hacíamos turnos de 8 horas. Llevaba a los albañiles a limpiar y construir el sarcófago. Estuve a 150 metros del hueco”, recuerda Oleksandr

El 2 de septiembre de 1986 las escuelas de Kiev, la capital de Ucrania, volvían a dar clases y se jugaba la final del mundial de ajedrez. El gran maestro del ajedrez Garry Kasparov defendía el título ante Anatoly Karpov en Leningrado y para Oleksandr era la primera cena de 28 de "comida de presidente".

—¿Cómo era la "comida de presidente"?

— Nunca habíamos visto esa calidad de comida. A mucha gente la engancharon por los sueldos. En Chernobyl se ganaba en 15 días lo que se hacía en tres meses de trabajo. Cuando fuimos a control médico nos dieron medicamentos y yodo, mucho yodo.

— ¿Pastillas?

— No, víveres: eran algas marinas, en conserva, en lata.

Al hoyo, de unos 100 metros de diámetro, los camiones y autos caían y se apilaban unos sobre otros. Al cabo de 15 días los vehículos que conducía Oleksandr no servían más. "Eran 0 km, pero en dos semanas iban al cementerio. Se pegaba mucho el polvo. La gente que los lavaba decía que ya no podían despegarlo. Tenían mucha radiación. Después taparon el agujero".

— Cuando veía eso, ¿no pensaba en cuánta radiación tendría usted?

— No. Pensaba que estaba dentro del camión, no me ensuciaba la ropa con polvo ni nada. Aparte me cambiaba la ropa. A la tarde nos bañábamos y nos daban otra. La que nos sacábamos se quemaba. Fuimos a trabajar, como usted ahora que vino a mi casa. Hice lo que había que hacer.

Hace cinco años que a Oleksandr no le duele la cabeza. Desde 1986 hasta 2014 tuvo al menos tres migrañas por semana. La presión alta y los riñones maltrechos completaban el cuadro clínico. Al tiempo que controla la sopa en la cocina, mientras él habla en el living de su casa, Soraya, su esposa peruana, dice por lo bajo: "No sabían nada. No tenían consciencia". Están juntos desde hace más de 20 años y tienen una hija, Irina, de 16. Cuando ella quedó embarazada fue la única vez que él tuvo miedo. Los años posteriores al accidente nuclear la cantidad de bebés con parálisis cerebral y malformaciones crecieron en Ucrania.

— ¿Nunca supo cuánta radiación tuvo en su cuerpo?

— No. Pero sé que después de Chernobyl no me resfrié nunca más.

— ¿Su hija vive aún en la misma ciudad?

— No, se mudó hace poco a Polonia con mi nieto de 19 años. Intenté que venga pero no quiere. Mi nieto tiene problemas de salud, pero mi hija dice que es hereditario. Pero no sé. Vivió mucho tiempo ahí. La gente tiene dolores de cabeza, de garganta. La garganta pica cuando hay radiación.

Cuando Oleksandr llegó a Buenos Aires en noviembre de 1998, Emilio Eduardo Massera quedaba detenido en Campo de Mayo. Fernando de la Rúa le ganaba la interna a Graciela Fernández Meijide para candidatearse a presidente por la Alianza y en Chernobyl se hacían reparaciones de emergencia en el sarcófago que terminaron de construir en 1987. Los niveles de radiación detectada eran mucho más altos de lo esperado. Seis años antes, en 1992, el monstruo de hormigón había exhalado la muerte otra vez: las paredes se habían agrietado.

Zahorodnyuk llegó a la Argentina en 1998 (Lihue Althabe)
Zahorodnyuk llegó a la Argentina en 1998 (Lihue Althabe)

El 15 de diciembre de 2000 el jefe técnico de la planta de Chernobyl presionó el botón que terminó con todo: las barras de contención se deslizaron en el corazón del último reactor que aún funcionaba para cerrar, para siempre, la planta nuclear. Leonid Kuchma, presidente de Ucrania, se preguntaba y respondía en el acto oficial: "¿Qué es Chernobyl para Ucrania? Casi tres y medio millones de víctimas". Ahogada por el nuevo sarcófago, un hangar de acero de 108 metros de alto por 162 de largo que se colocó en 2016, la garganta del reactor número 4 de Chernobyl saliva a oscuras. Al menos por 100 años: esa es la vida útil calculada.

Hoy, a 800 kilómetros de allí y a 12 mil de Argentina, la mamá de Oleksandr come las verduras que ella misma planta y cosecha. Tiene cáncer. El agua que le llega del río Dniéper viene de Chernobyl: lo supo luego de una tormenta hace diez veranos. Cuando dejó de llover las hojas de los árboles se cayeron.

— ¿Pasó enseguida?

— Sí. Y sobre la tierra se formó como una cáscara. Eso no es normal. ¿Viste esto? –pregunta mientras señala la lámpara del living que parece un ananá blanco-. La hice yo, con cucharitas de plástico.

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Realización: Lihue Althabe
Edición: Joaquín Pedroso
Guión: Nicolás Spalek

 

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