
Investigadores de la Universidad de Iowa Health Care identificaron que secuencias genéticas específicas, conocidas como HAQERs, ya existían antes de la bifurcación evolutiva entre humanos y Neandertales. Este hallazgo, publicado por la revista científica Science Advances, indica que la base genética para el lenguaje complejo estuvo presente decenas de miles de años antes de la aparición de Homo sapiens, lo que vincula la habilidad de comunicación avanzada a una herencia genética compartida, según informó el portal especializado Phys.org.
La investigación, según Jacob Michaelson, profesor Roy J. Carver de psiquiatría y neurociencia, demostró que los HAQERs —regiones del genoma que controlan la expresión genética, comparables a “perillas de volumen” sobre los genes implicados en la comunicación— influyen en la capacidad lingüística aproximadamente 200 veces más que cualquier otra región genética. Estas secuencias ocupan menos de 0,1% del genoma, pero su efecto en las competencias de lenguaje es desproporcionado, de acuerdo con el profesor.
El trabajo se asienta sobre un estudio desarrollado en la década de los noventa por Bruce Tomblin, profesor emérito del Departamento de Ciencias y Trastornos de la Comunicación de la universidad.
Tomblin evaluó minuciosamente las habilidades de lenguaje de 350 estudiantes de Iowa y preservó su ADN mediante muestras de saliva. Décadas más tarde, el laboratorio de Michaelson completó la secuenciación genética, lo que permitió analizar cómo variantes regulatorias como los HAQERs afectan el desarrollo del lenguaje.

HAQERs y su función en la regulación genética
A diferencia de los genes estructurales, los HAQERs no codifican proteínas, sino que regulan la intensidad de otros genes. Una clave para entender su función provino de estudios previos del gen FOXP2, un factor de transcripción asociado hace más de veinte años con trastornos del lenguaje.
El profesor señaló que, si los HAQERs son los controles de volumen, FOXP2 sería “una de las manos que los manipula”, lo que conforma una imagen más compleja de la regulación genética de la comunicación.
Para rastrear el origen evolutivo de estas regiones, el equipo empleó una puntuación poligénica estratificada evolutivamente (ES-PGS) y analizó 65 millones de años de historia evolutiva con métodos computacionales. Los resultados indican que las variantes de HAQERs ya estaban presentes en los Neandertales y, posiblemente, eran más prominentes que en los humanos actuales.

En ese sentido, el profesor Michaelson subrayó que esta fracción minúscula del genoma se mantuvo estable a través del tiempo, mientras otros parámetros cognitivos evolucionaron progresivamente hacia una mayor inteligencia.
La presencia constante de estos reguladores genéticos en Neandertales, sumada a la existencia de evidencias arqueológicas sobre cultura y estructuras sociales de este grupo, permite inferir que disponían de una forma de comunicación compleja. La conclusión es directa: los seres humanos disponían del hardware biológico para el lenguaje mucho antes de lo que se suponía.
Límites evolutivos y proyecciones de la investigación
Una de las incógnitas centrales del estudio es por qué, a pesar de la ventaja que aportan los HAQERs en términos de lenguaje, estas secuencias no evolucionaron hacia variantes aún más favorables. La explicación se encuentra en la llamada selección balanceada.

Esta dinámica evolutiva originó que el efecto genético de los HAQERs alcanzara un techo, debido a que optimizar aún más el tamaño cerebral fetal —vinculado a estas secuencias regulatorias— hubiera incrementado en extremo los riesgos obstétricos para la madre y el niño antes del advenimiento de la medicina moderna.
El profesor explicó que “los primeros humanos agotaron esta vía para desarrollar el tipo de cerebro que podía ser un vehículo para el lenguaje y alcanzaron ese techo bastante pronto”, de modo que estos reguladores genéticos se mantuvieron estables a lo largo del tiempo.
Mientras tanto, otros aspectos genéticos asociados a una mayor inteligencia continuaron su evolución, ya que no incidían directamente en el tamaño cerebral fetal ni incrementaban los riesgos obstétricos.
El equipo proyecta extender este análisis a una nueva generación: los hijos de los voluntarios estudiados por Tomblin hace 30 años, varios de los cuales ahora tienen sus propias familias. El objetivo es separar la influencia genética directa sobre el lenguaje de la llamada nutrición genética, es decir, el modo en que las características genéticas parentales configuran el entorno lingüístico del niño.
Los investigadores cuentan con herramientas estadísticas avanzadas que les permitirán cuantificar hasta qué punto la capacidad lingüística infantil responde al entorno familiar o a los genes. Identificar la contribución ambiental y genética, enfatizó Michaelson, será fundamental, especialmente desde la perspectiva clínica, al clarificar las raíces reales de las diferencias en la adquisición del lenguaje, un atributo que distingue a la especie humana por excelencia.
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