
La Selección Argentina despierta emociones que superan lo que ocurre dentro de la cancha. Durante cada partido importante, las calles se paralizan, el país entero contiene la respiración y los abrazos entre desconocidos sellan un instante de pertenencia. Para muchos argentinos, el fútbol no representa solo un juego, sino un territorio donde la vida ofrece revancha y la esperanza se renueva.
Desde una perspectiva clínica y social, la licenciada Ornella Trotta, especialista en Psicología Aplicada al Deporte, explicó a Infobae que la pasión argentina surge de un mecanismo social profundo. El fútbol, señaló, actúa como un espacio simbólico donde se canalizan frustraciones, anhelos y esperanzas, permitiendo que la vida ofrezca revancha aunque sea por un instante. Resumió el fenómeno con una frase: “Para nosotros, la pelota es el único lugar donde la vida, por un ratito, nos da revancha”.
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La disolución del “yo” en el “nosotros”
Sigmund Freud planteó en 1921 que las masas se constituyen cuando los individuos proyectan un mismo ideal. En el caso argentino, ese ideal se encarna en la camiseta celeste y blanca. Cuando juega la Selección, la individualidad se disuelve en una corriente de emociones compartidas. De acuerdo con la licenciada en psicología, “ya no sos vos con tus deudas, tus frustraciones o tu rutina de cada día. Sos parte de una marea gigante que vibra en la misma frecuencia”.
Trotta observó que este fenómeno se manifiesta cada vez que un gol argentino provoca abrazos espontáneos entre desconocidos, gestos que alivian la soledad mediante la comunión colectiva. Esta lógica de pertenencia no se limita al estadio o las calles, sino que también alcanza a quienes siguen el partido por televisión, generando un entramado emocional que une a millones de personas.
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En ese sentido, un estudio científico realizado por la Universidad de Bielefeld de Alemania —conocido como “Football Fever Study”— aportó evidencia empírica sobre este fenómeno. La investigación midió datos vitales de 229 hinchas durante 12 semanas y comprobó que el ritmo cardíaco puede aumentar hasta un 36% en momentos de alta emoción, especialmente después de un gol.
Además, la presencia física en el estadio incrementa el estrés y la carga cardiovascular en comparación con quienes ven el partido en otros contextos. El consumo de alcohol dentro del estadio potencia aún más este efecto fisiológico.
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Según la profesional, la memoria futbolística argentina encuentra su clímax en diversos encuentros y rivales, cuando un “dolor social o histórico se transforma en creación, arte o hazaña deportiva”. Un ejemplo que, incluso, caló hondo en la memoria colectiva (más aún después de la última semifinal): el enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra en el Mundial de 1986, a escasos años de la Guerra de Malvinas.

“Aquel día, el sufrimiento de un país herido se transformó en poesía con Diego Maradona como símbolo", precisó a Infobae. Y agregó: “Ganarle a Inglaterra, con el gol más pícaro y el más perfecto, fue la forma en que el inconsciente colectivo argentino comenzó a elaborar lo sucedido".
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La capacidad de sublimar el dolor a través del deporte se reactiva ante cada nueva final. El potrero —ese espacio de juego improvisado— representa la convicción de que siempre se puede emparejar la cancha, aun cuando el mundo se percibe injusto.
Resiliencia argentina, entre caídas y banderas
La psicóloga distinguió la resiliencia argentina de cualquier manual de autoayuda. “Nuestra resiliencia no es esa de frases hechas que te pide ‘vibrar alto’ o evitar el conflicto. La nuestra es áspera, curtida, con olor a asado, caídas y cicatrices. Es el recuerdo masticado de las finales perdidas, de las lágrimas en silencio, y de esa terquedad tan nuestra de volver a colgar la bandera al día siguiente”, describió.
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No se trata de ganar siempre, sino de levantarse. “La Selección no nos representa porque gane siempre, sino porque se levanta siempre. Nos vemos reflejados en ellos porque juegan como vivimos: al límite, sufriendo más de la cuenta, pero con el orgullo intacto y la convicción de pelear hasta el último segundo del tiempo de descuento”, indicó la especialista.
Antes de la próxima final, Trotta subrayó que existe otra oportunidad para “mirarnos a los ojos, abrazar al que tenemos al lado y recordar que, pase lo que pase, nunca caminamos solos. ¿Cómo no vamos a volver a creer?”.
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