
La preocupación internacional por la influencia de los llamados químicos eternos —un grupo de compuestos sintéticos resistentes y persistentes en la naturaleza— se intensificó en los últimos años.
Estas sustancias, conocidas técnicamente como PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas), se utilizan en numerosas aplicaciones industriales y productos de consumo, y pueden acumularse en el ambiente durante largos periodos, lo que genera interrogantes sobre sus efectos en la salud humana y el ecosistema.
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La presencia constante de PFAS impulsó nuevas investigaciones para esclarecer cómo afectan a la salud y qué riesgos plantean para la población general.
Durante décadas, el misterio sobre la magnitud real de su persistencia y su potencial impacto sanitario movilizó a científicos y organismos regulatorios, que intentan determinar cuánto tiempo permanecen en el organismo y qué consecuencias tiene su bioacumulación sostenida.
Investigaciones recientes pusieron énfasis en su capacidad de incorporarse a la cadena alimentaria y alcanzar a humanos a través del consumo de alimentos y agua, generando que algunos compuestos permanezcan en el cuerpo por periodos que pueden extenderse por años.
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Un reciente informe divulgado por la revista institucional del Instituto Federal Alemán de Evaluación de Riesgos (BfR2GO) aborda en profundidad el desafío que representan los PFAS, sus vías de exposición y las estrategias regulatorias en marcha.
¿Qué son los PFAS y por qué preocupan?
Los PFAS agrupan miles de compuestos fluorados, caracterizados por cadenas de carbono unidas a átomos de flúor, lo que les confiere una notable resistencia a temperaturas y sustancias agresivas.
Esta durabilidad, detallan los expertos, deriva en su principal inconveniente: “Porque no se degradan en el entorno —o solo de manera muy limitada—, resultan extremadamente persistentes”, explicaron desde el BfR (Instituto Federal Alemán de Evaluación de Riesgos) en el comunicado de prensa. Además, alertaron que tanto plantas como animales los incorporan, y luego pasan a los seres humanos principalmente a través de la alimentación.
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El comunicado destaca que, en el organismo, la acumulación de ciertos tipos de PFAS puede extenderse por varios años. Estudios citados precisan que los PFAS de cadena larga pueden tardar “lo que parece una eternidad —varios años— en eliminarse completamente”, mientras que los de cadena corta se excretan en días o semanas. Esta diferencia, explicaron los especialistas del BfR, “genera concentraciones elevadas en el cuerpo”, lo que podría provocar efectos adversos en función de la dosis absorbida.

Efectos documentados y desafíos sanitarios
El Instituto identifica que los PFAS se asocian a una variedad de efectos en la salud. “Un factor clave es la prolongada permanencia de los PFAS de cadena larga, que puede llevar a concentraciones comparativamente altas en las personas”, señaló la doctora Ulrike Pabel, experta en PFAS del BfR.
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De acuerdo a los principios de la toxicología, la acumulación creciente representa un riesgo: “Esta acumulación puede dar lugar a concentraciones que resulten indeseables” en la población, indicaron los investigadores en el comunicado de prensa.
Según los datos presentados por el BfR, el impacto de los PFAS en la salud humana depende tanto del tipo de compuesto como de la duración y nivel de la exposición. Uno de los aspectos más complejos en la evaluación del riesgo es la diferencia en la excreción de estos compuestos: los PFAS de cadena larga, como PFOA y PFOS, pueden permanecer en el organismo durante años, lo que favorece la acumulación progresiva.
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“En el riñón humano, determinados PFAS de cadena larga son transportados nuevamente desde la orina hacia la sangre, lo que explica su prolongada permanencia en el organismo y su acumulación a lo largo del tiempo”, señalaron en el comunicado de prensa.

Los estudios epidemiológicos indican que existen “pruebas relativamente sólidas” de que los niños con mayores concentraciones de PFAS en sangre presentan niveles inferiores de anticuerpos tras una vacunación estándar. Este hallazgo sugiere una posible interferencia de los PFAS en la respuesta inmunológica, aunque “el alcance de esta influencia todavía no fue aclarado de manera concluyente”, detalló la doctora Ulrike Pabel.
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Además, la exposición elevada se vinculó al aumento de los lípidos totales y colesterol LDL —un factor de riesgo para enfermedades cardiovasculares—, a la elevación de ciertas enzimas hepáticas que podrían indicar trastornos en el hígado y a un menor peso al nacer en los recién nacidos expuestos.
Según se detalla en el estudio citado por el BfR, “la relación directa causa-efecto sigue siendo difícil de establecer debido a la multiplicidad de factores involucrados y al carácter ubicuo de la exposición ambiental”.
Otra dificultad para precisar el riesgo real es que, “dado que las personas se exponen a diferentes PFAS y que estos compuestos pueden tener efectos distintos, además de que no existe un grupo de control verdaderamente libre de PFAS, la valoración epidemiológica resulta especialmente compleja”, explicaron los investigadores en el comunicado.
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Factores individuales como la edad, el sexo, la predisposición genética y los hábitos de vida también pueden incidir en la intensidad de los efectos adversos.

El comunicado del BfR consigna también que, pese a los efectos potenciales descritos, en la actualidad la mayoría de los estudios disponibles no permite afirmar inequívocamente un nexo causal directo para todos los posibles daños en salud.
Se concluye que “otras consecuencias permanecen bajo debate y requieren mayor investigación”. La institución señala que continuará con la evaluación de los riesgos sanitarios de los PFAS, con especial enfoque en los grupos vulnerables y en la mejora de métodos que permitan distinguir entre los diferentes tipos de compuestos.
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Regulaciones, exposición alimentaria y perspectivas
En el ámbito regulatorio, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) estableció en 2020 una ingesta semanal tolerable de 4,4 nanogramos por kilo de peso corporal para la suma de los cuatro PFAS de cadena larga más estudiados.
Estos compuestos —PFOA, PFOS, PFNA y PFHxS— representan aproximadamente el 90% de los PFAS detectados en sangre y son los más difíciles de eliminar del organismo. “La mayor parte de los adolescentes y adultos estudiados se encuentra dentro del rango recomendado”, consignó el informe técnico.
La fuente principal de exposición son los alimentos de origen animal, como pescado, mariscos, carne y huevos, así como el agua potable. También pueden encontrarse en productos vegetales y otras vías, como el polvo doméstico y cosméticos.
Desde el Ministerio Federal de Medio Ambiente alemán recomendaron evitar el consumo de hígado de jabalí silvestre debido a su elevada concentración de PFAS, una advertencia recogida explícitamente en el comunicado de prensa.

Según los datos recopilados por el organismo, es que los niveles de PFOS y PFOA disminuyeron drásticamente en las últimas décadas. “En comparación con 1990, la concentración de PFOS se redujo un 90% y la de PFOA, PFNA y PFHxS cayó un 70%”, informó la doctora Pabel. Asimismo, las regulaciones europeas introdujeron restricciones y prohibiciones que limitan la presencia de estos compuestos.
El reto de los químicos eternos persiste
A pesar de estos avances, los expertos remarcan que sigue sin ser posible controlar de manera individual la exposición a los PFAS. La amplitud del grupo químico —con al menos 10 mil compuestos conocidos, de los cuales 4.730 tienen estructura identificada— dificulta la evaluación completa. “Dada la magnitud del grupo de PFAS, no es posible registrar individualmente todas las sustancias”, explicó la investigadora del BfR.
Actualmente, en la Unión Europea se debate una restricción aún más amplia para reducir la liberación futura de PFAS al entorno y, consecuentemente, su exposición en la población. Según Pabel, “de adoptarse una medida así, la exposición ambiental se reduciría, aunque este efecto llevará tiempo debido a la extrema persistencia de estas sustancias”.
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