"Me siento muy afortunado porque hago lo que me gusta, que es tocar el violín, hacer música y poder compartirlo con el público. El sueño siempre hay que reinventarlo, tengo hoy muchos todavía por cumplir", cuenta el violinista con más de cuarenta discos editados y creador de su propia orquesta que se presentará por primera vez en la Argentina en junio del próximo año, en el teatro Gran Rex.

—¿Te acordás la primera vez que tocaste?

—La primera vez no, porque era muy pequeño. Mi padre era un fanático del violín, me puso uno en la barbilla, no sé ni cuándo. Sí me acuerdo cuando por primera vez toqué frente al público, a los 12 años.

—En el Líbano todavía.

—Sí, el Líbano es un país muy extraño, que, a pesar de sufrir guerras durante más de veinte años, cuando tocó alguna pequeña tregua, la gente tenía ganas de arte, de cultura, de conciertos. Entre bombardeo y bombardeo decían: "Tenemos unos días de calma, vamos a organizar un concierto". Lo recuerdo con mucho cariño.

—¿Empezaste a estudiar seriamente a qué edad?

—A los siete, ocho años, cuando mi padre se puso un poco más pesado, empezó a obligarme a estudiar horas, horas y horas, y yo practicaba con lágrimas en los ojos, porque no quería. Me gustaba el violín, pero me gustaba jugar con mis amigos y hacer lo que le gustaba a cualquier niño de ocho años, pero mi padre era muy terco y me obligó a practicar todo el día. Hoy le estoy agradecido.

—De hecho, es el violín el que te permite salir del Líbano a los 14. ¿Creés que tu padre buscaba un poco eso?

—No, mi padre no era una persona calculadora, él quería que yo tocase el violín. Ni soñaba que fuera violinista, él amaba tanto la musica que quería transmitirme este amor a mí también. Luego, obviamente vimos que tenía la posibilidad de salir del país, porque era invivible, no podía ir regularmente al colegio por la situación de guerra. Cualquier persona que tenía la oportunidad de salir lo aprovechaba. Fue lo que pasó, hice solicitudes en varios países en Europa y me fui a Alemania.

De chico creía que la guerra era lo normal, los bombardeos para mí eran la rutina

—¿Cómo es ser un nene y crecer con bombardeos constantemente, tener que esconderse, qué se entiende?

—No tengo por lo menos en mi consciente ninguna secuela. Yo creía que era lo normal, que es el día a día y en todo el mundo viven lo mismo, así que los bombardeos para mí eran la rutina igual que todo el país. Y vivíamos con ella, vivíamos con el corte de luz, el corte de suministro de comida, los bombardeos, sabías que, cuando empezaban, tenías que bajar al sótano. Y hubo momentos más trágicos. Con todos los amigos que me quedan de aquella época, cuando nos juntamos, nunca hablamos de estos momentos, sólo hablamos de los momentos divertidos, los momentos de risas, y las cosas difíciles ya son el pasado. A mí tampoco me gusta recordarlo, no es algo que quiero que me pese en la vida, quiero vivir el día a día y gozar al cien por ciento.

—A los 15 te fuiste a Alemania sin tu familia [N. de la R.: el director de orquesta Hans-Herbert Jöris quedó hipnotizado por su talento y consiguió una beca del gobierno alemán para cursar estudios en la Hochschule für Musik und Theater Hannover. Con 15 años fue el alumno más joven admitido].

—Sí, fue mucho más duro que vivir la guerra en el Líbano. Fui sin mis padres, no conocía nada, a nadie, ni el idioma. No sabía ser independiente. Fue aprendizaje a lo bestia, después de dos años sufriendo ahí aprendí a sentirme a gusto en cualquier lugar y desde entonces ya no paré de viajar y en cualquier lugar del mundo me siento bien.

—¿Cuál sentís que es tu casa hoy?

—No siento que la tenga, me siento en casa en todas partes. De hecho, donde vaya siempre considero que si me gusta el lugar, me quedo; es lo que me pasó en Madrid. Mi casa es mi cuerpo, mi casa es la música, estoy muy feliz y me imagino viviendo en cualquier lugar del mundo.

—¿Volviste al Líbano?

—Sí, poco, pero volví.

—¿Y qué te pasa cuando vas?

—Obviamente cuando estás ahí, los recuerdos que no quieres que vuelvan vuelven más fácilmente, pero no es algo que busco, el tipo de nostalgia de lo que hemos vivido en el Líbano no es algo que atrae recordarlo.

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—¿Qué sentís ante los refugiados que buscan llegar a Europa y las situaciones extremas que viven?

—Me siento muy frustrado, no podemos ayudarlos. Hoy día probablemente el problema más grande del mundo es el tema de los refugiados, de los deportados, de cerrar las fronteras a quienes necesitan ayuda. Es muy grave, el ser humano se niega a ayudar al otro cuando este te necesita, especialmente seres humanos que están amenazados en sus países, están amenazados de muerte y si huyen, es por encontrar algo mejor; por desgracia lo que encuentran es algo peor probablemente. Casi arriesgan más su vida viajando que estando en su país. Es mucha frustración y rabia sobre tu propio continente, sobre una Europa que no abre las puertas para ayudar a los que necesitan. Y encima hay desinformación, te hacen creer que los refugiados son amenazas para la seguridad. De hecho, los refugiados temen más el terrorismo que nosotros en Europa.

—¿Qué lectura hacés, por qué se entendió de esta forma?

—Es verdad que hubo unos atentados muy trágicos en Europa, obviamente uno busca culpables y los primeros por desgracia son los refugiados, que no son los culpables. Es cierto que hubo casos, algunos terroristas se camuflaron dentro de los refugiados, pero es probablemente uno por millón.

Siento mucha frustración y rabia sobre una Europa que no abre las puertas para ayudar a los que necesitan

—¿Encontraste desde la música la posibilidad de unir?

—Es un deber que tenemos como cualquier artista de cualquier género. Si tenemos acceso a informar, a concientizar al público, es un deber. Más allá de lo político, es muy importante que un artista se ligue en causas humanitarias, para ayudar a que haya menos injusticias, menos violencia, menos guerras. Si podemos ayudar, lo tenemos que hacer. Y si no podemos ayudar, debemos concientizar por lo menos, informar y tener un instrumento para que el público se informe.

—Desde el escenario has convocado a figuras con diferentes religiones, razas, etnias a tocar con vos y transmitir este mensaje.

—Sí, para mí no existen ni diferentes etnias, ni diferentes religiones, son todos mis compañeros. Todo empieza por el respeto, especialmente por el respeto de que somos todos diferentes, que pensamos diferente, tenemos nuestras creencias y no todos tenemos que ser iguales, menos mal.

Agradecimiento: Paula Balmayor, producción de vestuario; Sofi García Moritán, make up