
Tres de cada cuatro adolescentes estadounidenses no duermen las horas recomendadas en las noches de escuela, y parte del problema está en cómo termina el día. Las pantallas no desaparecen cuando llega la hora de dormir: los teléfonos permanecen en el dormitorio, los mensajes siguen llegando y el timbre queda encendido. La pregunta no es solo cuántas horas pasan conectados, sino qué hacen con el celular cuando ya deberían estar durmiendo.
En Estados Unidos, la conexión continua forma parte de la rutina de una parte considerable de la población adolescente. Según el informe Teens, Social Media and AI Chatbots 2025 de Pew Research Center, el 36% de los jóvenes de 13 a 17 años utiliza al menos una plataforma digital de manera casi constante. El relevamiento analizó el uso de TikTok, YouTube, Instagram, Snapchat y Facebook.
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El tiempo conectado no describe por sí solo la calidad del descanso. El horario de uso del dispositivo, la actividad elegida y la permanencia del teléfono dentro del dormitorio son variables que pueden modificar una rutina nocturna. Las conversaciones, los contenidos breves y los juegos requieren atención y pueden prolongarse más allá de la hora prevista para dormir.
Los datos del Youth Risk Behavior Survey del Centers for Disease Control and Prevention muestran que el descanso insuficiente es frecuente entre estudiantes de secundaria. En 2023, apenas uno de cada cuatro alcanzó al menos ocho horas de sueño en una noche escolar promedio. Un análisis publicado en JAMA ese mismo año calculó que el 76,8 % de los alumnos durmió menos de ocho horas en las noches de escuela, una proporción que creció de forma sostenida desde 2007.
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El uso del celular en la cama se asocia con menos horas de descanso

La diferencia entre utilizar una pantalla durante la tarde y hacerlo cuando ya comenzó la preparación para dormir resulta relevante. Un estudio publicado en Journal of Adolescent Health examinó a 9.398 preadolescentes estadounidenses de 11 y 12 años y analizó la relación entre los hábitos digitales nocturnos y el sueño al cabo de un año.
La investigación encontró que hablar o enviar mensajes por teléfono, usar redes sociales, escuchar música y dejar el timbre del celular encendido durante la noche se asociaron con una menor duración del sueño y más alteraciones del descanso. También observó que tener un televisor o un dispositivo conectado a internet dentro de la habitación se vinculó con menos horas de sueño semanal.
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Los resultados describen asociaciones y no prueban que cada episodio de uso de pantalla cause, por sí mismo, dificultades para dormir. Sin embargo, permiten distinguir el efecto potencial de las prácticas nocturnas frente al uso general de tecnología. La disponibilidad inmediata del celular en la cama facilita que una notificación, un mensaje o una publicación interrumpan el momento de desconexión.
El estudio también pone el foco en la variedad de actividades. No todas demandan la misma atención ni generan el mismo nivel de interacción. Responder mensajes, participar de un juego o alternar entre varias aplicaciones puede prolongar la vigilia de manera diferente a escuchar un contenido sin intervenir sobre la pantalla.
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Los horarios escolares y el reloj biológico limitan el sueño adolescente

La falta de descanso no depende exclusivamente de los dispositivos. La American Academy of Sleep Medicine señala que durante la pubertad se retrasa el ritmo circadiano, el sistema que regula los ciclos de sueño y vigilia. Por esa razón, muchos adolescentes tienden a sentir sueño más tarde y enfrentan dificultades para conciliarlo temprano.
La organización recomienda que las personas de entre 13 y 18 años duerman de forma regular entre ocho y diez horas por noche. También sostiene que las escuelas medias y secundarias deberían comenzar a las 8:30 o más tarde, con el objetivo de ampliar la oportunidad de descanso antes de la jornada académica.
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Según la American Academy of Sleep Medicine, los horarios de inicio posteriores se asociaron en distintos estudios con más tiempo total de sueño, menos somnolencia durante el día, menor cantidad de llegadas tarde y menos ausencias. La recomendación incorpora un factor que excede las decisiones individuales: el tiempo disponible entre el inicio del sueño y la hora de ingreso a clase.
La entidad también aconseja reducir el uso de dispositivos electrónicos cerca de la hora de dormir y sostener horarios de descanso estables durante la semana. Estas pautas no sustituyen una evaluación profesional cuando existen problemas persistentes, pero ordenan elementos cotidianos que intervienen en la rutina nocturna.
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El déficit de sueño adolescente tiene dos capas. Una es estructural y difícil de modificar desde casa: el retraso del ritmo circadiano durante la pubertad y los horarios de inicio escolar que no se adaptan a esa biología. La otra es de hábito, y ahí sí hay margen de intervención: sacar el teléfono del dormitorio, apagar el timbre antes de dormir y establecer un horario de desconexión son cambios concretos que la evidencia disponible asocia con mejor descanso. No resuelven el problema completo, pero actúan sobre la parte que depende de las decisiones cotidianas.
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